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La mejor forma de superar la anorexia es hablar sobre ella

09/07/2015 07:24 CEST | Actualizado 08/07/2016 11:12 CEST
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"Joven de 16 años que acude a consulta externa, acompañada de los padres por derivación, solicitando ella misma el ingreso. Presenta estado de malnutrición grave, amenorrea secundaria de 4 meses de evolución, así como restricción alimentaria intensa, desbordamiento, aislamiento y depresión severa. Se decide ingreso."

Queridos vecinos, compañeros de colegio, universidad, colega de autobús, panadera de los domingos: esta soy yo. Con el corazón encogido y un nudo en la boca del estómago, me presento: Mi nombre es Clara y sufrí anorexia. Y no me avergüenza. Aunque sí me asusta.

Miedo y vergüenza son dos emociones bien distintas. Y si bien nadie es culpable de padecer un trastorno de alimentación, reconozco que la anorexia asusta, y mucho.

Aún hoy, años después de recuperarme, se me tensan los músculos al rememorar aquella etapa de mi vida. Incluso cuando me esfuerzo mucho por buscarle alguna explicación a todo lo vivido, mi cuerpo levanta un muro físico y mental bloqueando cualquier recuerdo lesivo.

A mi modo de ver, esto es algo maravilloso: no fui capaz de revivir conscientemente mi enfermedad hasta que mi cuerpo se sintió emocionalmente preparado para ello. Fue cuando empecé a sanar, crecer y volverme más fuerte física y mentalmente cuando poco a poco comencé a recordar y procesar importante -aunque muy dolorosa- información sobre mi experiencia.

Las adversidades tienen la sorprendente capacidad de enseñarte la capacidad de resistencia que los seres humanos albergamos. Ni yo misma lo sabía hasta que no me quedó otra opción. El ser humano es un superhéroe. Tú, que me lees, eres un superhéroe.

Si pudiera regresar al ayer, me diría a mí misma que no hay nada que ocultar y que para aprender a manejar el dolor hay que ser capaz de nombrarlo y mostrarlo. Me haría entender que así como no hay vida sin un porcentaje de sufrimiento, también somos capaces de seguir adelante y reconstruirnos. No solo reconstruirnos sino de reescribirnos.

Así, mi anorexia también supuso una oportunidad para crecer: sin ella, jamás hubiese entendido la férrea unión de respeto y amor que se profesan mis padres, que admiro y tanta fuerza me dio. También aprendí que lo peor que le puedes decir a una persona que sufre es un "todo va bien". Tras años de psicoterapia soy capaz de reconocer mis emociones y ser muy sensible a las de quienes quiero. Asimilé realmente lo que implica la palabra "esfuerzo". Comprendí que pedir ayuda es la opción valiente. He adquirido una conciencia mucho más profunda de lo que es la vida, y de que no se debe subestimar ninguno de tus días. Mi enfermedad me hizo entender lo afortunada que era ante el apoyo que muchas personas cercanas -y no tan cercanas, incluso desconocidas- me prestaron; con quienes me sentiré en deuda toda la vida, puesto que es algo que jamás les podré devolver.

Y este es el motivo por el que me he decidido escribir: quiero contraer una deuda con todos aquellos que están o estarán algún día luchando contra esta enfermedad. Ser uno de esos desconocidos que os ayude a seguir hacia delante y recordaros que estáis llenos de vida. Mi valentía solo se debe al profundo respeto que siento por todos los enfermos y sus seres queridos, a quienes aún les queda recorrido.

Por vosotros, superhéroes. Desplegad vuestra capa.

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