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Por qué soy #CulpableCETA

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El primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, hablando ante el Parlamento Europeo. (Foto: EFE)

Imaginemos el Mediterráneo hace algo menos de 3.000 años. Un pequeño grupo de personas se hace a la mar hacia una tierra desconocida. Llevan consigo unas mercancías, tal vez minerales, tal vez alimentos, tal vez unos retales. Son personas curiosas, se preguntan qué paisaje descubrirán, cómo será la gente con la que se van a encontrar y de la que apenas han oído hablar. Pero no es la curiosidad lo que les mueve. Quieren ganarse la vida. Su plan es vender sus mercancías y comprar otras que llevar a su tierra, también para venderlas. Lo que no saben es que volverán con mucho más que dinero. Volverán con historias de costumbres y creencias muy distintas de las suyas. Volverán con nuevas tecnologías. Volverán con nuevas ideas. Y esas historias, tecnologías e ideas serán semillas que, con suerte, caerán en terreno abonado, y que crecerán modificando el paisaje humano de su tierra. Cambiando sus vidas -nuestras vidas- para mejor.

Esto es para mí el libre comercio. Sé que después la cosa se fue complicando, y que por eso los tratados comerciales como el CETA son tan prolijos y exigen negociaciones tan largas. Pero sigo viendo al comercio como una forma de intercambio, de conocimiento y de contacto. En resumen, como una fuerza de progreso. El acuerdo comercial entre la Unión Europea y Canadá, además, ha sido tremendamente cuidadoso con los derechos sociales y económicos de los ciudadanos europeos y canadienses. En contra de lo que se ha dicho, los conflictos entre empresas y estados se dirimirán con transparencia en un tribunal. Existen cláusulas de desarrollo sostenible que garantizan el respeto al medio ambiente. Se especifica que los países aplicarán sus estándares sociales. Se reconocen mutuamente las cualificaciones profesionales. Y se eliminan aranceles en los bienes y servicios más demandados, lo que beneficiará a consumidores y servirá para crear empleo. Es un buen acuerdo y he votado a favor con todo convencimiento.

La actitud de muchos de quienes se oponen al CETA es la de quien no admite la discrepancia. No rechazan la libertad de comercio: rechazan la libertad a secas.

Estos son mis motivos, esta es mi forma de ver las cosas. Entiendo perfectamente que hay otras. Soy liberal, creo en el pluralismo y en la libertad de expresión. Acepto sin problemas los argumentos en contra, pero no los insultos. Y eso es lo que me he encontrado en estos días. La actitud de muchos de quienes se oponen al CETA es la de quien no admite la discrepancia. No rechazan la libertad de comercio: rechazan la libertad a secas. No conciben que uno pueda llegar a sus propias conclusiones sin estar a sueldo del capital. El que no se pliega es tachado de enemigo del pueblo. "Han vendido la democracia a las multinacionales", dijo Pablo Iglesias, refiriéndose a "la triple alianza de PSOE, PP y Ciudadanos". Bien, yo me sumo encantada a esa alianza. ¿Y saben con quién nos hemos aliado también? Con Justin Trudeau, primer ministro canadiense y responsable del ejemplo que su país da al mundo con la acogida de refugiados sirios. Trudeau cree en un mundo abierto, sin muros físicos ni morales. En eso creo yo también.

En cambio, Iglesias ha preferido la alianza con Trump, Le Pen y Farage. No porque hayan votado lo mismo, sino porque lo han hecho con los mismos argumentos. También los une su estilo político, su voluntad de dividir a la sociedad y de señalar al discrepante como enemigo. No agradeceremos lo suficiente al eurodiputado de Podemos Miguel Urbán que, durante el debate, rodeara a los diputados de su grupo con precinto. Quería aparentar profilaxis y lo que levantó fue su frontera, su aduana. Su muro.