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Urbanidad y ciudadanía

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Foto de la Calle Preciados de Madrid durante la Navidad/EFE

No es necesario pecar de apocalíptico para asegurar que algunas de las series de televisión y las malas prácticas de las redes destruyen sin remedio la educación de las aulas. La urbanidad brilla por su ausencia en las series cutres que emplean cualquier medio para hacer reír, aunque sea a costa de la zafiedad de los guiones, las bromas horteras, los personajes grotescos, el humor infame o el lenguaje espasmódico -minuciosamente descuidado- de los actores para aparentar acentos regionales, clases sociales, ideologías vulgarizadas u orientaciones sexuales trivializadas o ridiculizadas para la audiencia. Esto se hace con el fin de aparentar lo que no es sino el engendro maleducado del simulacro de la vida real, el ectoplasma indecente de la vulgaridad, el estereotipo de los tipos y grupos urbanos, los fenotipos de lo inclasificable, la exacerbación ilimitada de las minorías para llegar a los rincones más inaccesibles de la audiencia (o más facilones). Hospitales, comunidades de propietarios, gimnasios, bares y sucedáneos de ciudad, de familia o de pareja, se muestran en las series de TV saturados de falta de educación. No obstante, la falta de urbanidad está en la calle, en la plaza, en el AVE, en la suciedad, en el ruido y la polución de las ciudades españolas, incluso en las exposiciones masificadas que no se pueden ni contemplar.

Con las urbes y la arquitectura pasa algo muy parecido: las ciudades son organismos de mediación entre personas y comunidades, entre ritos y culturas, tribus y etnias. Espacios bellos y vulgares alternan con sitios públicos y privados; rivalizan en urbanidad o mala educación urbana, según sea su arquitectura, su señalética, su propensión a la masificación, a la fealdad o la horterada. Se puede ser el hazmerreír urbano en la misma ciudad, con un Palacio de Congresos marca Calatrava, o con un Auditorio Príncipe Felipe, como ocurre en Oviedo. Se puede disfrutar de comida basura en una hamburguesería King Size o en un multicentro de barrio, o padecer de especulación urbana, ruido y despilfarro de luces, a cargo del Ayuntamiento, o del más profundo local de cualquier pueblo o ciudad española. Se trate de barrios pobres o excluyentes de gentrificación turística o cultural; de Norias como la de Málaga, mercadillos, mercachifles, museos de casi todo a 100 y gimnasios o estadios vigoréxicos de horteras, músculos, bótox; de cosméticas urbanas como la operación Canalejas, en Madrid. Puede servirse de arquitecturas para encubrir el negocio o el mal gusto de edificios de estilo high tech o low cost, disimulando el expolio del espacio público, el cierre del comercio de 'proximidad'... o los negocios de toda la vida, el Café Comercial o la cervecería Cruz Blanca en Goya (Madrid), recientemente cerrada para ser sustituida por alguna compañía de telefonía. La ciudad neoliberal crece en todas partes, - Valencia es un ejemplo de libro -,...y el turismo de masas, ensordecido e invasor lo invade todo, desde el centro histórico de Toledo, o Córdoba, a la Alhambra de Granada. Desde la Plaza de los Naranjos de Marbella a la Plaza Reial, aunque el modelo Barcelona se critique sólo en voz baja.

Sin urbanidad, se expulsa a los residentes a las afueras, se cede la ciudad central a los turistas. Se paga hasta por respirar, o fumar, en las terrazas.

La mala educación en arquitectura impide disfrutar del espacio recién ganado a los coches. Sin urbanidad, se expulsa a los residentes a las afueras, se cede la ciudad central a los turistas. Se paga hasta por respirar, o fumar, en las terrazas. Se consume el espacio público o monumental con un predominio de malas maneras y cada vez más necia falta de educación, en pleno ruido, la ocupación del espacio, con la permanente presencia de las milagrosas serpientes turísticas, que acaban como grandes boas constrictoras. Arriba y abajo, aquí no hay quién viva, del gimnasio a la magnesia, del gin-tonic como excusa universal a la exaltación hipócrita del hortera y el desmedido mal gusto urbano, como en el espectáculo de luz y sonido de las luces navideñas de calle Larios, en Málaga, o la estulticia de la megafonía en los supermercados oligopolísticos de distribución alimentaria. El Dios Turismo es saqueador y deja estelas de residuos de todo tipo, desde las ciudades de vacaciones inhóspitas, a las fiestas infantiles de consumo obligatorio.

Se dirá que la buena educación quedaría en el gusto de las minorías, pero estas lo mismo destripan una ciudad para hacer alojamientos turísticos, que la rehacen para consumo de turistas, cruceristas, excursionistas o hooligans. La vestimenta adquiere un claro disfraz de representación. También las fachadas se vuelven vestidos, no ideas de la arquitectura que albergan. Hoy se decora hasta lo indecoroso, se publicita hasta el aire irrespirable de la contaminación con el patrocinio de las empresas de automóviles o de energía.

No está de más recordar que la urbanidad es un principio activo de la ciudad, que el lenguaje de los arquitectos es, por principio, un instrumento de educación en ciudadanía y que la soberanía del ciudadano no está reñida con el espectáculo, pero sí con la espectacularización consumista de la sociedad: la que oculta la injusticia y la desigualdad bajo formas y alardes asombrosos, con el atrevimiento ignorante de la sociedad que excluye.

Estos días de navidad son propicios al exceso, al ruido, a la melancolía por los tiempos que se fueron; pero ni siquiera el anuncio de la ONCE nos hace olvidar que nos están reacomodando en un orden neoliberal, maleducado y poco democrático, sin oposición. Las formas de vida comunitarias -la urbanidad, en suma- no se pierden por gusto, sino por mal gusto, cuando nos resignamos a la basura del consumo.

Y eso incluye a los arquitectos, tan pendientes siempre de la obra y del proyecto y, tan frecuentemente, olvidadizos de los daños colaterales de las obras escaparate.