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'Nada se acaba': el festín infinito de la literatura de Margaret Atwood

08/02/2016 06:58 CET | Actualizado 07/02/2017 11:12 CET

Este artículo también está disponible en catalán

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Foto: MARK BLINCH/REUTERS

"Alguna gente cree que una novela de mujeres es cualquier cosa que no contenga política. Algunos piensan que es cualquier cosa que hable de relaciones personales. Algunos piensan que es cualquier cosa que contenga muchas operaciones, operaciones médicas, quiero decir. Algunos creen que es cualquier cosa que no te dé una perspectiva amplia y panorámica de nuestra fascinante época".

No sé si es necesario añadir nada a este fragmento de otro libro suyo, del glorioso Asesinato en la oscuridad (1999), para reseñar el regalo de Nada se acaba.

El libro es la fina descripción -es proverbial la aguda mirada de entomóloga de Atwood sobre personas y relaciones, sobre cualquier cosa o hecho-, durante el período que va de octubre de 1976 a agosto de 1978, de un triángulo amoroso que se fractalitza puesto que a su vez produce otros.

Desmiente el rumor de que si una novela es obra de una escritora tiene que estar necesariamente repleta de operaciones (médicas, quiero decir): no hay ni una. También desmonta la tesis de que no son capaces de describir un trozo de Historia. En efecto, uno de los fascinantes trasfondos del libro es el proceso electoral de Quebec (noviembre de 1976), elecciones que ganó el independentista René Lévesque y que da pie a la autora a dejar testimonio no sólo de las reacciones durante la noche electoral ante una victoria inesperada, sino a novelizar los porqué de las opiniones a favor y en contra, a profundizar en las diferencias culturales canadienses o hablar de política lingüística. Este contexto es tan útil para situar acción y época como que uno de los personajes utilice máquina de escribir y papel carbón.

Cinco meses después, en un magistral fragmento otro de los personajes envuelve sus herramientas en pedazos de papel de periódicos atrasados cuando se marcha de casa; el recurso permite hacer un repaso de los principales eventos de todo tipo que han ocurrido en el país; ofrece una perspectiva ampliamente panorámica. Es aleccionador y especialmente pertinente consignar que uno de los fragmentos con el que tropieza es un editorial que habla alarmado de la balcanización de Canadá. Que tomen nota Aznar, la FAES y compañía antes de hablar con alegría y satisfacción de la pretendida balcanización de Cataluña.

Una buena novela no sólo explica fehacientemente el pasado sino que incluso puede ser espejo del presente o tranquilizar sobre el futuro, y puede describir comportamientos (políticos o no) universales. En efecto, en otro fragmento --que pone a prueba sólidos partidos tomados por una parte de la población del Canadá-- se dice que la Policía Montada es corrupta: en un oscuro caso, algunos de sus elementos se hicieron pasar por terroristas separatistas.

Es una lástima que la traducción de una obra tan bellamente escrita, tan llena de detalles, sea tan poco cuidadosa, incluso tan grosera.

La novela contiene sin duda un buen número de relaciones personales entre personajes muy variados de orígenes diversos, ¿y qué buena novela no? Aquí la inteligente mirada de Atwood deviene más analítica que nunca y las presenta también como una consecuencia y un producto del tiempo que ha tocado vivir a los personajes, triunfa en el momento de mostrar que las relaciones privadas siempre, siempre, tienen una vertiente política. Enternecedora, presenta una galería de variados personajes: la madre progresista, algo pelma y que hace diez años que usa las mismas zapatillas, que obliga a su hijo a participar en campañas o que cuando era un niño le prohibía pelearse en el patio del colegio; la tía transmutada en madrastra en el peor sentido de la palabra; el deambular y razones y pasiones de los diversos componentes de los triángulos; la actuación de la ristra de amigas y colegas; las comidas, vestuario y costumbres.

Trasciende la pura anécdota y, a partir de la nítida descripción de lo que, para bien de la novela, son sólo comportamientos personales e intransferibles, generaliza. De este modo, muestra esa verdad universal que la relación de una persona varía radicalmente según si la mantiene con su hijo o con sus nietas: la abuela progresista no las intenta politizar, les ríe bromas en absoluto progresistas o incluso incorrectas, mima a las niñas. En la misma deriva, la despiadada tía-madrastra es para las niñas, para la siguiente generación, no una pesada e inamovible losa sino una curiosidad pintoresca casi graciosa.

La novela es capaz de transmitir también que, a pesar de todo y mal que nos pese, somos hijas e hijos de lo que mamamos, que lo que aprendemos durante la infancia marca a hierro y fuego, nos configura. A pesar de las divergencias, una de las mejores características del hijo de la madre progre es un legado suyo. O que hay enseñanzas que aunque provengan de una odiada tía-madrastra son muy útiles y tienen que agradecerse mucho.

Y detalles de las relaciones de pareja, claro está. El estupor de caer en la cuenta durante un encuentro con un antiguo amor de que ya toda pasión se ha apagado, hasta el punto de no comprender de dónde podía surgir. Las jugosas conversaciones entre mujeres sobre hombres. La rabia de un personaje cuando constata que la novia a quien dejó ha superado felizmente el abandono y además bastante rápidamente, que ya no siente nada por él. La ironía de Atwood es tan proverbial como su capacidad de diseccionar con bisturí.

Por todo ello es una lástima que la traducción de una obra tan bellamente escrita, tan llena de detalles, sea tan poco cuidadosa, incluso tan grosera. Da pena que el traductor no sepa que incluso la paquidérmica Real Academia se ha tenido que rendir a la evidencia de que el femenino «médica» existe. Asquea que dos mujeres discutan cuál de las dos es «dueño» del hombre en litigio. Da pena ver que las dos niñas de una pareja de quien unas pocas páginas antes se ha hablado y que tienen un gran protagonismo, sean travestidas en unos imposibles «hijos»; supongo que el original se refiere a ellas como «children» o «kids».

Life before man se ha traducido arbitrariamente con el título Nada se acaba. El único consuelo es que el título en castellano remite, aunque sea involuntariamente, a la felizmente prolífica, fértil, poliédrica obra de Margaret Atwood. Lo abarca todo y siempre con excelencia: novela, poesía, cuentos, ciencia ficción, historia-ficción, ensayo, cuento infantil, crítica... No la agotarán nunca.