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Washington, Teherán y la llegada de Donald Trump

13/12/2016 07:23 CET | Actualizado 12/01/2017 12:03 CET

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Foto del presidente de Irán, Hassan Rouhani (en el centro) a su llegada al Parlamento iraní/EFE

El 13 de enero de 2016, pocos días antes de la implementación del pacto nuclear alcanzado el julio anterior, los Guardianes de la Revolución anunciaban la liberación de los diez marines estadounidenses apresados por su entrada accidental en aguas territoriales iraníes. La decisión se tomaba en apenas 24 horas y tras el establecimiento de comunicaciones directas entre el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, y su homólogo iraní, Mohamad Yavad Zarif. Así, un incidente que podría haberse convertido en una verdadera crisis militar para ambas partes se resolvió de manera pacífica y eficaz.

Esto supuso la prueba definitiva de que, tras más de tres décadas de pésimas relaciones, algo había cambiado entre EEUU e Irán y que las consecuencias del acuerdo iban más allá del fin de las sanciones o del control de la capacidad sobre la proliferación nuclear iraní. La llegada de las negociaciones nucleares en 2013 y la puesta en marcha del Plan de Acción Conjunto y Completo (JCPOA por sus siglas en inglés), con John Kerry representando los intereses norteamericanos, había dado un enorme giro a esta situación, cambiando no solo los vínculos entre persas y estadounidenses -los cuales establecieron un cable de comunicación directa-, sino también los equilibrios de poder en todo Oriente Próximo.

Con todo ello, el JCPOA se manifestaba no solo como un pacto sobre seguridad nuclear, sino como parte de una nueva estrategia de EEUU en su acercamiento a la región MENA con el propósito de crear un nuevo balance poder que permita a EEUU actuar más como moderador y menos como interventor en la región sin abandonar sus intereses estratégicos claves y permitiéndole a la vez alejarse y volcar sus esfuerzos diplomáticos, económicos y militares en otras áreas geoestratégicas prioritarias, en especial en el área del Pacífico. Aunque a lo largo de las negociaciones Obama remarcaba las diferencias aún existentes entre ambas partes -especialmente en cuanto a temas de promoción del terrorismo y derechos humanos- y el ayatolá Jamenei continuaba con el discurso violento hacia los estadounidenses, ambas partes se daban cuenta de la existencia de intereses compartidos. Con los movimientos suníes radicales, principalmente el Daesh y Al Qaeda y sus filiales como común enemigo y con la resolución de la guerra civil siria como prioridad -a pesar de diferir en el cómo-, el acercamiento entre Teherán y Washington era inevitable.

Los beneficios estratégicos que obtiene Washington del tratado con Irán son enormes.

No obstante, las reacciones opuestas a este cambio de posturas no se hicieron esperar, y la entrada de Trump en la Casa Blanca ha activado las alarmas de todos los firmantes. Trump fue desde el principio un ferviente opositor al pacto con Teherán, aunque su postura a lo largo de la campaña que le ha dado la victoria no ha sido clara, oscilando entre la necesidad de anularlo por completo y la de añadir ciertas enmiendas para asegurar que los iraníes se ciñan al acuerdo y cumplan los compromisos.

Por otra parte, a escala regional, las élites suníes del golfo Pérsico, con Arabia Saudí a la cabeza, no ven con buenos ojos las posturas blandas con respecto a los iraníes y han hecho todo lo posible por remarcar su antagonismo para con la nación chií. En definitiva, los saudíes y allegados consideran que la marcha estadounidense de la región significan la existencia de un vacío de poder que debe ser llenado y la desaparición del statu quo reinante hasta el momento. Por ello, y para evitar la toma de ese vacío por Teherán y sus aliados, los Saud han capitaneado una intervención en Yemen y han apoyando directamente a los grupos suníes radicales que luchan contra Al Assad en Siria e incluso al Daesh.

Por su parte, al presidente iraní Rouhani, su estrategia le le ha reportado unos enormes beneficios políticos y económicos, pues ha conseguido sacar a Irán casi al 100% de décadas de sanciones apostando por un acercamiento menos belicista que los conservadores, más cercanos al ayatolá Jamenei, para los cuales EEUU sigue siendo "el gran Satán".

En el otro lado de la ecuación, aunque la apuesta de Obama por un Oriente Próximo más equilibrado y menos incendiario incluía a Irán como socio, la postura del nuevo ocupante del Despacho Oval es bien diferente. Sin embargo, lo más probable es que Trump se limite a enmendar el pacto para reforzar su posición frente a Teherán y no a anularlo por completo. Con ello, buscaría el refuerzo de los mecanismos de vigilancia y monitoreo de las actividades del régimen iraní.

Los beneficios estratégicos que obtiene Washington del tratado son enormes, y su naturaleza multilateral -que implica también a China, Francia, Alemania, Rusia y Reino Unido- haría que continuara vigente a pesar de la retirada de los estadounidenses. Ninguno de los actores implicados tiene ningún interés en dar la espalda a los suculentos recursos y posibilidades del mercado iraní, con lo que volver a las sanciones de manera unilateral solo llevaría al nuevo Gobierno estadounidense a enfrentarse a disputas comerciales con terceros, en las cuales las más perjudicadas serían sus propias empresas.

En definitiva, aunque el acercamiento hacia Irán podría ser más hostil, en cierto modo regresando a la idea del "eje del mal", si el Gobierno de Trump se inclina por el pragmatismo, habrá más continuismo con la era Obama del que aparenta, una postura que cuenta además con el apoyo de potencias internacionales como China, Rusia, los aliados europeos, Japón o Corea. Tras más de tres décadas de incomunicación, el camino hasta la plena confianza es aún largo. De la nueva Administración dependerá seguir una línea continuista, diversificando las vías de comunicación y cooperación con Teherán, u optar por la vía tradicional, que ya ha demostrado no poder resolver los conflictos en Oriente Próximo.

El autor forma parte del grupo El orden Mundial

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