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Yo nací libre, y para poder vivir libre, escogí la soledad de los campos

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Foto: ISTOCK

Este artículo también está disponible en catalán

Miguel de Cervantes, en uno de los primeros capítulos del Quijote, hace exclamar a su caballero andante que el Tirant lo Blanc, del valenciano Joanot Martorell, es «un tesoro de contento y una mina de pasatiempos». Palabras que pueden aplicarse con estricta justicia a Cervantes y a su obra.

Es una guía segura en muchos aspectos. Cuando me dedicaba a pasar el tiempo seleccionando los ejemplos con presencia femenina del diccionario de la Real Academia, había uno en la entrada "escapar" que decía: «Se me ha escapado un punto de la media». Parecía indudablemente protagonizado por una mujer. Un trocito delicioso de la segunda parte del Quijote lo ponía en cuarentena.

«Cerró tras sí la puerta, y a la luz de dos velas de cera se desnudó, y al descalzarse, ¡oh desgracia indigna de tal persona!, se le soltaron, no suspiros ni otra cosa que desacreditasen la limpieza de su policía, sino hasta dos docenas de puntos de una media, que quedó hecha celosía. Afligióse en estremo el buen señor, y diera él por tener allí un adarme de seda verde una onza de plata (digo seda verde porque las medias eran verdes).»

Bonito detalle la acotación en primera persona del paréntesis final. Cervantes, que nunca da puntada sin hilo, la aprovecha más adelante para señalar que no hay miseria más grande para un hidalgo que tener que zurcirse las medias con seda de otro color.

Otro motivo de contento es seguir lo que Don Quijote piensa de la libertad. En este célebre y muy citado fragmento habla de ella, concretamente de la libertad masculina.

«--La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.»

Libertad masculina, decía, no sólo porque la cita concluya con la palabra «hombres», sino porque cuando habla de la libertad de las mujeres lo hace en otros términos y el Quijote es una mina de personajes femeninos activísimos, pletóricos de deseo y con criterio propio. Pensemos, según la describe Sancho, en la personalidad real de Aldonza Lorenzo, alejada del idealizado desatino de Dulcinea con el que Don Quijote Quijote delira, o en personajes como Dorotea o Luscinda.

Veamos, por ejemplo, el tesoro de los capítulos centrados en la pastora Marcela y en el aparatoso suicidio de Grisóstomo, el rechazado pretendiente. En efecto, como don Quijote dice a Sancho, mientras la libertad para los hombres puede concretarse en aventurar la vida o en esquivar la cárcel, para Marcela, la libertad consiste en renunciar a casarse y en escoger oficio para vivir. Estos dos dones, ajenos a la libertad y a la condición masculinas, se configuran como requisitos imprescindibles para que una mujer pueda ser libre. Así lo cuenta la propia Marcela.

«Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura.»

En otro fragmento proclama que no es obligatorio corresponder a un amor o a un deseo simplemente porque proviene de un hombre. Palabras emparentadas con el tono y el estilo de las ejemplares y amorosas novelas de María de Zayas (Madrid, 1590-¿1661?).

«Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama.»

También podría ser de María de Zayas (o de sor Juana Inés de la Cruz) este irónico y lleno de lógica y gracia fragmento.

«El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera.»

A continuación, Marcela reitera que su libre condición se basa en el derecho a elegir sus relaciones o al trabajo.

«Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a éste ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene.»

Palabras que inflaman la defensa con la que Don Quijote cierra el episodio:

«--Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo.»

Y si bien es cierto que Cervantes implícitamente no dota de la misma libertad a todos los seres humanos, también es cierto que, con la personalidad y libre albedrío que infunde a algunas de sus protagonistas y con defensas a ultranza como la que se acaba de ver, hizo a las mujeres más libres e insinuó caminos de libertad del porvenir.