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Lo que aprendí trabajando en un club de 'striptease'

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STRIP CLUB
John Davis via Getty Images
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Empecé a trabajar en el club de striptease como camarera. La entrevista de trabajo tuvo lugar en la oficina del gerente, que estaba abarrotada y situada en la última planta de un club del centro de la ciudad. El gerente me miró y llamó al gerente de otro club para decirle: "Tengo a una chica preciosa que en nada estará bailando para ti".

Ese es el objetivo de todos los clubs: encontrar a más bailarinas para que vayan más clientes que les den más dinero. Para conseguirlo, contratan a chicas guapas, las visten con lencería, les piden que trabajen ocho horas al día de pie a cambio de un salario mínimo mientras las mujeres de su alrededor ganan miles de euros cada noche. Todo para que esas camareras acaben diciendo que su trabajo no merece la pena y empiecen a bailar.

Sí, has supuesto bien, esta estrategia tiene éxito la mayoría de las veces.

No voy a mentir, era muy tentador. Cada noche, la mayor parte de las mujeres parecían disfrutar y divertirse a la vez que ganaban una pequeña fortuna. Trabajé en un club de alterne y estaba dispuesta a ir prácticamente desnuda porque, en ese momento, era prácticamente pobre.

La empresa start up para la que trabajaba echó el cierre, trabajaba en una oficina a tiempo parcial en la que no cobraba suficiente ni para comprar champú y vivía en una ciudad enorme donde el precio del alquiler estaba por las nubes. Ser camarera de un club de striptease era un trabajo fácil, tenía el tiempo suficiente como para trabajar de otra cosa y no requería la perfección de un trabajo normal de camarera, porque no es muy difícil llevar bebidas a hombres a los que les da exactamente igual lo que van a beber. Ver cómo otras personas se llevaban cientos o miles de dólares después de haber trabajado unas pocas horas era muy tentador.

Aunque era demasiado consciente de mí misma y no estaba tan satisfecha con mi cuerpo como para desnudarme y enseñarlo en un escenario. En vez de hacer eso, me esforcé en mi trabajo hasta que el gerente se dio cuenta de que era responsable y me puso a trabajar detrás de la barra. Trabajaba unas pocas horas más, pero ya no tenía que pasearme por todo el local, me podía esconder detrás de la barra, donde nadie me miraba el culo, y, lo más importante, podía observar a los demás.

Y a eso me dediqué.

Cuando no estaba sirviendo champán o cócteles, me apoyaba en la barra y observaba a esas preciosas mujeres que utilizaban su sexualidad para alimentar el placer de otros. Y veía cómo los hombres se quedaban embelesados.

Aprendí que el estigma que rodea a la sexualidad femenina es lo que garantiza el éxito de negocios como estos. Aprendí que la sociedad es culpable de que muchas mujeres se avergüencen de su cuerpo y crean que son unas putas si les gusta su físico.

Pude ver cómo un hombre casado vino cinco días en una semana y cómo se gastó 2000 dólares (unos 1800 euros) cada noche en una sola mujer. Era su favorita y no le importaba esperar, rechazaba bailes de otras hasta que su preferida estaba disponible. Bailaba un par de veces para él, pero el resto de la noche se sentaba encima de él y hablaban. Es lo único que hacían. Hablar. Cada vez que las luces del escenario se movían, su anillo y su sonrisa brillaban, no se perdía una palabra de lo que le decía esta chica. Lo más probable es que se sintiera solo, triste y que gastarse ese dineral para conseguir una pequeña parte del tiempo y de la atención de una extraña le hacía sentir mejor. Parte de mí pensaba que era viudo. Otra parte, la más pesimista, pensaba que llevaba casado 30 años y que ya no estaba enamorado, pero que estaba demasiado cansado como para enfrentarse a ello.

Pude ver cómo entraban chicos jóvenes y se dedicaban a tirar billetes, como si imitaran algún videoclip de rap que habrían visto al menos 20 veces. Solían venir con muchos amigos, todos muy ruidosos, y no tenían ningún reparo en dar propinas de 20, 50 o incluso 100 dólares a cada chica que veían.

