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Islas nada aisladas: la Canarias multicultural, híbrida y transnacional

30/08/2017 07:20 CEST | Actualizado 30/08/2017 07:20 CEST

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Aunque los términos multiculturalidad, hibridismo y transnacionalismo han entrado en el discurso intelectual y político español en los últimos años, no dejan de ser vistos como una novedad importada que no acaba de reflejar la realidad monocultural y monoétnica de España. La excepción quizás sea la semi-legendaria convivencia de las tres religiones del libro (cristinianismo, islam y judaísmo) en la Iberia medieval y, en tiempos más recientes, la visible diversidad de las grandes ciudades españolas resultante del boom migratorio de principios del siglo XXI. En armonía con ese discurso, en Canarias, muchos en mi generación crecimos con un discurso igualmente monolítico. Para el nacionalismo español, el discurso obviamente dominante, los canarios éramos unos españoles más, descendientes todos de peninsulares arribados a estas latitudes. Frente a esta narrativa surge en los años setenta una contra-narrativa nacionalista canaria que nos imagina a todos como indígenas, tan alejada de la realidad histórica como la visión del canario como un mero criollo, un castellano tropicalizado. La lucha entre estas dos visiones, españoles vs. guanches, ignora a todos los otros pueblos, tanto europeos como africanos que conformaron la multicultural y mestiza sociedad canaria.

Para empezar, la visión del Estado español como un continuo monoétnico y monocultural que se extiende desde 1492 hasta finales del siglo XX, y que comparte una historia común que se remonta a los primeros siglos de nuestra era, ignora territorios como Canarias, Ceuta o Melilla, que tienen una historia radicalmente diferente y marcadamente colonial. Me centraré por ahora en Canarias, mi tierra natal y ancestral, cuyo caso conozco mejor que el de las dos ciudades autónomas. El archipiélago canario entra en la historia de España más bien tarde, sólo a finales del siglo XV, y de una forma muy similar a la de los territorios de la otrora llamada América española. En las Islas no hubo romanización ni islamización y el cristianismo llegó de mano del proceso colonizador, aunque, al igual que en América, la Iglesia a veces operó como freno a las políticas esclavistas, genocidas y etnocidas del imperio –y otras como fiel aliada-.

A la vez que en la Iberia post-islámica empieza a formarse una identidad monocultural y monoétnica basada en el cristianismo y la monarquía hispánica, en Canarias, a principios del siglo XVI estalla una sociedad multicultural y mestiza. A diferencia de otros territorios macaronésicos, y al igual que América, las Canarias estaban habitadas, llevaban habitadas de hecho entre 1000 y 2000 años antes de las invasiones europeas (1402-1496). Las diferentes poblaciones indígenas del archipiélago tenían lenguas diferentes (guanche, awara, bimbache, canario, gomero y maho) pero tenían una matriz común en las culturas proto-bereberes del norte de África que no habían entrado en contacto con el islam ni los árabes y que tenían marginales influencias romanas y cristianas. A diferencia de lo que nos contaban de pequeños en la escuela o en la familia, los indígenas canarios no se extinguieron ni fueron todos esclavizados o aniquilados.

Nada más alejado de la realidad que la imagen del canario como peninsular transterrado que nos vendía el discurso oficial o de la burguesía guanche de la que pontificaba Antonio Cubillo.

A lo largo del siglo XVI encontramos muchas referencias a comunidades guanches (indígenas de Tenerife), gomeras (indígenas de La Gomera) o canarias (indígenas de Gran Canaria) viviendo juntos en diferentes islas, a menudo en aquellas de la que no eran originarios. La lengua guanche se habló en partes de Tenerife hasta finales del siglo XVII y elementos de la forma de comunicación indígena, tales como el silbo, se han preservado en La Gomera hasta nuestros días. Estudios tanto genéticos como genealógicos demuestran que, si bien la cultura indígena se invisibilizó, en gran medida como estrategia de supervivencia y acomodación al poder colonial, la población ni mucho menos desapareció.

Tampoco fueron españoles todos los europeos que aquí se asentaron. Junto con los colonos castellanos llegaron muchísimos portugueses, que, por ejemplo, en las islas de Tenerife y La Palma superaban a los castellanos en número en el siglo XVI. Asimismo, no podemos olvidar que la conquista de islas como Lanzarote, Fuerteventura, La Gomera o El Hierro fue acometida a principios del siglo XV por señores feudales normandos, bajo patronazgo castellano, que procedieron a establecerse y mezclarse con la población indígena, sobre todo en las islas orientales. No fueron pocos tampoco los flamencos y genoveses que se establecieron en las islas, estos últimos, muchos de origen judío, buscando refugio de las persecuciones que asolaron la España peninsular; en Canarias, la Inquisición siempre fue más laxa, frenada tanto por el carácter montañoso y fragmentado del territorio insular como por pequeñas rebeliones populares que obstaculizaron y moderaron su labor.

Pero tampoco podemos olvidarnos de otras dos comunidades africanas no indígenas, los negros y moriscos. Los primeros fueron secuestrados en las costas del África occidental y traídos a las islas como esclavos, poco después de que los indígenas canarios obtuvieran limpieza de sangre, o el estatus de ser considerados cristianos viejos, y por tanto sujetos no esclavizables, por las autoridades españolas. La presencia de este grupo africano y sus descendientes, muchos de ellos libertos, se estima en un promedio del 10% (el mismo que la población negra de Estados Unidos hoy en día) del total de la población canaria entre los siglos XVI y XIX. Al ser el grupo más visiblemente diferente, tanto indígenas como moriscos tenían piel clara y facciones mediterráneas, los afrocanarios fueron el grupo que más discriminación sufrió y que no pudo disimularse y acomodarse del mismo modo que indígenas y moriscos hicieron antes que ellos. Los llamados moriscos, que llegaron a constituir la mayoría (o al menos una minoría muy mayoritaria) de la población en las islas de Fuerteventura y Lanzarote en el siglo XVI, eran norteafricanos que a veces fueron secuestrados y a veces consentían en ser traídos a las islas en un régimen de servidumbre o semi-esclavitud. Al igual que los pueblos indígenas, la inmensa mayoría se convirtió al cristianismo muy pronto, tomando apellidos castellanos, y de este modo haciéndose invisibles en el crisol de la sociedad colonial canaria.

Las dinámicas y luchas de poder entre los diferentes grupos se escenifican a través de políticas de matrimonio que dieron lugar a una sociedad profundamente mestiza e híbrida. El hecho de que la mayoría de colonos europeos fueran varones y no trajeran a sus familias y que las poblaciones africanas, tanto indígenas como no indígenas, vieran la unión (sexual) con los europeos como una forma de acceder al poder y el privilegio fomentó que la interracialidad se extendiera. En ocasiones esa mezcla fue forzada, en forma de violaciones e imposiciones por parte de los colonizadores, pero no debemos olvidar que la unión también fue un arma que los colonizados usaron para manipular, imitar y subvertir el poder que los oprimía.

Nada más alejado de la realidad que la imagen del canario como peninsular transterrado que nos vendía el discurso oficial o de la burguesía guanche de la que pontificaba Antonio Cubillo desde su exilio argelino a finales de los setenta.