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Cinco temas que seguir en la era post-Obama

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9 de noviembre de 2016. El mundo respira aliviado. Las encuestas, por esta vez, no han fallado estrepitosamente: Hillary Clinton ha resultado vencedora en las elecciones presidenciales norteamericanas. Atrás queda la campaña más sucia de la que se tiene recuerdo. El 20 de enero comenzará una nueva etapa en la política estadounidense, llena, como todas, de numerosos desafíos y oportunidades.

De entre todos ellos, he aquí cinco que despiertan especialmente mi curiosidad. No son necesariamente los primeros en la lista de prioridades -aunque tal vez deberían serlo- pero merece la pena estar atentos a cómo evolucionan durante los próximos cuatro años, tanto por su peso en sí mismos, como por la trascendencia que pueden tener fuera de Estados Unidos.

Mujeres
Las continuas afrentas al género femenino por parte de Donald Trump a lo largo de la campaña, tanto involuntaria como intencionadamente, han ensombrecido el hecho de que Hillary Clinton es la primera mujer en llegar a la presidencia del país más poderoso del planeta. Se corrige así una anomalía histórica -en muchos otros países, en todos los continentes, ha habido ya presidentas y primeras ministras- que está a su vez relacionada con la proporcionalmente baja presencia femenina en las instituciones políticas norteamericanas. Un ejemplo: cerca de un 20% de mujeres congresistas, frente a un 40% en España. Es por tanto una gran oportunidad para avanzar hacia una mayor igualdad de géneros.

Ya como secretaria de Estado, Clinton introdujo este componente en sus políticas: desde establecer la obligación en las embajadas de recopilar datos e información sobre mujeres y niñas -educación, salud, seguridad...- para así poder definir acciones específicas en cada lugar, hasta incluir en cada proyecto exterior la pregunta "¿Qué impacto tiene sobre las mujeres?" o crear nuevos cargos en la estructura del Departamento para asegurar que el enfoque de género se aplicaba en las diversas áreas de la política exterior estadounidense.

De lo que se trata es de avanzar en la lucha por una igualdad real que logre transformar mentalidades. "Lo que más ilusión me hace es que mi nieta la verá y pensará, 'yo también puedo ser, algún día, presidenta' ". Es una frase que he oído a varias mujeres norteamericanas. Pero como Obama ha aprendido muy bien, transformar los usos y las costumbres de Washington no es fácil. Este será pues uno de los mayores desafíos de Clinton.

La 'reunificación' de Estados Unidos
Una reunificación figurada, claro. La polarización en la que ha caído el país en la última década ha llegado a extremos realmente preocupantes. No es que los votantes de uno y otro lado sientan animadversión hacia el otro, es que en muchos casos ese sentimiento es odio en estado puro. Trump ha violado algunos de los principios sagrados de la unidad norteamericana -al insultar, por ejemplo, a un soldado caído en combate, o al cuestionar la limpieza del proceso electoral-, pero la brecha se había abierto mucho antes, y en múltiples sentidos: el Tea Party, el odio racial acumulado y no resuelto, los educados frente a los ignorantes, los simpatizantes de Bernie Sanders que votarían antes a Trump que a Clinton, o "los elefantes" del Partido Republicano que prefieren pasarse al "enemigo" antes de votar al energúmeno de su candidato, el populismo de todo corte frente a una normalidad democrática, los vencedores y los perdedores de la globalización...

La división es tan profunda que puede llegar a minar el propio sistema. Baste un solo dato: más de dos tercios de los milenials americanos no consideran esencial vivir en un país democrático. Estados Unidos debe recuperar la capacidad de diálogo interno, el consenso en algunos temas esenciales; debe reconstruir la fractura política y social en la que ha caído si quiere seguir siendo el país relevante que ha sido desde hace más de un siglo. Para ello, un primer paso debe ser la recomposición del propio Partido Republicano. Pero también, por supuesto, la actitud y las acciones de una nueva presidenta, que llega a la Casa Blanca con un grado elevadísimo de oposición.

La educación
Ninguno de los dos candidatos le ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo a este tema durante la campaña. El debate ha girado más bien en torno a su financiación -Clinton, por ejemplo, ha propuesto que la matrícula universitaria sea gratuita para familias de ingresos medios y bajos- y a cómo acabar con el fracaso escolar muy extendido en determinadas áreas.

