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Las claves de la semana: Y el PP, fiel a sus costumbres

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Foto: EFE

O se está a favor de la libertad de expresión o se está en contra de ella. No hay más. Y a estas alturas es obvio dónde estuvo y está el PP. Fiel a sus costumbres. Acallar la crítica, señalar al divergente, amordazar al discrepante, penalizar al manifestante y desterrar al disidente ha estado en el ADN de este gobierno desde que Mariano Rajoy llegó a La Moncloa. Lo mismo se ha aprobado una vergonzante "ley mordaza" que se ha telefoneado desde algún despacho de la vicepresidencia a un medio de comunicación para recordarle de dónde provenían parte de sus ingresos por publicidad. Y qué decir del pico de llamadas para que algunos opinadores no olvidaran quién sugirió sus nombres para que estuvieran en alguna tertulia de la radio televisión pública. Claro que para esto los del bipartidismo tienen poco que echarse en cara. Sólo ha habido un presidente en España que creyera de verdad en la libertad de expresión y la independencia de la televisión pública. Se llama Zapatero. Otros errores cometió y otros defectos tuvo, pero ese tan extendido por la izquierda y por la derecha, no.

Y viene esto a cuento de la prohibición de exhibir esteladas decretada por la delegada del Gobierno en Madrid, Concepción Dancausa, durante la final de la Copa del Rey. No fue un error, ni una torpeza, sino un ataque más contra la libertad de expresión. No hay ley en España que prohíba blandir bandera alguna, aunque ésta no fuera la constitucionalmente reconocida como símbolo nacional o autonómico.

Lo ha escrito esta semana con brillantez el ex diputado del PSC Frances Valles: "Una estelada representa un anhelo, una reivindicación, una aspiración. Se podrá estar de acuerdo o no. Se podrá compartir o no (...) Pero no es más que una actitud, una declaración de intenciones que expresada y articulada por las vías y los procedimientos democráticos tiene perfecto acomodo en nuestro estado constitucional. Por eso la prohibición de un símbolo siempre es peor que la expresión de esa declaración de intenciones".

La unidad la quiebra la desigualdad, no las banderas

Y aunque haya pasado desapercibida, la coincidencia en el tiempo de la decisión de Dancausa con el primer vídeo promocional de campaña del PP no es casualidad. La derecha vuelve por sus fueros y recurre a la tan cacareada unidad de España para dividir, confrontar y buscar el rédito electoral. ¡Como si la unidad la quebraran las banderas, y no la desigualdad!

"La formación de gobiernos extremistas pone en riesgo la unidad de España. Han propiciado la división de los españoles y el ataque a nuestros símbolos constitucionales", arenga una voz en off en el formato audiovisual difundido por los populares el mismo día que la delegada del Gobierno en Madrid anunciaba la prohibición de las esteladas. A eso se le llama sinergia, concordancia. Estaba en el argumentario popular de este nuevo arranque de campaña en el que los de la gaviota se estrenan con el mismo cansino relato. Nadie ha fabricado en democracia más independentistas que los gobiernos populares, pero ellos siguen con su raca-raca.

¡Que vienen los comunistas!

Y de los creadores de "mi querida España" también llega esta semana el grito de "que vienen los comunistas". El PP y Unidos Podemos han conseguido ya polarizar la campaña entre Rajoy e Iglesias sin dejar apenas hueco en la escena al socialista Pedro Sánchez, que trabaja denodadamente por que alguien se trague las imágenes prefabricadas sobre la unidad interna del PSOE. Cada exhibición pública de Susana Díaz es una dosis de recuerdo de lo que le espera al candidato del PSOE la noche del 26-J.

Un desayuno sin diamantes

Y esta semana ha habido otra en el desayuno sin diamantes de la presidenta de Andalucía en Madrid. O gana o se va, fue el mensaje que dejó Díaz en los salones del hotel Ritz, donde hubo más concentración de poder económico que institucional para escuchar su soflama. Ahí reside su fuerza -músculo orgánico, aparte- y ahí, una de las muchas debilidades de Sánchez. Nadie como la "reina del sur" para camelarse al Ibex 35, a los tótem de la comunicación e incluso a los adversarios de otros partidos. Sólo así se explica la presencia en el desayuno de su homóloga en Madrid, Cristina Cifuentes. Quienes no asistieron se ahorraron el sonrojante espectáculo de los efusivos abrazos entre compañeros de partido, pero nunca amigos. Sólo la política es capaz de ofrecer sin disimulo semejante ejercicio de hipocresía.

El súmmum del fariseísmo lo verán el domingo en Villaverde, donde Sánchez reunirá a todo el PSOE, incluidos a sus más aguerridos críticos. No faltará uno. Todo sea por la remontada, aunque nadie crea en ella y la mayoría de las apuestas sitúen en el dos fijo a la coalición Unidos Podemos.

Errejón pierde pie e influencia

No crean que lo de la divergencia es sólo cosa de socialistas porque los de Pablo Iglesias también tienen lo suyo con ese Errejón que ha perdido pie e influencia en la confección de las candidaturas. Sólo le queda Madrid, donde sus partidarios intentan hacerse fuertes, después de la derrota del número dos en el Consejo Ciudadanos tras la crisis por la destitución de Sergio Pascual. Cuentan que el más firme partidario de la transversalidad de los morados ha perdido presencia; que su figura está en crisis; que se le ve confuso y que en las últimas semanas ha perdido la brillantez del Íñigo astuto. Como Susana Díaz, él se reserva y aguarda el momento.

Marjaliza cantó la Traviata

Así acaba la semana que hizo convulsionar de nuevo al PP con las 13 horas de grabaciones de Marjaliza. El hombre que todo lo sabe de cómo se financiaban los populares de Madrid cantó la Traviata. Pero ahí nadie sabía nada, claro.