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Escala la cumbre más alta del mundo: hazte científico

29/05/2013 08:34 CEST | Actualizado 28/07/2013 11:12 CEST

El 29 de mayo se celebra el 60 aniversario de la primera ascensión al Everest por Sir Edmund Hilary y Tenzing Norgay. National Geografic lo celebra con un articulo en su edición de junio que muestra unas impactantes fotos de la larga cola para ascender al Everest y las aglomeraciones en el llamado escalón de Hilary, que da paso a la cumbre, donde los escaladores aguardan en cola más de 2 horas para hacerse rápidamente la foto de rigor antes de que te estén ya empujando para que bajes y se la haga el siguiente.

Y es que ya no quedan cumbres más altas a las que subir por primera vez, ni simas más profundas del océano a las que descender por primera vez (aunque a ésta solo han descendido tres personas hasta ahora), ni más fuentes del Nilo que descubrir por primera vez.

¿Es que se han agotado las aventuras?

No, aun quedan las mejores, las del descubrimiento científico.

La investigación científica tiene mucho de aventura, exploración y escalada. Incluso la propia motivación. Cuando preguntaron a Hillary por qué su empeño en escalar el Everest su respuesta fue "porque está allá". Los desafíos científicos también son así: simplemente están delante nuestra, desafiantes, a la espera de ser resueltos.

La investigación científica requiere de la misma pasión y tesón por superar los desafíos que la escalada. Nuestra sociedad valora y admira ese tesón y capacidad de sacrificio, como lo valora, quizás sin notar hasta qué punto son similares, en los científicos. Pero es que en la ciencia el tesón y sacrificio de unos pocos impulsa el progreso de todos.

Como en la escalada, el investigador científico habrá de superar grandes dificultades y penalidades. Como en la escalada, el investigador se encontrará muchas cimas falsas, y detrás de ellas otras aún mas altas, complicadas y difíciles de superar. Como en la escalada, el científico necesita un largo período de formación técnica antes de desafiar las cumbres más altas y, una vez cualificado, pasará largos períodos en campamentos base, elevados pero en territorios seguros y bien conocidos estudiando las rutas de acceso a la cumbre antes de atacarla. Como en la escalada, el investigador tendrá a veces que dar marcha atrás antes de hacer cumbre, pero no para darse por derrotado, sino para intentarlo, una y otra vez hasta poder conquistar la cima. Como en la escalada, el investigador no sube solo, sino en cordadas y beneficiándose de las rutas abiertas por otros que intentaron la ascensión antes que ellos. Como en la escalada unos se llevarán la gloria, pero habrá sido, siempre, mérito de muchos.

En mi investigación he subido bastantes cumbres modestas, siempre falsas, con otras más escarpadas a continuación, pero siempre me ha resultado estimulante llegar a las cumbres intermedias, aunque fuesen modestas, con una breve parada para disfrutar de lo conseguido y sentir de nuevo el gusanillo de atacar las nuevas cumbres, los retos científicos que las cumbres intermedias permiten entrever. Por la misma razón que Hilary, porque están allí.

La vocación de servicio de la ciencia es importante, pero yo diría que en pocos casos es el elemento vocacional definitivo. Sin la pasión por el desafío de llegar a donde nadie llegó antes, por la exploración, por el descubrimiento, sería imposible superar los sacrificios y acometer los riesgos necesarios para alcanzar los mayores logros científicos. Es esa curiosidad desmedida, la pasión por conocer, por saber, por descifrar enigmas, lo que impulsa la investigación científica.

Las verdaderas aventuras, en el siglo XXI, serán aventuras científicas. Serán cimas interiores, que se contemplen desde la racionalidad, desde esa sensación de haber accedido a un nuevo nivel de entendimiento -casi un concepto budista- que supone el descubrimiento científico. Mirar lo que hemos tenido siempre delante nuestra y ver algo nuevo, algo que hasta ahora nadie antes había visto.

Y es esa pasión la que nos llevará a superar las penalidades. Particularmente en tiempos como el presente en España, con dirigentes que no entienden ni valoran la ciencia, es cuando la tarea de incorporar nuevos científicos se asemeja más a la de reclutar voluntarios para aventuras de gran riesgo, como cruzar la Antártida a pie, aquella gran aventura -épica precisamente porque fracasó- de Ernst Shackleton. Para reclutar los participantes en ese épico fracaso, Shackleton puso en 1914 un anuncio en la prensa británica para voluntarios que decía:

"Se buscan hombres para viaje peligroso, sueldo bajo, frío extremo, largos meses de completa oscuridad, peligro constante, no se asegura retorno con vida, honor y reconocimiento en caso de éxito".

Se presentaron 4.000 personas.

Este mismo anuncio valdría hoy para reclutar jóvenes investigadores a la ciencia española.

Estoy seguro de que se presentarían decenas de miles de jóvenes, hombres y mujeres, cuya pasión por participar en la aventura de la ciencia les llevará a superar todas las adversidades y dificultades, inherentes a la ciencia, pero acrecentadas por la animosidad del Gobierno Rajoy contra la ciencia. Yo conozco a muchos de éstos.

No os engaño, será muy difícil, lo pasaréis mal, pero si apretáis los dientes y aguantáis el frío, la soledad y los sacrificios, llegaréis a alguna de esas cumbres intermedias, viendo por primera vez un paisaje que nunca antes nadie habría visto, abriréis una vía de acceso que llevará vuestro nombre y pensaréis, si conseguís llegar con la llama de la aventura intacta, que todo habrá valido la pena.

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