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'Sunday in the park with George': Sondheim en Miami

18/02/2017 11:18 CET | Actualizado 18/02/2017 11:18 CET

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Foto de Sunday in the park with George cedida por el Adrienne Arsht Center de Miami.

Pillo en el Adrienne Arsht Center de Miami las últimas representaciones de Sunday in the park with Georgeobra magna del compositor musical y letrista Sondheim y del libretista Lapine. Una modesta producción, al menos aparentemente, que a partir de la historia del pintor George Seurat y de la realización del cuadro Un dimanche après-midi à l'île de la Grande Jatte plantea que el conflicto actual entre arte y vida es falso. Que solo si hay vida es posible el arte, sino el arte se queda en una técnica o una tecnología que por muy complicada que sea difícilmente podrá crear belleza.

Esto se cuenta y se canta en escena con compromiso. Sobre todo, del elenco, que se mantiene presente sobre el escenario en lo que hace, dice y canta en todo momento. Compromiso que se evidencia claramente cuando se ve a la actriz protagonista, Kimberly Doreen Burns, conteniendo las lágrimas cantando Move On al final del segundo acto.

Compromiso que permite mantener momentos muy bellos como el del comienzo. O el de Color and light. Momentos en los que lo que se deja traslucir lo que sienten los personajes. Sus vulnerabilidades que son las de los espectadores. Esos huecos por lo que se les escapa la vida. Ese conflicto entre lo que se quiere y es bueno para ellos y lo que necesitan. Unas necesidades que muchas veces han sido creadas gracias al marketing. Esa ciencia que solo ve oportunidades para hacer una venta y comerciar con ideas y sentimientos igual que hace con las cosas.

Video promocional de Sunday in the park with George del Adrianne Arsht Center.

Un marketing que ha convertido el arte en un asunto de políticos y mecenas. Una convención extraartística. Una distorsión que el oído y la cabeza de Sondheim registran y él recoge en la partitura en los momentos más contemporáneos de la obra. Aquellos que suceden a finales del siglo XX, pero que no están lejos de lo que sucede hoy en día y que dan lugar a algunos de los mejores chistes de la noche.

Aunque como toda gran obra, no es el único tema que toca. Hay una divertida reflexión de para qué sirven las tardes de domingo. Y del rol de la mujer en la sociedad y su papel de madre. Así como del estereotipo de artista como seres oscuros encerrados en sí mismos y en sus cosas. También la hay sobre el amor, lo que significa querer y amar, y sus posibilidades. Y de las dificultades que ahora y en el pasado se tenían para ser y presentarse como un artista.

Porque, aunque las obras de Sondheim se puedan ver y oír para pasar el rato, como la mayoría de los musicales que se pueden ver en la Gran Vía, Broadway, West End o la calle Corrientes, no están hechos con ese simple propósito. Como corresponde a alguien que podría estar forrado por su trabajo para West Side Story, producción de la que se bajó cuando comprendió que no era eso lo que él quería.

Cualquier artista que vea esta obra detecta ese más allá del puro entretenimiento, y sabe cuál es la necesidad de representarla. Es el caso de esta producción, que es cierto que carece del empaque que tal vez tenían la clásica con Mandy Patinkin y Bernadette Peters (por lo menos el que tienen en lo que se puede ver en YouTube) o la que se hizo en el Teatro del Châtelet de París y que emitió hace algo más de un año Mezzo, el canal musical de televisión.

Falta de empaque que no le impide funcionar y hacérselo disfrutar al público asistente que abarrota la sala. Suficiente para asegurarse una reposición, incluso en un montaje con más producción como pasó en su estreno, y una gira. Pues siempre será bueno para la imaginación pasar las tardes de domingo pintando con George Seurat y cantando con Sondheim el arte de vivir que, por ejemplo, dormitando en la playa, aunque se haga en las fantásticas playas de Miami.

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