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El techo de cristal de Albert Rivera (y Pablo Iglesias)

14/10/2015 06:53 CEST | Actualizado 14/10/2016 11:12 CEST

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Foto: EFE

Hagamos un poco de arqueología electoral.

En junio del año 1977, los españoles se dirigen a las urnas en una convocatoria histórica, la primera desde las últimas elecciones libres celebradas en 1936 tras una guerra civil y cuarenta años de dictadura del general Francisco Franco.

El terreno es complejo por lo desconocido, no existía un histórico de encuestas, nadie sabía cómo iban a comportarse los partidos en los distintos territorios, y cuatro fuerzas políticas pugnaban teóricamente por llevarse el gato al agua:

  • En el campo del centro derecha, la UCD de Adolfo Suarez y la Alianza Popular de Manuel Fraga
  • En el terreno de la izquierda, el PSOE de Felipe González y el Partido Comunista de Santiago Carrillo

Tras una campaña tan amateur como pasional, finalmente los españoles votaron masivamente el 15 de junio, llevando la participación hasta un histórico 78'8%, cifra solo superada por el 79'9% de 1982.

El resultado finalmente clarificó quienes iban a ser las fuerzas hegemónicas en cada espacio político durante la transición, y arrojaron un resultado que creo que es tremendamente interesante para poder analizar las correlaciones de fuerzas que podremos ver tras las elecciones del 20 de diciembre:

Como ahora, en 1977 existían cuatro partidos políticos que competían en todo el territorio con posibilidades al menos teóricas de conseguir escaño.

Como ahora, en 1977 solo dos partidos tenían estructuras políticas sólidas -vamos, aparatos- en todas las provincias, mientras que dos de ellos se encontraban en plena construcción de las mismas.

Como ahora, en 1977 los líderes de los cuatro partidos tenían amplísima presencia mediática.

El resultado no puede ser más clarificador, la sutil combinación entre nuestra circunscripción electoral provincial y la ley D'Hondt dio como resultado que la UCD de Adolfo Suarez, con solo un 34% de los votos, eso sí, magníficamente repartido territorialmente, consiguiera 165 escaños, situándose a 11 de la mayoría absoluta.

Han leído bien, en un escenario de 4 partidos, y con un 34% de voto, la UCD se quedó a 11 diputados de la mayoría absoluta.

Mientras, el PSOE de Felipe González, con solo un 5% menos de voto y con una distribución territorial menos eficiente, solo conseguía 118 diputados.

El PCE y AP, ambos por debajo del 10%, tuvieron que conformarse con las migajas.

¿Podemos estar en la antesala de algo parecido? Pues según las encuestas publicadas hasta el momento, el escenario no es exacto, pero sí parecido.

Teniendo en cuenta que prácticamente la mitad de los diputados del congreso se asignan en provincias medianas y pequeñas (de seis o menos diputados) y con Podemos y Ciudadanos situados en torno al 15% de la intención de voto a nivel nacional, lo más probable si nada cambia es que estos dos partidos solo logren rentabilizar sus votos en las grandes circunscripciones, permitiendo que un PP en torno al 30% de intención de voto y un PSOE en torno al 25% se queden con la parte del león de este preciado botín.

Esa es la barrera de cristal de Albert Rivera y Pablo Iglesias: que mientras en las grandes circunscripciones ese 15% de voto les asegura representación, en las medianas y pequeñas no representa un solo diputado, lo que se denomina "wasted vote", voto tirado, frustrado e ineficiente.

Todo un problema, sobre todo cuando en la calle Génova saben que en este escenario, cada punto por encima del 30% significa acercarse más al resultado de las elecciones de 1977.