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Capillas en la universidad

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Pasada ya la campaña electoral, retomo un tema discutible, discutido y, en ocasiones, polémico hasta el punto de enrarecer el ambiente y dificultar el diálogo. Me refiero a la presencia de capillas o espacios religiosos en la universidad pública. El asunto se ha agravado últimamente, pasando de las palabras a ciertas acciones que se acercan peligrosamente a la amenaza, la coacción y la falta de respeto. Como ya he hecho en otras ocasiones, por ejemplo a propósito del caso Rita Maestre, no quiero politizar el asunto partidistamente, sino invitar a una deliberación racional. Ofrezco a continuación un argumento secuenciado en tres puntos, con dos conclusiones parciales y una propuesta final.

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Capilla del Massachusetts Institute of Technology (MIT). Obra de Eero Saarinen. Fotografía de Madcoverboy/Wikipedia

Lo primero es reconocer que, aunque en España nos resulte extraño y a muchas voces laicistas les moleste, las mejores universidades del mundo ofrecen servicios religiosos dentro del campus. Esto es un hecho bastante universal. No voy a fijarme en las universidades privadas, del tipo Harvard o el MIT en Cambridge, Massachusetts o Princeton en New Jersey (que, ¡oh, casualidad!, tienen una fundación cristiana y, evidentemente, ofrecen servicio religioso). Me fijo, más bien, en las universidades públicas. De entre las mejores del mundo, selecciono unas pocas, con criterios de variedad geográfica y cultural. En Estados Unidos, tenemos, por ejemplo, la Universidad de California en Los Angeles (la famosa UCLA) o la Universidad de Wisconsin en Madison. Ambas tienen capillas y espacios religiosos dentro del campus, y ofrecen una amplia gama de actividades religiosas.

Vamos con Europa. De entre las universidades inglesas me fijo en la de Cambridge, con su parroquia anglicana universitaria. La Universidad de Heildelberg es una de las más antiguas y prestigiosas de Alemania. Tiene ocho grupos religiosos organizados, incluyendo, por ejemplo, el Centro Católico Universitario o el grupo musulmán. Vamos con Paris que, por supuesto, representa la tradición laica y republicana como modelo de Estado y, en concreto, en el terreno educativo. Pues también aquí encontramos una presencia tan significativa como la Capilla de la Sorbona. A modo de curiosidad, recuerdo que hay un único español como rector de una universidad pública en Estados Unidos, concretamente Ángel Cabrera en la Universidad George Masson de Virginia. Y, vaya por Dios, también en esa universidad hay servicio religioso dentro del campus.

Primera conclusión provisional: mirando la realidad del mundo, no parece que haya problema en la presencia de capillas y servicios religiosos en la universidad pública. Tampoco parece que ello dificulte la calidad universitaria. No hay oposición entre la creencia religiosa y el desarrollo científico. No hay intromisión de un campo en el otro. No se coarta ninguna libertad, más bien al contrario. A quienes identifican religión con oscurantismo y piensan que si hay religión en la universidad, ésta será un espacio pueblerino, les recomiendo que comparen su propia universidad con Harvard, MIT, Berkeley, Heildelberg o Cambridge antes de seguir hablando.

Vamos, pues, con el segundo punto: la presencia de capillas católicas en la universidad española. Porque aquí el asunto es algo diferente. Se trata de capillas confesionales de una única religión. Esto puede tener una explicación histórica más o menos convincente, aunque, muy probablemente, el pluralismo actual requiera cambios y adaptación. Adviértase, sin embargo, que el asunto no empieza con el nacional-catolicismo franquista, sino que viene de más atrás, cuando a partir del siglo XIX se decidió dejar la teología fuera de la universidad civil. Cualificados observadores han señalado el empobrecimiento que este hecho ha supuesto, tanto para la Iglesia como para la Universidad españolas.

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La capilla de la Universidad Autónoma de Madrid tras el ataque del 15 de junio de 2016. Foto via Twitter de @MartaPastor

Los tímidos intentos realizados (como algunos cursos de verano en la Complutense o en la Menéndez Pelayo o la cátedra de Teología en la Universidad Civil de Granada) son todavía frágiles, limitados y, en ocasiones, vistos con sospecha. Hay que decir, por otro lado, que el número de capillas en las universidades madrileñas supone una situación excepcional, incluso dentro de la realidad española, pues de las 33 capillas universitarias, 16 se encuentran entre la Complutense, Politécnica, Autónoma y Rey Juan Carlos de Madrid.

La segunda conclusión provisional sería ésta: no parece imprescindible que haya capillas católicas en la universidad pública. Quizá no sea necesario que haya una capilla en cada facultad. Y, muy probablemente, no es la mejor idea que solo haya servicio religioso católico. Además, es bueno distinguir entre el servicio religioso a la comunidad universitaria y el estudio científico de la religión, que no puede ceñirse a la teología pero que tampoco puede obviarla.

A partir de estas dos conclusiones, puedo ya formular mi propuesta final. Es posible y, en mi opinión es positivo, que haya espacios religiosos en la universidad. En un tiempo en el que la universidad corre el riesgo de quedar dominada por los intereses mercantiles (sobra la filosofía y sobra también la teología), es necesario incorporar saberes como la teología, que va más allá del pragmatismo, y dimensiones de la vida que evitan el pensamiento único, reivindican la mirada utópica, superan la tecnocracia y alimentan las visiones holísticas. A todo ello contribuye la dimensión espiritual de la vida, que debe entrar en diálogo fecundo con la ciencia universitaria. En parte, además, porque numerosos investigadores, docentes y alumnos universitarios son también creyentes y tienen una dimensión espiritual. No conviene escindir la vida en compartimentos estancos.

Otra cosa es si esos espacios deben ser confesionales, interconfesionales o no-confesionales (probablemente necesitemos de todo). Es claro que deben impulsar el diálogo y el debate crítico. Creo que puede haber cesión de espacios públicos para usos religiosos, como para otras muchas actividades estudiantiles que van más allá de lo estrictamente académico: así como en resto de la sociedad, cuanto más plural sea la vida universitaria, más rica será. Por supuesto, una cuestión diferente se refiera a si debe haber capellanes de una determinada confesión y, en tal caso, quién los paga. Pero nada de eso debe bloquear la deliberación de un tema profundo y relevante. No vaya a ser que al final tiremos al niño con el agua sucia. Que, por miedo al fantasma de un nacional-catolicismo hoy inexistente o residual (agua sucia), perdamos la legítima y emancipadora contribución de las religiones al mundo universitario (el niño).