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'Meritocráticamente'

09/02/2017 07:24 CET | Actualizado 09/02/2017 07:24 CET

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Foto: EFE

En la última entrada de su blog, Branko Milanovic, uno de los grandes teóricos de la desigualdad, ataca duramente el ideal contemporáneo del mérito. Según el economista serbio, especialmente durante la era Clinton-Blair, la sociedad aceptó dócilmente un ideal meritocrático que "básicamente significaba la habilidad de los ricos para colocar a sus hijos en las mejores universidades, en las que el 90 por ciento de los mismos se gradúa meritocráticamente, gracias a lo cual pueden reclamar salarios muy por encima de la media el resto de sus vidas".

No sorprende tanto que no se haya hablado más de ello en un país como España, históricamente tan poco dado a la meritocracia. Aunque pueda sonar raro, cuestionar el ideal convencional del mérito, al menos en la teoría, ya que la práctica es otra cosa, tiene hoy día muy mala prensa en nuestro país, precisamente porque siempre, de nuevo en teoría, ha sido un anhelo el que lleguen a arriba los mejores. ¿Y quiénes son los mejores? Hoy día, para muchos, son aquellos que han hecho una carrera o un posgrado en una universidad de la Ivy League o un MBA en una escuela de negocios con un buen ranking. ¿Y de donde salen? Pues en un país como España, de las familias de ingresos altos o muy altos.

Lo que pocas veces se dice es lo que recuerda Malinovic, que la mayoría de los estudiantes en estas escuelas pertenecen a las clases altas porque el mundo de las instituciones educativas de élite se ha mundializado y la burbuja financiera educativa ha puesto barreras de entrada muy elevadas. Las familias pudientes chinas compiten con las americanas y las españolas en mandar a sus hijos a Duke o a Stanford. Ser aceptado en Harvard o en la Universidad de Chicago no es sólo cuestión de sacar notas excelentes -algo, aunque pueda sonar paradójico, al alcance de bastantes- sino de disponer del capital social y económico que proporciona ambición, una narrativa personal de éxito y recursos económicos.

El mayor éxito de este modelo es que todo el mundo lo ha dado por bueno en nombre de la nunca bien ponderada meritocracia, al fin y al cabo un ideal de promoción social mejor que ninguna de las otras opciones. Lo malo es cuando una determinada idea de meritocracia dinamita la movilidad social.

Los rankings de universidades como el de la Universidad de Shangai legitiman, con su apariencia empírica, este ideal meritocrático cerrado. La universidad española, que no consigue colocar ningún centro entre los 200 primeros, no sale desde luego bien parada. Los periodistas y tertulianos de postín, esos mismos que no se privan de decir que sus hijos estudian en Oxford o en Estados Unidos, se ensañan de forma oportunista con unos docentes a los que califican de casta. Tampoco se privan de fustigar a los alumnos españoles, siempre vistos como sempiternos repetidores o, en el mejor de los casos, como talentos frustrados que nunca podrán llegar muy lejos debido a la mediocridad del ambiente reinante. Pocas veces el pueblo ha escuchado diagnósticos más crueles por su bien.

Lo cierto es que estudiar en el MIT o Harvard tiene mucho mérito. Cuando se habla de meritocracia, el reto consiste en conciliar la excelencia y la equidad. Algo que ni en los estados del bienestar ni en los Estados Unidos parece haberse conseguido.