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Steve Bannon me dejó bastante claro que Occidente está en guerra contra el islam

20/02/2017 07:24 CET | Actualizado 20/02/2017 07:24 CET
MANDEL NGAN VIA GETTY IMAGES

El pasado mes de mayo me invitaron a una residencia privada de Nueva York para charlar. Al igual que mucha gente, la anfitriona estaba preocupada por la creciente influencia del islam en Europa y quería que nos reuniéramos porque en 2005 y 2006 yo había estado en el centro de la polémica por las caricaturas en los diarios daneses, uno de los muchos choques entre el islam y los valores seglares de libertad de expresión y el derecho a criticar a una religión y a satirizar sobre ella.

Un hombre al que no había visto nunca entró en la sala de estar. Se sentó en la mesa enfrente de mí. Era de mi edad, quizá algo mayor, corpulento, pero sin llegar a tener sobrepeso. Tenía la cara sonrosada. No se había afeitado, iba descalzo y llevaba el pelo largo y canoso.

Durante la conversación que mantuvimos, se presentó como Steve. Resultó que se apellidaba Bannon, y por aquel entonces era el director ejecutivo de Breitbart News, un medio de comunicación estadounidense de extrema derecha que se había convertido en uno de los sitios web de noticias más leídos y visitados y que recientemente se ha expandido por Europa. Un par de meses después de nuestro encuentro, Bannon se unió a la campaña presidencial de Donald Trump como asesor principal. El resto es historia.

Lo que más me perturbó de Bannon fue que parecía creer que la violencia y la guerra podían tener un efecto depurador.

Bastó con unas cuantas semanas dentro de la administración Trump para que quedara claro que la influencia de Bannon en la Casa Blanca tiene un gran alcance. Colaboró en la redacción del discurso inaugural del presidente estadounidense, en el que Trump prometió detener la "masacre" en Estados Unidos, recuperar el país, que estaba en manos de la élite globalizada, y reconstruirlo con base en el lema "Estados Unidos primero". Bannon es el primer asesor político de un presidente (de los últimos años) en ganarse una plaza permanente en el Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos. También ha sido uno de los principales impulsores del veto por el que los ciudadanos provenientes de siete países de mayoría musulmana y los solicitantes de asilo sirios no pueden entrar a Estados Unidos. En el periódico The New York Times han llamado a Bannon "presidente de facto" y la revista Time acompañaba su foto en portada de las palabras "El gran manipulador".

Cuando nos conocimos, Bannon acababa de regresar de Francia, del Festival de Cine de Cannes, donde se había proyectado su película Clinton Cash. Empezamos la conversación de manera tranquila, pero por momentos se volvía acalorada. Aparentemente, Bannon daba por hecho que compartíamos opinión con respecto a la forma adecuada de enfrentarse a la amenaza que supone el terrorismo islámico, a las dificultades de las sociedades musulmanas paralelas de Europa y al fracaso de los países europeos a la hora de integrar a los musulmanes.

Cuando se dio cuenta de que teníamos opiniones diferentes, nuestra conversación fue ganando intensidad. Bannon tiene mucha energía; su lenguaje corporal es una parte muy importante de la forma que tiene de exponer sus opiniones. Y no deja las blasfemias al margen, precisamente.

Trump no es más que una premonición de lo que acabaremos teniendo. 'Espera y verás', me dijo Bannon.

Me dejó de piedra que una persona a la que no conocía se encendiera con tal facilidad y reaccionara de una forma tan visceral ante mis opiniones, contrarias a las suyas. Bannon fue muy directo, sin formalidades ni finuras. Esa sinceridad explosiva podría haberse considerado revigorizante si no hubiera dicho cosas tan preocupantes, especialmente ahora que es una de las figuras políticas más influyentes de Estados Unidos.

Bannon está enfadado. Y el objeto de su ira es la "élite globalizada". Él defiende que Trump no es más que el principio de una rebelión que será cada vez más agresiva con el paso de los años. Según me dijo, en cierto modo, Trump no es el verdadero núcleo, no es más que una premonición de lo que acabaremos teniendo. "Espera y verás", me dijo.

Bannon hablaba de que había viajado por Estados Unidos y había conocido a estadounidenses de a pie que se sentían abandonados, desvalidos y traicionados por el sistema. El capitalismo había descarrilado, necesitaba que lo salvaran de sí mismo. Para él, el punto de inflexión había sido la crisis de 2008 y 2009 y que el Gobierno hubiera tenido que rescatar a Wall Street mientras los estadounidenses de a pie tenían que pagar los platos rotos.

La convicción de Bannon de que para tener un mundo mejor a veces hay que borrar del mapa ciertas cosas suena inquietantemente leninista.

Ronald Radosh, un historiador social afiliado a la organización conservadora Hudson Institute, escribió hace poco un artículo en el que hablaba de una conversación que había mantenido con Bannon durante la fiesta de presentación de un libro en noviembre de 2013. Según Radosh, el que ahora es el estratega principal de Trump se autoproclamó leninista. Según Radosh, Bannon explicó sus tácticas leninistas de la siguiente forma: "Lenin quería acabar con el Estado, y ese es el mismo objetivo que tengo yo. Quiero derribarlo todo y destruir todo el sistema actual".

Bannon no mencionó a Lenin en nuestra conversación, pero reconocí un fervor rebelde e incluso revolucionario en su forma de hablar. Evidentemente, Bannon no es leninista en el sentido ideológico. Más bien lo contrario. Pero su convicción de que para tener un mundo mejor a veces hay que borrar del mapa ciertas cosas suena inquietantemente leninista.

Lo que más me perturbó de nuestra conversación fue que Bannon parecía creer que la violencia y la guerra podían tener un efecto depurador, que cabía la posibilidad de que fuera necesario demolerlo todo y construirlo de cero. Dejó claro que había perdido la fe en Europa porque el secularismo y los inmigrantes habían erosionado los valores cristianos tradicionales, que ya no eran el pilar de nuestra civilización. Desde su punto de vista, perder la fe cristiana había debilitado a Europa, que ni está dispuesta ni es capaz de enfrentarse al poder cada vez mayor del islam ni a algunos musulmanes europeos que insisten en que se le dé un trato privilegiado a su religión.

Bannon cree firmemente que si se va a salvar a Europa del islam, es imposible evitar el conflicto armado.

Bannon cree firmemente que si se va a salvar a Europa del islam, es imposible evitar el conflicto armado. El poder del islam no puede detenerse por métodos pacíficos. En pocas palabras, Bannon me dejó bastante claro que Occidente está en guerra contra el islam.

Yo me permito disentir. Sí, estamos en guerra contra los islamistas violentos y en una guerra fría contra los islamistas no violentos que quieren desautorizar a la democracia secular. Pero no estamos en guerra contra el islam. La Guerra Fría se libró en muchos frentes, pero fue básicamente una batalla de ideas en la que los marxistas de corte socialdemócrata tuvieron un papel crucial en la defensa de la democracia contra el totalitario marxismo-leninismo soviético. Es importante que se le dé el mismo espacio a los musulmanes en la democracia para implicarse en la batalla contra el islamismo. Cosa que parece imposible si insistimos en estar en guerra contra el islam.

Bannon no estaba de acuerdo. Negaba con la cabeza. Tras otra verborrea poco objetiva, me miró ligeramente avergonzado y me dijo: "Flemming, espero que podamos hacerlo a tu manera, pero no estoy seguro de que sea factible".

Este artículo fue publicado originalmente en 'The World Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.