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Los Miserables, edición 2014

10/09/2014 07:15 CEST | Actualizado 09/11/2014 11:12 CET
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"Trabajo y salario, comida y cobijo, coraje y voluntad, para ellos todo está perdido. La luz del día se funde con la sombra y la oscuridad entra en sus corazones...".

En este siglo y medio que ha pasado desde que Víctor Hugo alumbrara su monumental obra Los Miserables, muchas cosas han cambiado. Otras, lo sabemos bien, muy poco. Ese épico, triste y esperanzado escenario de transición entre el romanticismo y el realismo que nos describió en sus páginas, y la larga lista de versiones cinematográficas y el magno musical que han inspirado, forman ya parte del imaginario colectivo, al menos de nuestra cultura occidental moderna. Un imaginario que nos habla de pobres de solemnidad, de insalubridad y hambre en las urbes crecientes. De precariedad y derechos por reivindicar y hacer efectivos. De una sociedad clasista, insoportablemente machista, extremadamente desigual.

"...y en medio de esta oscuridad el hombre se aprovecha de la debilidad de las mujeres y los niños y los fuerza a la ignominia... es muy raro que aquellos que hayan llegado tan bajo no hayan sido degradados en el proceso".

No sé para ustedes, pero para mí este ha sido el verano pavoroso de las bombas y las decapitaciones, de las guerras aberrantes y el ébola. De los niños reventados y las mujeres asesinadas en su propia casa, de las muchachas salvajemente mutiladas, secuestradas y violadas. De los periodistas degollados ante las cámaras. De las matanzas anunciadas y la estremecedora incompetencia de los despachos. De cientos de miles de seres despavoridos que huyen perdiéndolo todo. De los enfermos abandonados a su condena de muerte en los confines más pobres de este mundo que solo es global para ser grabado en vídeo y contado en las redes sociales y en la televisión.

Cuesta trabajo, sí, sacudirse las imágenes que pueblan nuestras retinas y vivir con tanta violenta desdicha alrededor. Es difícil sobreponerse al abatimiento y no resignarse a la fatalidad. Bastante tenemos con salir adelante, con superar nuestras dificultades cotidianas, me dirán. Con llegar a fin de mes, con seguir aguantando la respiración y resistiendo un mes más, un año más con la paga menguante o el subsidio que se acaba, con el hijo buscándose la vida fuera y la abuela estirando la pensión. Con sobrellevar la indignación que nos producen los saqueos y las estafas patrias. Pero es necesario. Es imperativo y, aún más importante, es posible, porque no solo existen los medios: tenemos conciencia y capacidad de actuar.

"Ellos son Los Miserables, los parias, los desamparados".

Porque miserable (ese adjetivo tan perfectamente nominal) tiene dos acepciones: la que describe un universo de desgracia y debilidad (desdichado, infeliz, sin valor ni fuerza) y la que sanciona un rotunda y compleja categoría de mezquindad: el que escatima en el gasto o está falto de nobleza de espíritu; y también el perverso, el abyecto, el canalla.

Muchos (demasiados), arrumbados en la orilla desvalida de la denominación, no han podido elegir. Pero los que sí podemos elegir hemos de ejercer nuestra voluntad de que la otra orilla no nos caracterice, con toda la determinación y los instrumentos a nuestro alcance. No podemos ser ni comportarnos como miserables. Es nuestra elección.

"Mira quién habla", me espetará alguien. "Una que se dedica a la política, otra que no sabe lo duro que es salir adelante", dirá otro. "Con hablar se creen que lo arreglan todo, qué fácil es soltar eslóganes, menear papeles, hincharse a reuniones", pensará más de uno. "Mucha palabrería y a lo que vienen es a llevárselo", corearán unos cuantos... Pues déjenme que les diga: no solo no me extrañaría lo más mínimo que sus reacciones fueran éstas que imagino, sino que yo misma podría haber suscrito hasta no hace mucho cualquiera de ellas. Y, créanlo o no (ustedes no me conocen, pero desde aquí les pido un margen de suspensión de la incredulidad), precisamente encarar esa elección de orilla de la que les hablaba antes es la que me de llevó a la política.

"...llega un punto en que los desafortunados y los infames son agrupados, fusionados en un único mundo fatídico..."

Sí, así es. Precisamente porque la desigualdad y la indefensión alcanzan límites intolerables, es más urgente que nunca utilizar la mejor caja de herramientas de la que se ha dotado la sociedad: la política, con reglas democráticas. Con sus antiguallas, herrumbres y deficiencias. La política, que sirve ni más ni menos que para buscar soluciones a los problemas que nos rodean. Porque funciona, muchas veces funciona. Lo sabemos, pero se nos olvida. Damos por naturales y asumidos enormes avances en derechos y libertades que hace muy poco tiempo nos hubieran parecido inimaginables. Gigantescos pasos adelante en igualdad, bienestar, salud pública, servicios y garantías ciudadanas, movilidad geográfica, educación, justicia... La política sirve para eso, no podemos dejar que nadie nos escatime el poder de exigirlo.

Me parece que los estoy escuchando de nuevo... No, no se lo voy a negar, desde luego: los miserables de la segunda orilla (que los hay, qué les voy a contar, y no son pocos, y se reproducen que da gusto) se abalanzan en demasiadas ocasiones sobre la política para apropiársela, malversar su función de servicio y guardarla en sus cajones. Los faltos de nobleza y honestidad, los perversos, abyectos y canallas disfrazan de elevadas aspiraciones y discursos de falso sentido de Estado y salvación nacional lo más prosaico: el interés propio.

Pero ésa es la elección de esos miserables. Y, frente a ella, contra ella, está la de los que optamos por poner la ley, las instituciones, los recursos, el trabajo y la capacidad al servicio de nuestra obligación.

En este mundo tan atroz como poderoso, elijamos ser los campeones de la defensa de la democracia y los derechos humanos en el mundo. Sin complejos ni melindres a la hora de actuar y garantizar su indiscutible aplicación para todos. Sin excepciones.

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