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El bluf de buscarse a uno mismo

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Foto: EFE

Buscarse a sí mismo. Es quizás de las actividades autoeróticas que más nos excitan. Ya sea en versiones cursis, capitalistas zen o de barroquismos intelectuales, amamos la idea de que exista un saber sobre nosotros mismos, uno que, con ilusión, presuponemos de alto interés para la humanidad. Tanto así que estamos dispuestos a pagar por ello: los más perezosos, para que alguien les dé una respuesta envuelta; otros, más temerarios, invierten su dinero en las tecnologías que prometan llegar a esa iluminación.

El ideal del sí mismo está alimentado por la tensión que nos provocan las relaciones nada fáciles con nuestra especie. Cotidianamente nos enfrentamos a la tarea de maniobrar entre nuestro egoísmo y la necesidad de ser amados (que nos obliga a renunciar al egoísmo), encontrando equilibrios precarios, en que muchas veces sentimos que fingimos para ser estimados, sobre todo con aquellos a los que sobrevaloramos y ante quienes no podemos comportarnos más que como estúpidos. Es esa impresión de estar simulando la que nos lleva a construir la ficción de que habría algo así como un verdadero Yo, uno genial y poderoso que estaría esperando para tomar protagonismo.

Pero ya lo decía Freud: "El Yo no es el patrón en su propia casa", y cada vez que intentamos definir algo de nosotros mismos, en la curva siguiente chocamos con nuestras contradicciones y dudas. Porque más allá de nuestros discursos conscientes, existe ese lado opaco del deseo que nos empuja en direcciones que sólo vemos de reojo. Y esa verdad, la de que no hay verdad en las afirmaciones de nuestros discursos oficiales y certezas pretenciosas, la sabemos todos; puede que no sepamos verbalizar esa suspicacia, pero la intuimos siempre. Lo que pasa es que la reconocemos en los otros, a quienes con cierta facilidad acusamos de falsos. Respecto de nosotros mismos, insistimos en la cantinela de la fe en que sí hay, en algún lugar de nuestra carne, una esencia bella y libre de toda alienación.

Me atrevería a decir que gozamos de las contradicciones ajenas, como si al revelarse algún atisbo de lo apócrifo del discurso del otro, nos reafirmáramos a nosotros mismos como auténticos y transparentes en nuestros propósitos.

Tal compasión que reservamos para nosotros -y, por cierto, para nuestros hijos, extensión de nuestro ego- está totalmente ausente en nuestra consideración hacia los otros. Es más, me atrevería a decir que gozamos de las contradicciones ajenas, como si al revelarse algún atisbo de lo apócrifo del discurso del otro, nos reafirmáramos a nosotros mismos como auténticos y transparentes en nuestros propósitos. Reconozcamos que más allá de la conveniencia social de la revelación y sanción de la corrupción, hay también una satisfacción en ver al otro caído, atrapado en sus mentiras. Por eso, muchas veces, más que esperar que se compruebe la inocencia de los acusados y entonces descubrir que las cosas no son tan sucias, secretamente anhelamos que toda la corruptela sea cierta. Quizás eso explica que muchas veces recortemos una escena del modo en que suene peor: audios a medias, primeros planos tendenciosos, flashes canallas.

Nuestra desconfianza también actúa cuando aparece algún nuevo héroe que parece demasiado consistente. Hay que buscarle el pecado oculto. De ahí, tal vez, la obsesión por buscarle con cierta prisa la mancha a los parlamentarios nuevos que vienen limpios de fábrica. En Chile, por ejemplo, adjudicándole un auto caro a la diputada comunista Camila Vallejo o acusar al diputado de izquierda Boric de dormir con una rubia (las blondas por estas latitudes representan la aspiración social). Estrategias toscas y de baja calaña para encontrar el gato encerrado, pero que hablan de esa necesidad de desenmascarar. No creamos que en este caso se trata sólo de sus contrincantes políticos: hay muchos que, aun compartiendo el ideario o parte de él, no soportan la superioridad moral de quien cree que efectivamente es lo que su Yo supone ser. Lacan decía que aunque el rey se crea rey, está loco. Y bueno, sí, en este sentido de la locura, harto dirigente loco hay. Ese que insiste en ser un héroe aún en la soledad del baño, ese que no lee ninguna contradicción en sí. Tan endiosado que no sólo funciona como opio para sus seguidores, sino también para sí mismo, a la vez que se convierte en sirviente de su ego.

Creerse gurú o buscar uno -dependiendo de la medida de nuestra narcisismo- son desafortunadamente más que tentaciones ocasionales. Porque vivimos muy mal el hecho de estar estructuralmente fracturados: hechos de fragmentos, que a veces se contradicen, afectados por la contingencia y por la necesidad de ser amados. Tomamos como defecto de la personalidad el hecho de no tener una identidad estable y libre de contradicciones. Y nos pasa lo mismo en el mundo de las ideas: esperamos que éstas den respuestas totales. Así nos decepcionamos demasiado. Y es ahí donde entra toda la tecnología del Yo, ofreciendo verdades y cirugías plásticas del alma: dietas que lo hagan sentir a uno mejor persona o Mc meditaciones que ahora se venden con un nombre en inglés, por señalar las favoritas, hoy en día, de famosos y progresistas; pero también están los procedimientos tradicionales, como la carta astral para las señoras o alguna droga sicodélica para los que quieren encontrar ese sí mismo creativo que, con trabajo, no les resulta. En fin, hay para todos los gustos.

Por el contrario, nos cuesta ver que es gracias a la falta de una verdad esencial -interna y externa- que podemos construir, que podemos abrirnos a los demás y al cambio de opinión. Cada vez que fingimos y transamos algo de egoísmo por el otro, suele haber más verdad ahí que el discurso cerrado de algún político o de algún gurú, y sin duda más que en la atención plena que promete el mindfulness.

Este post fue publicado originalmente en The Clinic