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Enamorado James Bond

14/11/2015 08:51 CET | Actualizado 14/11/2016 11:12 CET
GTRESONLINE

En mitad de la frialdad tecnológica de este mundo digital, gris y afilado, que nos hemos construido en el teléfono para no permanecer demasiado tiempo junto a la misma persona, emerge de Spectre el último héroe romántico: es intenso, muy intenso; viaja en exceso, bebe demasiado Martini con vodka agitado, no mezclado, y ama en demasía luciendo las cicatrices de sus caídas. Molesta a muchos, en definitiva, porque es un insolente donjuán al estilo clásico.

James Bond ya sabe que somos nuestro nombre, que nos decantamos en él, y que solo se adecenta y cobra sentido cuando ella lo pronuncia, encontrándole su alma escondida a un hombre endurecido por la lucha: "James, te quiero", le han dicho cientos de veces. Una licencia para matar muy vivida, bien vivida, dolorosamente vivida, es poema de la memoria, un carnet lírico cuyas páginas han ido sellando su titular de reveses metafísicos. Cada vez que lo abre, James Bond exhuma su historia, el oro molido del recuerdo y la prosa diaria con que escribe sus misiones secretas al servicio de Su Majestad, la Reina Madre -que bien se conserva en ginebra-, convirtiendo la vida en crudo en un arte. Ahora ha transmutado el dolor en amor; en el interior del vagón restaurante que cruza veloz el Oriente Medio, Madeleine Swann le dice:

- No me mires así.

- Pues no me deslumbres así.

Contesta audaz, con un disparo verbal. Se ha desatado un vendaval de amor y James ve pasar ante sí varios momentos en la sucesión del tiempo de este apretado vivir. Cómo te comprendemos, Doble Cero. Antes, Madeleine corría por la nieve, en Austria, con el cabello dorado y revuelto y el semblante arrebolado. Bond continuó mirándola, como hipnotizado, mientras experimentaba la misma sensación que ella mientras se congregaba el frío en torno a sus mejillas, cada vez más rojas. Deseaba besarlas. Días después, haciendo acopio de fuerzas, atravesó la vieja sede del MI6 y la buscó, porque sabía que ambos estaban a punto de morir, aunque el mañana nunca muere del todo. Madeleine estaba atada y amordazada: cuando se vieron, se limitaron a sonreír con gesto fatigado.

- Tendrás que confiar en mí.

Bond la contempla con arrobo, siempre con el semblante tranquilo aunque el suelo ceda bajo sus pies y acaben, abrazados, varios pisos más abajo, cubiertos de escombros. La ha encontrado y ambos se acarician con la mirada. Sin duda, Madeleine es su primer amor verdadero, como nos ocurrió a nosotros, que también tuvimos el nuestro después de unos cuantos tropiezos, aunque también se fue, verdadero y todo, cortado con un serrucho torpe, porque todo es efímero y caedizo. Tal vez demasiado como para no salir herido de gravedad.

El ser del amor es esa aristocracia suficiente: nos viste en la sastrería de los sentimientos razonablemente irracionales y luego nos quita la ropa y nos deja tiritando de frío. Bond ha venido al mundo a buscar, de la forma más violenta, esa poesía de las cosas, dejándonos la persuasión del regalo de pasión que es la vida para que luchemos contra el segundero del tiempo. James Bond tiene sed de libertad, de amor, de justicia, de deseos de combatir al alevoso y desarmar al prepotente.

La subtrama de Spectre nos muestra un intento de desmantelamiento de la genuina organización de los míticos agentes británicos por parte de un organismo internacional de seguridad cuyo máximo responsable es un mediocre burócrata que parece escapado de una multinacional, dispuesto a hacer recortes en la plantilla, comenzando precisamente -suele ser así- por los espías más valiosos, por los héroes.

Tras correr disparando por los altos aleros, de México a Tánger, pasando por Roma, James Bond contempla en una habitación de L'Américaine a su protegida mientras está tendida sobre la cama: ve las estrellas a través de la celosía y sabe que es el momento de la felicidad perfecta. Bond y Madeleine se emocionan al contemplarse y saben que pulsan un teclado histórico, pero haciendo nueva música: antes, todo lo han tenido y todo lo han perdido. Se asombran de sentir tanto por tan peligrosos caminos: apenas acaban de levantarse del suelo cuando, derrotado el villano, hacen el amor sin tregua, desaforadamente, en un compartimento del tren, hasta que amanece.

Poco antes, en las umbrías calles de Tánger, Bond puede abrazar a Madeleine por el talle, besarla y jugar con la esbeltez de su cuerpo, deslizar la yema de su índice sobre la seda pecosa de su nariz, acaso, piensa James, la parte más erotizante de una mujer. Él, que parecía curado de romanticismos, ve cómo ella le salva la vida, simplemente apretando el gatillo del amor.

A Bond acaso lo resucitaron las lágrimas de Madeleine: él le había traído a la memoria el recuerdo de su padre. En la silla de cirujano, antes de morir a manos de Blofeld, a ella le da tiempo a susurrarle al oído "Te quiero" y a cubrirle el rostro de besos. Entonces, en el umbral de la muerte, aherrojado de pies y manos, Bond comprende el amor, mientras los rayos del sol se filtran a través de los cristales, abriéndose paso con su polen de oro entre sus labios y los de Madeleine. Bond emerge de la muerte aureolado de un sentimiento radiante, entre el zumbido ensordecedor del torno mortal agudiza el oído y oye repetir su nombre: eran su voz, su acento francés y después sus ojos, que no paraban de mirarlo. Y algo más fuerte que él le determinó a continuar viviendo.

Madeleine es capaz incluso de refutar las más arraigadas convicciones del agente secreto: "Creo que te equivocas: siempre podemos elegir". Entonces Bond, que acaba de llegar del laberinto, dando un rodeo por el mundo y por el túnel de los golpes, pistola en mano, se detiene a contemplar a su amada mientras comprende, por fin, que atrás queda la fiesta triste y negra de las femmes fatales, los tiroteos y el luto, el túmulo del amigo Félix, espectros que se disuelven ahora, lentos, entre las sombras del pasado. Bond descubrió con ellos la muerte: la conoció muy de cerca y aprendió su nombre. Ahora es el tiempo del color y el calor de la mano de Madeleine. Él, enamorado James Bond, la estrecha con la suya y se refugian en la noche de Londres hasta perderse en la proclama alta, joven, íntima y entrañada del amor.

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