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Crónica de una ruptura anunciada (y acordada)

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ICETA FERNANDEZ
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Los cocodrilos lloran, pero no de emoción. Es un hecho tan irrefutable como que el brotar de sus lágrimas se produce mientras devoran a sus presas. Aprietan la mandíbula, ésta activa el lagrimal, sale el agua y engulle a su víctima. Por eso el griego Plutarco acuñó la expresión "lágrimas de cocodrilo", para comparar el comportamiento de este animal con el de quien causa la muerte de alguien y, después, llora y lamenta fingidamente la pérdida.

De Pedro Sánchez se han dicho muchas cosas durante sus dos años al frente del PSOE, pero nunca que fuera de lágrima fácil. Todo lo contrario: que si tenía las emociones inhibidas; que si era un político frío; que si era incapaz de empatizar con alguien; que si la seguridad en sí mismo rozaba el insulto...

El sábado lloró ante las cámaras de todas las televisiones de España mientras anunciaba la renuncia a su acta de diputado para no tener que sacrificar su palabra ni desobedecer a los órganos de dirección del PSOE. Para unos, el llanto fue de emoción sincera. Para otros, de rabia contenida. A saber.

Lo que es seguro es que de haber tenido delante en ese momento a cualquier miembro de la gestora o a la mismísima Susana Díaz -a quien considera culpable de todos sus males- se los hubiera tragados vivos. Tampoco hay muchas dudas, ni siquiera entre sus más allegados, de que las lágrimas llegaban después de haber contribuido a devorar el PSOE. Cuando menos, el ex secretario general, es corresponsable de seis derrotas electorales consecutivas y de una fractura orgánica sin precedentes.

Si mañana fuera ayer Sánchez no hubiera gestionado como gestionó la relación con los que fueron sus padrinos de candidatura en las primarias de 2014, ni se hubiera rodeado del equipo que le asistió hasta el día de su "defunción" como secretario general. Ahora es demasiado tarde.

Aunque desde hoy se eche a la carretera en busca del apoyo de una militancia inflamada, la histórica tendencia del PSOE a "enterrar" tan bien a sus muertos, hace pensar que los kilómetros a recorrer en busca de una mayoría de afiliados que le devuelva lo que, a su juicio, le ha robado la oligarquía del partido pueden ser infinitos, además de baldíos. Que se lo digan a Carme Chacón y al eslogan -"El cambio empieza por nosotros"- que mandó imprimir en millones de camisetas que quedaron sepultadas para los restos en el armario de algún despacho amigo. Y eso que la catalana, como bien recuerda alguna de sus más íntimas, tenía a su lado a una corriente mediática y de poder que Sánchez no tendrá nunca.

Sean cuales sean sus posibilidades de reconquista, de lo que no hay duda es de que hasta el próximo congreso federal puede hacer mucho daño a un PSOE muy vulnerable. Y buena muestra del estropicio que pretende dio en su lacrimógena comparecencia del sábado al deslegitimar a la gestora como si ésta hubiera sido creada sólo para investir a Rajoy, y no para suplir el vacío de poder posterior a su dimisión como secretario general.

La segunda invectiva de su comparecencia, tan calculada como exenta de la responsabilidad que se le presupone a alguien que ha sido secretario general de un partido, fue el manto protector con el que quiso envolver el desacato del PSC. Si algo inquieta a Sánchez, más allá de sí mismo, es que los socialistas catalanes sigan unidos al PSOE en lo político, pero sobre todo en lo orgánico, ya que el partido de Miquel Iceta, claramente posicionado con Sánchez, aporta en unas primarias 18.000 militantes.

Un censo del que la gestora está dispuesto a prescindir antes de llegar al próximo congreso federal y después de que la dirección del PSC haya enfrentado con su inamovible "no" a Rajoy dos legitimidades: la de un Comité Federal en el que participa y el de un Consell Nacional que monopoliza.

Los socialistas catalanes, en opinión de la gestora, han ido tan lejos al no aceptar el resultado de una votación en la que ellos mismos participaron que la gestora rechaza de plano que el incidente quede sin respuesta. El divorcio entre ambos partidos, al menos en lo orgánico, será la crónica de una ruptura anunciada, pero acordada entre los cónyuges.

Y es que del mismo modo que en el PSOE ya nadie oculta su malestar por la convivencia con los socialistas catalanes de los últimos años, en el PSC están también convencidos de que el protocolo que les unió en un congreso de refundación en julio de 1978 ha sido superado por los acontecimientos.

Aunque en la cabeza de Javier Fernández no está la recuperación de la extinta federación socialista catalana -como han apuntado otros barones-, sí está instalada la necesidad de revisar una relación asimétrica que durante años fue decisiva para las victorias electorales del PSOE, y hoy sólo aporta división interna, dos visiones distintas de España y la pérdida de apoyos en otras Comunidades Autónomas. El espejo en el que se mira la gestora de Ferraz es el mismo que vincula a los socialcristianos bávaros de la CSU con los democristianos de la CDU, el partido de Merkel.

La decisión final no la tomará en todo caso la gestora, pero tampoco un congreso federal en el que participen los socialistas catalanes con voz y voto como ha sugerido Sánchez. Será un Comité Federal, a celebrar tras el congreso del PSC del próximo fin de semana, quien tenga la última palabra.

Antes, los inquilinos de Ferraz anunciarán la salida inminente de la catalana y número dos por la lista de Madrid Meritxell Batet de la dirección del Grupo Parlamentario Socialista. Su expulsión, como la de la ibicenca Sofía Hernández, responde al "no" que ambas proclamaron durante la votación en la investidura de Rajoy.

No es la primera vez que un militante del PSC sale de la dirección parlamentaria. Ya ocurrió con José Zaragoza, tras una votación sobre el derecho a decidir en la que los socialistas catalanes también rompieron la disciplina de voto del PSOE.

El resto de disidentes que ostente cargo orgánico en su federación se enfrentarán, además de a la sanción de 600 euros que estipula el reglamento interno, a un expediente disciplinario. A los independientes, como Margarita Robles o Zaida Cantera, ya se les busca sustituto en la presidencia de la Comisión de Justicia y la vicepresidencia de la Comisión de Seguridad Vial, respectivamente.

Así arranca la XII Legislatura para el PSOE: sin secretario general, sin un proyecto definido y con una desconexión de las clases medias y urbanas como no había tenido jamás. Cómo acabe dependerá de si los socialistas han entendido que lo que les ha ocurrido en los últimos años fue por algo más que por un liderazgo improvisado y fallido.