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Las claves de la semana: Morir matando

16/09/2017 10:08 CEST | Actualizado 16/09/2017 10:11 CEST

Un juez que niega el derecho a decidir, pero también a hablar de ello en un espacio municipal; un Fiscal General que se arroga el papel de juez para ordenar la detención de 700 alcaldes; un diputado que califica de "entidades supranacionales" a "Varoufakis y Assange"; un Gobierno autonómico que se pasa por el forro lo que diga el Constitucional y un vicepresidente que se hace un lío con lo que reconoce y no el Derecho Internacional...

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Todo ello ha pasado esta semana y más que pasará. Hasta después del 1-O no hay nadie dispuesto a frenar. Ni el Gobierno en su decidida voluntad de involucrar a todo el aparato del Estado para que no se celebre el referéndum ilegal, ni la Generalitat en su escalada hacia el abismo y la rebelión.

Recuperar la batalla moral

El independentismo admite que perdió gran parte de la batalla moral el 6 y el 7 de septiembre cuando el Parlament aprobó por las bravas las leyes del referéndum y la de transitoriedad, pero cree que esta semana la han recuperado gracias a la decisión de un juez de pulverizar en Madrid la libertad de expresión y de reunión, y a la orden de Maza de detener a los alcaldes "rebeldes". Han conseguido situar de nuevo el debate en el terreno de los derechos civiles.

La situación es de tal gravedad que con el traslado masivo de Guardia Civil y Policía Nacional a Cataluña que ha previsto Interior puede haber una contestación social de consecuencias inciertas. Todo lo que suponga la más mínima intervención -que no la suspensión- de la autonomía catalana será interpretado por la Generalitat con una declaración de guerra en la que el independentismo, avisa, "estamos dispuestos a morir matando".

A estas alturas ya habrán comprobado también que en el actual universo quien no está con Puigdemont y su ley "suprema" es un "fascista", y quien no apoya hasta la última decisión del Gobierno del PP respecto a Cataluña es independentista o partidario de romper España, que viene siendo lo mismo en estos tiempos. Así andamos. Sin espacio para la moderación, para posiciones intermedias y para los que demandan tender puentes para reconstruir el necesario diálogo.

Cuesta creer que en la España del siglo XXI haya gente que no se atreva a opinar por miedo a las consecuencias, porque considere un riesgo profesional introducir matices en este debate emputecido y asfixiante o porque crea sin más que es mejor no significarse. Pero está pasando.

¿Dónde están los ex presidentes del Gobierno?

Y ello no contribuye al entendimiento ni a serenar los ánimos de una política que se parapeta tras la justicia y de una justicia que se dedica en ocasiones a hacer política. Demasiado pirómano en un espacio sin apenas bomberos. ¡Tanto ex presidente de Gobierno haciendo de mediador por el mundo, y aquí, para lo interno, no se ha arremangado ni uno! Claro que igual el primero que ose hacerlo, y según cómo, es acribillado en la plaza pública.

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Sólo hay que adentrarse en las redes, seguir la lista de altos cargos depurados por discrepar con el camino emprendido por la Generalitat, observar la virulencia con que es atacado todo aquel que expone libremente sus ideas o leer los titulares de las grandes cabeceras para comprobar que esto va del cumplimiento de la legalidad y de preservar la democracia, sí, pero también de una polarización extrema entre el PP y el independentismo en el que acción-reacción hace imposible lo que pueda ocurrir de aquí al 1-O. Algún día, cuando esto pase si es que pasa, habrá que hacer un exhaustivo inventario de los destrozos provocados.

Es el momento de Felipe VI

Pero ahora hay que preguntar por qué Rajoy no responde a las continuas llamadas al diálogo. Mejor antes que después del 1 de octubre. Y si esto no va de vencedores y vencidos, está tardando en convocar a Puigdemont en La Moncloa y ponerle una única condición para sentarse: la desconvocatoria del referéndum ilegal.

Cuando el independentismo reclama la mediación de Felipe VI como han hecho por carta ayer Puigdemont, Junquers, Forcadell y Colau es que tampoco tienen tan claro que lo del 1-O vaya a ser un éxito ni que el "proces" no se les haya ido de las manos.

Igual es momento de que el Rey demuestre su utilidad y la de la institución que encarna justo en este momento ante la mayor crisis institucional que ha vivido España en los últimos 40 años. ¿No es eso lo que dice la Constitución? Que no gobierna, pero reina y, además, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones. Artículo 56.1 Pues eso.