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De Ferguson a Thomas Jefferson

14/09/2014 09:56 CEST | Actualizado 13/11/2014 11:12 CET

Hemos leído, visto y oído casi todo acerca de la muerte sin piedad de un joven negro a manos de un policía blanco. Fotos y vídeos nos han mostrado a la policía paramilitar (SWAT) actuar en Ferguson como en Bagdad, encañonando con apabullantes armas a pacíficos manifestantes, que tan sólo exhibían su indignación ante una agresión sin sentido, y circulando en vehículos acorazados como si estuvieran en Faluya. Sólo faltaban las invocaciones a "Alá es grande". Hemos oído a Obama llamando a la calma, pero también al primo del joven muerto: "Ojalá le hagan caso, pero los primeros que tienen que calmarse son los policías".

Y sin embargo es prácticamente imposible que haya calma en las relaciones interraciales en los EEUU. No la ha habido, no ya desde la guerra civil (1861-65) sino desde la propia independencia (1776) y la guerra revolucionaria de los patriotas yanquis (blancos) contra el rey inglés, Jorge III. Sabido es que los denominados padres fundadores lideraron la revuelta, redactaron y proclamaron la Declaración de Independencia (que todos los escolares leen), impulsaron la batalla contra el monarca británico y coordinaron la acción de las 13 colonias que llegarían a convertirse en los Estados Unidos de América. El historiador Richard Morris categorizó en 1973 a los siete padres clave: Adams, Franklin, Hamilton, Jay, Jefferson, Madison y Washington (todos ellos con calles a su nombre en casi todas las poblaciones norteamericanas).

Es, no obstante, Thomas Jefferson, quien concita mi atención a propósito de las relaciones entre razas. Jefferson redactó el borrador de la Declaración de Independencia, pero el que llegaría a ser tercer presidente de la Unión se servía de una doble vara de medir, según actuara como padre o como propietario de tierras donde trabajaban centenares de esclavos negros. Este Jefferson consideraba la esclavitud institución jurídica que definía a los negros como propiedad privada bajo autoridad de los blancos. Si bien tras la guerra civil la esclavitud fue abolida como institución, las leyes y los funcionarios que las imponían continuaron manteniendo a las gentes de color en posición inferior. Hasta hoy.

Las manifestaciones de Jefferson -en su calidad de activo padre fundador, redactor del proyecto independentista y firme emancipador (de blancos) de la tiranía del rey Jorge- son abismalmente diferentes de su realidad como terrateniente algodonero. No sólo en el borrador inicial del documento independentista definía la esclavitud como "guerra cruel contra la naturaleza humana, que viola los sagrados derechos a la vida y la libertad", sino que firmó, con el resto de padres, la definitiva Declaración de Independencia, cuyo segundo párrafo dice textualmente: "Sostenemos que las siguientes verdades son evidentes de por sí: que todos los hombres son creados iguales, dotados por su Creador con determinados derechos inalienables, entre ellos el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".

Tan obviamente sangrante era la contradicción que el abolicionista inglés Thomas Day escribía en 1776: "No hay nada más ridículo que un patriota americano firme con una mano una declaración de independencia y con la otra sacuda a sus esclavos con un látigo". Si bien Jefferson apoyaba una cierta política emancipatoria (aunque él sólo liberó a unos pocos de sus centenares de esclavos), creía que los liberados habrían de salir de Virginia (esto es, de los incipientes Estados Unidos de América) no sólo por la patente hostilidad entre blancos y negros, sino también a causa de las importantes diferencias que percibía entre ambas razas. Y no albergaba duda alguna sobre que la blanca era superior. Jefferson plasmó su genuino pensamiento en el único libro que publicó (Notas sobre el Estado de Virginia). Notas inundadas de sangrantes tópicos y ridículas afirmaciones. Baste como muestra este botón: "En lo que a la racionalidad se refiere, son mucho más inferiores que los blancos. Un negro apenas sería capaz de seguir y comprender las investigaciones de Euclides. Me temo que -bien porque originalmente fueran una raza distinta o porque devinieran diferentes a causa del tiempo y las circunstancias- los negros son inferiores a los blancos".

Los escolares norteamericanos saben mucho de la Declaración de Independencia, de la guerra contra el rey Jorge, probablemente también de los Federalist Papers (los escritos por Alexander Hamilton, James Madison y John Jay a favor de la ratificación de la Constitución de los nuevos Estados Unidos), pero dudo que se les explique con similar intensidad el doble rasero del padre fundador Thomas Jefferson. Mientras no se detraiga del gigantesco presupuesto otorgado a la defensa de los EEUU una parte sustancial destinada a poner fin a la guerra de razas, habrá Fergusons cada dos por tres.

Habrá protestas multitudinarias en calles, plazas y ante instituciones públicas y habrá proclamas llamando a la resistencia, la misma de hace muchos años. Se seguirá publicando en la prensa, como se ha hecho estos días, soflamas como esta: "Sois los mismos que creasteis este maldito sistema racista sirviéndoos de vuestro poder y privilegios para institucionalizar la supremacía blanca. Usad ahora ese mismo poder que seguís teniendo para desmantelarlo". Y se continuarán publicando entrañables reivindicaciones de la negritud, como esta: "Ser negro, para mí, es ser consciente del color oscuro de mi piel, rememorar las plantaciones de algodón, los himnos, los cánticos y la suavidad de una mano color de nuez que acaricia mi mejilla. Recordar la seguridad sentida ante la presencia de otra persona de color y la intrínseca alegría que se apodera de mí al entrar en una sala llena de negros. Pero es también la carga del permanente racismo vivido a diario, que me obliga a tragarme mi ira y mi orgullo para que pueda enseñar a mi hijo lo que significa ser negro y el peligro que supone andar por la calle". Obama, primer presidente negro de los Estados Unidos de América: actúa.

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