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'La Extinta Poética', la poesía teatral de lo humano

11/12/2016 10:28 CET | Actualizado 11/12/2016 10:28 CET

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Foto de La Extinta Poética cedida por el Teatro Español.

La poesía es la poesía y punto. La obra La Extinta Poética es poesía. Concreta en lo que dice y en lo que muestra. Cosa que hace siendo polisémica. Dándole a la vida, a nuestras vidas, multitud de significados que todos juntos son uno solo. En este caso, es una poesía que se sirve en un escenario de la mejor manera posible para todos esos amantes de la poesía teatral. De los que buscan en el teatro, como en el resto de manifestaciones artísticas, más allá del entretenimiento. Del puro pasar el rato. Una inmensa mayoría silenciosa. Más que suficiente para agotar, sin que nadie lo note, las entradas de la sala Margarita Xirgu del Teatro Español donde la obra está programada.

La historia es sencilla, la habitual que nos lleva a formar familias. Familias que tienen medicalizada la tragedia de la vida, lo que tiene su gracia. Medicinas que permiten el dulce discurrir de las miserias diarias y de los embates que da la vida gracias a una asistencia sanitaria y social que garantizan el mantenimiento de la pobreza, no solo la económica. La tristeza infinita de la vida diaria familiar. Esa que explotaba Chaplin para hacernos reír y hacernos soñar que la belleza, no lo bonito, estaba a la vuelta de la esquina.

Porque la belleza, digan lo que digan las revistas de tendencias, es lo humano. Es ese ser humano que, como la narradora de esta historia, la hija nacida con una grave discapacidad para moverse y hablar, es capaz de ver y de mostrar que seguir la vida como otros nos dicen no tiene un final feliz. Que cada uno debe tomar su vida por las solapas y, cuando todo el mundo espera que la zarandeemos, pasemos a abrazarla, a amarla. Solo se tiene esa.

Video La Extinta Poética cedido por Teatro Español (sin audio).

Ese es el valor moral de esta obra. El que se entiende por muchos motivos. Primero por su escritura, la de Eusebio Calonge el de la Zaranda que ha sido capaz de encontrar la belleza de esta historia e iluminarla. Segundo por su dirección, la de Paco, también de la Zaranda. Tercero, por sus actores. Todos destacables. Todos abrazando las formas y maneras zarandeñas del Teatro Inestable de Andalucía la Baja (ahora, de ninguna parte) como si fueran las suyas propias. Cuyo reducido elenco permite nombrarlos a todos: Carmen Barrantes, Laura Gómez-Lacueva y Rafael Ponce.

Mención a parte merece Ingrid Magrinyà que encarna la hija con discapacidad que cuenta la historia de su familia. Y no solo la cuenta, sino que la hace bailar en sentido literal y metafórico. Antológica es esa escena en que baila colgada de la grúa en la que se la tiene encerrada, pero nunca sometida, a pesar del ventajismo social que supone para una familia sin recursos. Parafraseando a Virgina Woolf, se podría decir que tienen una grúa propia desde la que, en vez de escribir, danzar.

Viendo este espectáculo, se agradece la deriva que está tomando La Zaranda y sus componentes. Esa que, sin abandonar sus presupuestos artísticos ni sus historias, se está dejando contaminar por otros profesionales, por otras visiones. Esa que les está permitiendo conseguir en su oscuridad, belleza, de la de verdad, de la que emociona el pensamiento y, por tanto, provoca sentimientos.

Lo hacen con la poesía (teatral) que según su título está muerta, fallecida, pero que con espectáculos como este, ellos reviven para esa inmensa minoría de espectadores sensibles a la poesía y al teatro. Espectadores que todavía existen, en España y fuera de España, independientemente de políticas, culturales o no, y de la industria y el negocio del entretenimiento. Espectadores que también llenan teatros y butacas.