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'My Enemy, My Brother': un Oscar para los refugiados

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Imagen del documental 'My Enemy, My Brother'

Apenas tres días antes de los terribles atentados de París, moría el filósofo francés André Glucksmann, quien, tras el 11-S, defendió la tesis de que las acciones terroristas eran la manifestación extrema de una tradición nihilista ya descrita por Dostoievski en sus novelas. Pero, a diferencia de Raskolnikov, los terroristas yihadistas que asesinaron a 130 personas en París el 13 de noviembre no miraban a los ojos de sus víctimas, ni mataban seres humanos de uno en uno, ni había simbolismo alguno en su acción. Tan solo exterminaban blancos difusos, en un despliegue más propio de la ira de un rabioso equipo de jugadores de videojuegos sangrientos que de aquellos nihilistas rusos, aureolados de un cierto toque romántico y un extraño y desesperado deseo de hacer justicia, sobre los que también escribió Albert Camus hace más sesenta años.

No obstante, yo me quedo con la afirmación de Glucksmann en la última frase de Dostovieski en Manhattan: "'El nihilismo no es invencible"

El nihilismo se vence con valores. Y el nihilismo terrorista se vence con valores democráticos: la libertad, la solidaridad, la igualdad. Y es la defensa irreductible (y conjunta) de estos valores universales que nos unen como especie humana la que nos permite enfrentarnos al horror, y no dar un paso atrás en la garantía de respeto universal a los derechos humanos que nos hemos dado.

Sí, sin duda: el nihilismo no es invencible. La resignación y la desesperanza no son una opción. Porque, como los protagonistas de esta historia, cada uno de nosotros podemos convertirnos en auténticos agentes del cambio.

Resulta imposible comprender por qué un puñado de jóvenes ciudadanos europeos, educados y criados en Bélgica, Francia o Alemania, con una calidad de vida aceptable y sin notorias amenazas o limitaciones a sus libertades y derechos, deciden matar a sus conciudadanos, inocentes y desarmados. Todos sentimos como un ataque personal, de terrorífica crueldad, la masacre que empapó París de sangre el pasado viernes 13 de noviembre. Contra nuestros valores, contra nuestro modo de vida y contra nuestros principios, los que compartimos cristianos, musulmanes, judíos, budistas y ateos de todo el mundo. Como afirma Guy Sorman, los motivos y las acciones de estos terroristas del siglo XXI son inexplicables, incomprensibles, pura entrega al odio y la muerte. Más propios de una psicopatología social colectiva que de una ideología o un propósito político, y, como tal, susceptible de expandirse por contagio como una epidemia.

Y eso es lo que nos aterroriza.

Necesitamos recordarnos una, mil veces, por qué estamos inmersos en esta lucha contra el terrorismo: porque el extremismo, el terror y la intolerancia son incompatibles con los valores supremos de democracia, libertad, solidaridad y defensa de los derechos humanos que compartimos. No es, y nunca lo ha sido, una guerra contra el islam. Es una guerra contra los asesinos, los fanáticos y los totalitarios, estén donde estén, vengan de donde vengan y se llamen como se llamen. Sin excusas.

Desde luego no hay soluciones sencillas. Es imperativo un esfuerzo conjunto, mundial, sin precedentes, de todos los gobiernos occidentales para acabar con Daesh, que pasa necesariamente por la optimización de los recursos de inteligencia compartida. Es imprescindible que los líderes musulmanes, políticos y religiosos, condenen sin resquicio de duda todo lo que constituye una palmaria perversión del Islam. Hay que involucrar de manera determinada y con una estrategia única a los gigantes de internet en esta lucha. Y los responsables europeos hemos de encontrar sin demora el modo de acabar con un profundo problema social que se ha instalado en muchos barrios y regiones de Europa: campos abiertos a la droga, la criminalidad y el fracaso educativo, en los que musulmanes europeos de segunda y tercera generación no han encontrado motivos para la integración, la pertenencia y la esperanza en un futuro común.

La certidumbre de que cada uno de nosotros podemos contribuir con nuestras acciones individuales a cambiar el mundo es lo que nos hace sentirnos parte de esa comunidad universal con valores compartidos que defendemos, y confiar en hacerla mejor, más justa e igualitaria. Una certidumbre que resplandece en imágenes en el documental My Enemy, My Brother.

Una maravillosa historia real en la carrera de los Oscar de este año, tan emocionante como inspiradora: la de dos soldados, dos enemigos. Durante la guerra entre Irán e Irak, en los años 80, Zahed, iraní chií de 13 años, encuentra malherido en un búnker a Najah, su enemigo iraquí suní, y, en un acto de humanidad y piedad heroico, decide salvarle la vida. Sus destinos se separan y no vuelven a verse hasta que, 20 años después, por azar, como si de un milagro se tratara, se reencuentran en Canadá, a cientos de miles de kilómetros de su tierra natal, donde viven como refugiados de guerra. Aquel gran acto de bondad halla su resolución y significado cuando Zahed, que atraviesa una crisis existencial profunda, vuelve a encontrarse con su pasado, con el enemigo al que salvó en el campo de batalla. Najah acude en su ayuda, y, como si el gran puzle de sus vidas encajara por fin, dando sentido a tanto sufrimiento. Ambos conviven ahora como hermanos.

Zahed y Najah nos muestran el verdadero significado de la única religión universal: la de la compasión y la empatía. Y nos demuestran cómo la percepción pública de la fe islámica ha sido manipulada con demasiada frecuencia por quienes secuestran esta religión pacífica y compasiva y la pervierten para apoyar sus fines totalitarios y destructivos.

Sí, sin duda: el nihilismo no es invencible. La resignación y la desesperanza no son una opción. Porque, como los protagonistas de esta historia, cada uno de nosotros podemos convertirnos en auténticos agentes del cambio, en verdaderos instrumentos de la transformación.