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¡Escritoras del mundo, uníos! 'Narrativa proletaria norteamericana 1929-1941'

28/09/2017 07:25 CEST | Actualizado 28/09/2017 17:34 CEST

Este artículo también está disponible en catalán.

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Lo primero que llama la atención de la concisa antología Narrativa proletaria norteamericana 1929-1941es su amplitud de miras. Dicho de otro modo, la voluntad de no ser restrictiva o parcial y, así, las escritoras están muy ecuánimemente representadas: siete de trece.

Una selección, pues, realizada con criterio y juicio y, además, bien prologada por el antologista y traductor, Emili Olcina, puesto que la contextualiza y la enmarca con gusto y precisión en un prólogo breve como los cuentos que presenta.

No se entienden estos relatos si no se tiene en cuenta, por un lado, la Gran Depresión yanqui que se inició en 1929 y la subsiguiente y tremenda recesión económica, y, por otro, la enorme reputación del Partido Comunista de EE.UU., que no puede medirse en número de militantes ni en resultados electorales sino en la gran influencia que ejerció entre las y los intelectuales de la época, así como en una infraestructura rica en revistas y sitios para publicar.

Los cuentos (escritos tanto por comunistas de más o menos duración, como por gente que no lo fue nunca) no sólo son un exponente de la literatura proletaria sino también, por ejemplo, de la negritud y el racismo, del vagabundeo o de la defensa de las mujeres.

Son relatos sin concesiones, duros, amargos, escritos a punta seca. Tanto si es urbano como rural, el escenario es un personaje más; así como el tiempo, ya sea un gélido frío que provoca sabañones o una agobiante sequía que lo quema todo.

Erskine Caldwell narra el alegre linchamiento de un negro; John Dos Passos contribuye con un brevísimo y desolado vagabundeo; Albert Halper habla de huelgas, sindicatos y patronal, y de un piquete clandestino, íntimo y digno; Ted Poston de la derrota de un derrotado boxeador negro; William Saroyan del clasismo extremo y de la imposible ascensión social de un músico y William Carlos Williams del curioso caso de una niña con difteria que enerva a un médico hasta la violencia.

Las escritoras hablan, claro está, del proletariado, de una tierra devastada y, además, enriquecen los relatos densificándolos y dotándolos de más y más capas de sentido

Las escritoras hablan, claro está, del proletariado, de una tierra devastada y, además, enriquecen los relatos densificándolos y dotándolos de más y más capas de sentido. Así, Sanora Babb habla de la extrema pobreza y de un hambre cruel que se enrosca en los estómagos y muestra la diferente manera de abordarlas según sea el sexo; Leane Zugsmith profundiza sutilmente en ello a la par que describe el paro y la vergüenza que conlleva la pérdida del trabajo; Marita Bonner, a los gajes de la miseria y de los barrios deprimidos, añade las circunstancias de ser mujer y negra, especialmente si acabas yendo a la cárcel; Meridel Le Sueur hace sutiles las fronteras represivas entre prisiones y clínicas en un cuento que también habla del aborto, roza el robo de bebés, se preocupa de la maternidad y de las consecuencias de la depresión en la vida de las criaturas (lo hacen casi todas); también Ramona Lowe habla de la maternidad cuando presenta un ridículo estereotipo racista que hizo fortuna en filmes como Lo que el viento se llevó. A Tillie Olsen describir la dura y paupérrima vida (y muerte) en la mina le permite enfocar los graves y extendidos maltratos a las mujeres, así como el hilo de esperanza que puede suponer para las niñas ir a la escuela. En el cuento más simbólico, Eleanor Clark escribe el derrumbe de una casa sin que la situación de emergencia modifique en nada las relaciones entre clases sociales y el trato a las criadas.

Alguien podría pensar que me ha impelido a escribir el último párrafo eso que se ha convenido en llamar «perspectiva de género». Extraña denominación: también escriben con perspectiva de género Aristóteles, Nietszche o, por ejemplo, Jacinto Benavente. En todo caso, he escrito el último párrafo con exactamente la misma perspectiva de género que el antepenúltimo (o el primero). Como con variada y distinta perspectiva de género narran indistintamente tanto los escritores como las escritores de esta antología.

El libro me ha llevado a releer y lo agradezco, es un complemento espléndido una de las secciones de Un reguero de pólvora de Rebecca West, una de las primeras intelectuales que criticaron el comunismo desde la izquierda. Su «Ópera en Greenville» es la crónica del juicio a un grupo de taxistas que lincharon a un negro en Carolina del Sur en la primavera de 1947. Los encausados podrían haber salido del cuento de Caldwell o del escandaloso relato «La lotería», de Shirley Jackson publicado en 1948, sólo un año después.

Los relatos, los libros, las autoras, como las cerezas: todo es estirar una. Narrativa proletaria norteamericana 1929-1941 también prefigura y anuncia la eclosión de los cuentos de una autora como Grace Paley. El fulgor de una literatura roja, obrera, feminista, antisegregacionista, pacifista y activista.