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27-S: ¡Vota Frustración!

18/09/2015 07:42 CEST | Actualizado 17/09/2016 11:12 CEST
EFE

Aquellos de ustedes que hayan estudiado en un colegio de curas y/o monjas me entenderán perfectamente.

De vez en cuando, en la clase de religión, en lugar de memorizar el capítulo del catecismo que tocaba, aparecía por clase un cura diferente al habitual de plantilla, normalmente un misionero con su barba reglamentaria -pero sin salacot ni machete, cosa que les quitaba mucho glamour- cuyo objetivo era hacer proselitismo y detectar entre nosotros a aquellos susceptibles de recibir la llamada de la fe.

Personalmente nunca fui especialmente proclive a aceptar llamadas a cobro revertido, pero he de reconocer que algunos de mis compañeros, embebidos en el relato de selvas lejanas, heroísmos misionales y salvaciones de almas low cost sí que tuvieron sus momentos de debilidad, algo que normalmente se revertía al cumplir catorce años y pasar de las sobrias clases unisex del colegio a las clases mixtas del instituto en las que -Oh, sí- ya había chicas.

Si ha llegado hasta aquí, querido lector/a, estará usted pensando que este artículo habla de religión, con lo que habré conseguido mi objetivo, que no es otro que confundirle. De lo que estoy hablando es de nuestros nacionalismos patrios, de todos ellos.

Miren, los nacionalismos en nuestro país (tanto periféricos como mesetarios) tienen mucho de eso, de religiosos, de místicos.

Son nacionalismos de ejercicios espirituales, ayuno, abstinencia e historias contadas alrededor de un fuego de campamento.

Nacionalismos de crucifijo de madera, cumbayás a dos voces, chirucas y cantimplora de latón con forro de fieltro verde.

Nacionalismos rurales exaltadores de virtudes colectivas nunca demostradas que desconfían de lo individual, de lo complejo, de las sociedades formadas en base a identidades distintas, de la construcción social desde la heterogeneidad, la transacción y el pacto.

No sé ustedes, pero yo estoy preocupado con las próximas elecciones autonómicas catalanas, y les aseguro que no es una preocupación a instancia de parte, es una preocupación legítima, casi angélica, diría.

El único ganador cuando se abran las urnas el día 27 va a ser el partido de la frustración y la melancolía.

Y me preocupa porque tengo muy claro quién va a ganar las elecciones catalanas, que no va a ser ni el polo independentista ni ninguno de los partidos contrarios a esta opción, sino otro muy distinto.

No van a ganar los independentistas a pesar de tener de su lado todo el aparato de propaganda de la generalitat, su legión de medios subvencionados y sus movimientos sociales de plantilla bien regados de dineros públicos.

No va a ganar ningún partido unionista, a pesar de tener de su lado a la prensa de Madrid y a todos los Gobiernos europeos y mundiales medianamente serios.

El único ganador cuando se abran las urnas el día 27 va a ser el partido de la frustración y la melancolía.

Frustración por todo el tiempo perdido y los recursos gastados para conseguir un resultado electoral que va a mostrar una Catalunya perfectamente dividida en dos mitades casi idénticas y ahora enfrentadas.

Melancolía de un tiempo en el que se pudo haber apostado por otra forma de hacer política en el Principado, pero que gracias a la ceguera de unos, la soberbia de otros y el cortoplacismo de casi todos, va a ser muy difícil de recuperar.

¿Se puede construir un proceso de independencia con la mitad de la población en contra? ¿Se puede obviar que hay un enorme malestar en Catalunya cuando la mitad de su población está diciendo que quiere marcharse?

Pase lo que pase el día 27, el 28 habrá que comenzar a hablar, y tanto quienes han llevado a la mitad de los catalanes a este callejón sin salida con su cerrazón mesetaria como el grupo de irresponsables que han dirigido este proceso fullero, enloquecido y sin salida lo tendrán muy difícil para reconstruir un proyecto de país en el que quepa todo el mundo.

Por tanto, si por un casual reciben la llamada, esa que les convoca a iluminarse y hacer proselitismo por alguna causa mística, hagan como yo, tápense la nariz con dos dedos, pongan voz metálica y digan: "El teléfono al que llama se encuentra apagado o fuera de cobertura".