Que la cuestión es más que relevante para el futuro lo revela hasta la llamativa división que se ha producido entre un electorado educado y otro menos educado (sumado además al componente racial). Si en las anteriores elecciones el candidato republicano, Mitt Romney le sacaba ocho puntos a Obama entre el electorado blanco y con estudios universitarios, esa proporción se ha revertido ahora, cuando Clinton le ha sacado 10 puntos en ese grupo a Trump.

La realidad es que la educación ha dejado de ser mayoritariamente un factor de convergencia social para convertirse en un foco de una desigualdad que amenaza el sueño americano, en un modelo que favorece a los que más recursos tienen para dejar en la estacada a los que no pueden acceder a él.

Pero además de la financiación, será interesante ver cómo se va adaptando la educación a los nuevos desafíos que la tecnología está introduciendo a un ritmo vertiginoso en el entorno laboral, desde la robotización hasta todas las potenciales aplicaciones de la inteligencia artificial. Estados Unidos tendrá que hacer un importante esfuerzo para seguir manteniendo un liderazgo cada vez más amenazado por Asia y que logre además formar a ciudadanos responsables en un sistema democrático.

El comercio
Uno de los pocos puntos en los que Trump y Clinton han estado de acuerdo durante la campaña es su rechazo al TPP (el acuerdo de libre comercio transpacífico, según sus cifras en inglés, que cubre 12 países americanos y asiáticos incluido Estados Unidos y que ahora está pendiente de ratificación por los correspondientes Congresos). Clinton, sin embargo, sí lo apoyó cuando era secretaria de Estado, con lo que no está claro si su cambio de opinión ha sido para ganarse a los partidarios de Sanders que se oponen fieramente al libre comercio o por convicción propia. La razón de buena parte de la oposición al Tratado, por unos y por otros, es la cantidad de puestos de trabajo americanos perdidos por la deslocalización, lo que ha generado asimismo la irrupción de corrientes antiglobalización en Estados Unidos.

En cualquier caso, la actitud de la nueva presidencia será clave para determinar el futuro de los grandes acuerdos comerciales, que aspiran, en teoría, a superar el bloqueo actual de la Organización Mundial del Comercio. No hay que olvidar que tras el TPP le llega el turno al Tratado con la Unión Europea, el famoso TTIP, que tanto revuelo está causando también en este lado del Atlántico. Pero además de ser decisivos en términos económicos y comerciales, el resultado final de estos procesos será también geopolítico, y marcará, en buena medida, las relaciones con terceros países y la propia política exterior norteamericana.

Y por último, pero no menos importante, un tema muy ligado al anterior: qué tipo de orden global quiere promover Hillary Clinton. Mucho se ha hablado de cómo Obama se ha dedicado a gestionar lo mejor que ha podido el declive americano, aunque como legado va a dejar hitos tan significativos como el acuerdo nuclear con Irán -del que Clinton fue una pieza fundamental- y la normalización de relaciones con Cuba. Habiendo sido secretaria de Estado, ¿habrá una política exterior continuista? ¿Seguirá apostando la nueva presidenta por el multilateralismo como el mejor modo de manejar ese orden global cambiante? ¿Y cómo abordará el desafío de un continente asiático -de China, sobre todo- cada vez más poderoso económica y militarmente?

Son solo cinco puntos de los muchos que conforman una presidencia, pero de cómo se aborden y de cómo se resuelvan dependerá, en buena medida, el mundo que tendremos dentro de cuatro años. Al tiempo.

Nota final: es obvio que estos cinco puntos serían igual de válidos en el caso de que (Dios no lo quiera) finalmente venza Donald Trump, aunque las perspectivas en cada uno de ellos variarían enormemente. Con las pistas que ya ha dado, las posibilidades de iniciar el fin de la polarización se verían reducidas a cero; el proteccionismo inundaría la política comercial y exterior; y las mujeres... tendrían que soportar como su principal representante a un hombre que, según sus propias palabras, las considera poco menos que un objeto de usar y tirar. Esperemos, de verdad, que esta vez las encuestas no fallen estrepitosamente.