Durante esas horas que se pasaban en el club, parecían chicos ricos, poderosos y felices. Pero yo seguí fijándome en ellos a medida que sus amigos se empezaban a ir, uno por uno. Observaba el atisbo de tristeza que aparecía en sus rostros cuando pagaban la última cuenta, porque sabían tan bien como yo que el espejismo estaba terminando.

Entonces, salía el sol y la oscuridad no podría esconder su sensación de vacío o de inseguridad o lo que fuera que intentaban ocultar con tanto ahínco. Estos chicos me hacían enfadarme y entristecerme. Me daban lástima porque habían caído en ese tipo de masculinidad y ahora eran sus esclavos. Pero me enfadaba que pensaran que estaba bien utilizar el dinero y a las mujeres para sentirse mejor.

Pude ver que había hombres que se sentían fuera de lugar y cómo sus amigos alborotadores les presionaban. Estaba claro que no querían estar en el club, no encajaban en ese entorno, pero, por desgracia, se veían obligados a quedarse. Si decían algo a los amigos que les habían arrastrado hasta el club, les llamaban "maricas", "gais" o ambas cosas, por lo que fingían una sonrisa, intentaban reírse y lo llevaban todo lo mejor que podían.

Pude ver a hombres enfadados que sentían la necesidad de saciar sus frustraciones sexuales o los rechazos que habían experimentado con mujeres que a las que consideraban inferiores. Normalmente, se echaba a estos hombre del club antes de que acabara la noche, y por una buena razón.

Pude ver que había mujeres que amaban su trabajo y lo consideraban una manera de expresar su belleza, su amor propio y su sexualidad. Pude ver que otras mujeres se dedicaban a esto porque estaban completamente convencidas de que era lo único que se les daba bien. Su autoestima estaba ligada a su cuerpo y a la habilidad que tenían para usarlo.

También, y por desgracia, pude ver que unas pocas mujeres trabajaban en el club para sobrevivir y poder comprar drogas o alcohol. Estas últimas son en las que más pienso y todavía tengo esperanza en ellas, aunque era dolorosamente obvio que ellas ya no tenían esperanza en sí mismas.

Noche tras noche, hasta que me aseguré un trabajo con un sueldo decente y dejé el club para siempre, pude ver a personas interactuar de formas ridículas pero naturales. He aprendido mucho sobre los hombres y las mujeres y sobre el poder que tiene mi cuerpo (o el que tendría si me gustara). He aprendido a mover el culo mucho antes de que lo hiciera Miley Cyrus. He aprendido que, si arqueo la espalda de una manera concreta, parece que tengo el vientre más plano. He aprendido que la luz lo es todo. He aprendido a parar una pelea sin tener que usar la fuerza. He aprendido a piropear a una mujer sin hablar de su aspecto. He aprendido a esconder el consumo de drogas ilícitas. He aprendido a rechazar una proposición de una manera seductora. He aprendido cosas sobre el sexo, sobre el amor y sobre cómo para algunos pueden ir unidos y para otros, separados. He aprendido sobre la recuperación y la determinación. Y he aprendido muchísimo sobre el dinero.

Pero, sobre todo, aprendí que el estigma que rodea a la sexualidad femenina es lo que asegura que negocios como los clubs de striptease sigan teniendo éxito. He aprendido que la sociedad ha hecho que parte de las mujeres tengan una visión negativa sobre su sexualidad, que se avergüencen de sus cuerpos y que crean que son unas putas si les gusta su cuerpo solo para que haya quienes puedan beneficiarse de ello. He aprendido que el encanto de los clubs de striptease no reside en las mujeres desnudas o en los bailes, sino en la sensación palpable de ser partícipe del secretismo del tabú. Gran parte de la experiencia se basa en la idea de que es excitante porque está mal, y que las mujeres son malas porque son excitantes.

He aprendido que el poder de una mujer no está ligado a la forma de su cuerpo ni a su desnudez ni a su atractivo. Su poder va ligado a ser ella misma, sin reparos, y a que su actitud denote orgullo en vez de vergüenza.

He aprendido que una mujer no tiene más poder cuando convence a un hombre de que es guapa, sino cuando se convence a sí misma.

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros

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