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Leer para no llorar. 'La importancia de no entenderlo todo', de Grace Paley

30/01/2017 07:17 CET | Actualizado 30/01/2017 11:38 CET

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Foto: Reuters.

Este artículo también está disponible en catalán.

No hay plan mejor en tiempos de tribulación como los que vivimos que leer a Grace Paley (1922-2007). Ella y su obra son la mejor encarnación de una América del norte eminentemente cosmopolita y culta, regada y compuesta por gente de todo el mundo. En efecto, Paley es un óptimo fruto de una extensa familia inmigrante judeo-rusa exiliada en EEUU.

Finalista del National Book Award y del Premio Pulitzer, es autora de tres magníficos libros de cuentos recogidos en Cuentos completos (traducidos en 2005, no sé con qué gloria o pena pasaron) y de la recopilación de ensayos La importancia de no entenderlo todo (2016). Dos caras de las mil facetas de una autora que, con una escritura de técnica elaboradísima y condensada, repleta de saltos inesperados, teje creación, vida cotidiana, arte, quehacer de las mujeres, relaciones entre los sexos, política, léxicos familiares, intercambios madre-descendencia y descripciones de entornos habitualmente urbanos puesto que, al fin y al cabo, es hija del Bronx. Una literatura que no por cruda y realista está exenta de compasión y esperanza; no por casualidad su álter ego literaria --amiga íntima, decía ella-- se llama Faith Darwin.

Activista y feminista, fue encarcelada varias veces acusada de desobediencia civil. Libros y vida zurcen con más de una puntada esta línea roja, obrera, feminista, antisegregacionista, pacifista, activista que recorre de arriba abajo los EEUU y que a menudo olvidamos. Paley, sus escritos, pueden hacer que los comprendamos un poco mejor (y, por tanto, puede ayudar también a reconciliarnos con ellos). Así los define en un artículo.

Estados Unidos [...] es un país rico, poderoso, algo retrógrado, secretamente pobre, racista, democrático, tan grande que resulta incómodo, cascarrabias y también honrado.

Maravilla observar que ya en el año 1991, a raíz de la guerra del Golfo --una guerra, no lo olvidemos, a la que en los EEUU se oponían un 73% de mujeres por sólo un 50% de hombres--, sabía que mirar la televisión no significa estar mejor informada (lo que diría ahora del valor y uso de las redes..., que no daría yo para leer el análisis que haría).

Otro informe sobre televisión [...] revelaba que existía una correlación entre el conocimiento (la información) y la oposición a la guerra. Se dividía a los telespectadores en tres grupos. Cuanto más veía una persona la televisión, menos sabía. Los que veían la televisión poco no estaban bien informados, pero sí mucho mejor que los demás.

Cuando es aparentemente autobiográfica y personal, irónicamente esboza comportamientos generales y verdades como puños. Ya sea sobre el amor y la importancia de los modelos:

Mi madre era una mujer de una bondad poco frecuente. Quería a mi padre, al que todos consideraban un hombre difícil. Este amor me volvió muy romántica. En cuanto pude (alrededor de los trece años) empece a buscar, y con éxito, hombres difíciles también para mí.

Ya sea sobre la siempre difícil maternidad:

Cerca ya de casa, crucé corriendo nuestro parque, donde había llevado a tomar el aire a mis hijos las tardes de los fines de semana al acabar el verano. Paré en la zona de juegos del nordeste, donde encontré a una docena de madres jóvenes que cuidaban inteligentemente de sus pequeños. Para prepararlas, sin querer herirlas, dije: De aquí a quince años, vosotras, chicas, estaréis como yo, os habréis equivocado en todo.

Pero volvamos a tribulaciones y desastres. Las concentraciones por los derechos humanos que han emprendido las mujeres de todo el mundo a raíz de la ascensión al poder de Donald Trump (en efecto, como buen presidente republicano no ha perdido un minuto a cortar los fondos para la planificación familiar y el derecho al propio cuerpo), han debido echarla de menos --especialmente las de Nueva York-- su presencia íntegra, despeinada y libre, siempre a punto, ya fuera para oponerse, en tiempos dificilísimos, a la guerra de Vietnam o a una planta nuclear, ya fuera para exigir condiciones de vida dignas, mejorar las escuelas, hacer más amable la vida de barrio consiguiendo, por ejemplo, que Washington Square Park no fuera cruzado por una autopista, salvándolo así de la destrucción.

Consciente del trabajo que se nos amontona, habría desfilado con los cientos de miles de hermanas, tías, madres, hijas, abuelas, amigas, nietas, de las mujeres humildes y luchadoras, cada una a su manera, que Paley retrata lúcidamente. Se habría manifestado con los cientos de miles de mujeres que hartas hasta el moño de poder ser agarradas, simbólicamente o literalmente, por el coño, con ingenio y alegría se plantificaron un gorro rosa en la cabeza, por si alguien quiere agarrarlas, y tiñeron calles, plazas, puentes, con todos los matices del rosa (lo que son las cosas, un color considerado masculino no hace tanto en EEUU puesto que es un color «fuerte».

Algunos hombres tímidamente, casi vergonzosamente, las acompañaron. Paley, en una entrevista religa sobriamente en dos frases literatura y androcentrismo; y además de resumir perfectamente este sesgo, enseña un fecundo camino a los hombres.

Las mujeres han comprado libros escritos por hombres desde siempre, y se dieron cuenta de que no eran acerca de ellas. Pero continuaron haciéndolo con gran interés, porque era como leer acerca de un país extranjero. Ahora bien los hombres nunca han devuelto la cortesía.

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