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La verdadera línea roja

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Foto: EFE

No nos dejemos llevar por los descalificativos. Se hablará de rabieta infantil, de irresponsable venganza personal. Se alegará que no se puede acusar a los adversarios de ser títeres de una conspiración de escala nacional. Se reafirmarán los que entonaron aquello de "insensato sin escrúpulos". Los apocalípticos de la política mediática esgrimirán que de un tipo que empezó su mandato llamando en directo a Sálvame solo se podía esperar que lo terminara montando un numerito en pantalla. Le restarán importancia, le intentarán ignorar, pues no merece aprecio el que solo desea protagonismo personal, aunque sea a costa de ponerle las cosas aun más difíciles a un partido histórico como el socialista.

Pero en el fondo, intuirán que no es así. Porque el domingo por la noche, Pedro Sánchez obligó al PSOE a enfrentarse a la madre de todas sus disyuntivas, en relación a la cual la duda entre la abstención o el 'no' a Rajoy no ha sido sino un simple corolario. A saber: la de si este partido debe seguir confiando (o más bien, volver a confiar) en la autonomía de lo político. Ni más ni menos, de golpe y sin preaviso, el partido socialista se ve confrontado a una cuestión que se había desplazado a espacios del activismo de izquierdas ya hace tiempo ajenos a Ferraz.

Y pese a lo que muchos argumentarán, no lo ha hecho como un elefante en una cacharrería. Ha elegido el programa y el periodista que con todo merecimiento se ha convertido en la nueva conciencia crítica de la nación, capaz de poner de acuerdo a todos los estratos de la izquierda y, a buen seguro, también a muchos otros ciudadanos sin una identidad política predefinida. Jordi Évole es ya una autoridad porque realiza periodismo desde la misma pulsión de justicia que comparte buena parte de la sociedad, y lo hace sin concesiones al poder, sin oportunismos pese a su oportunidad, y mediante un carácter y un tono ajeno a todo paternalismo.

La conspiranoia vende, se replicará, y tanto periodista como político hicieron uso de ese sofismo mediático. Solo surgió un nombre, el de César Alierta, y el resto de acusaciones fueron vagas e inconcluyentes.

Con franqueza, qué más da. Me explico: no es que sea indiferente saber quiénes son los poderes fácticos cuyo aliento resopla en las sedes del poder de este país. Importa, y ojalá la denuncia fuera explícita y transparente. Pero no es tan relevante en lo que atañe a los efectos que esa declaración produce y va a producir. Lo que hizo Pedro Sánchez fue trazar una línea en el suelo y situarse del lado de los que todavía apuestan por que la política pueda seguir siendo autónoma respecto a la oligarquía económica. Y si es cierto que va a iniciar una campaña activa para presentarse a la reelección a secretario general, muchos militantes del PSOE darán también el paso.

La dicotomía planteada por Sánchez obliga a que la militancia socialista se decante entre los que están allí por pulsión de justicia e igualdad, y los que han cedido al fetichismo del orden y de su gestión rutinizada.

En un artículo publicado en este mismo blog, me atrevía yo a prescribirle a Sánchez que se enfrentara a los barones de su partido, ideando el modo de ganarse antes a la ciudadanía. Le recomendaba entonces que, al igual que el protagonista de la serie House of Cards, lo intentara haciendo bandera de alguna causa que generase un amplio consenso entre los que impugnan la configuración actual del orden político. En realidad, el ex secretario ha hecho algo más prudente: en lugar de apelar a la sociedad en su conjunto (lo cual habría resultado muy poco creíble, es cierto), ha dicotomizado el espacio interno a su propio partido. De un lado están los justos e igualitarios, los que confían en la autonomía de lo político para hacer frente a los clásicos retos de la social democracia; del otro, los que subordinan esos desafíos a una distribución del poder que los contradice. La dicotomía obliga a que la militancia socialista se decante entre los que están allí por pulsión de justicia e igualdad, y los que han cedido al fetichismo del orden y de su gestión rutinizada.

El gesto solo puede ser transformador o destructivo. Dependerá de cómo se posicionen aquellas personas que todavía no han agotado su crédito. Pongo un ejemplo: se habla del profesor Ignacio Urquizu como un potencial renovador del partido. La principal tesis de este diputado por Aragón es que el PSOE debe volver a ser el partido de las élites creativas del país. De qué lado cree Urquizu que su hipótesis puede tener más éxito: ¿en el de la autonomía de lo político o en el de la conservación del orden? Inevitablemente, él como tantos otros, tendrán que elegir.

No quiero convertir a Sánchez en el nuevo adalid del autonomismo ni en el símbolo del socialismo del siglo XXI. De hecho, todavía estamos a la espera de la más mínima concreción de esa renovación que podría plantear. Personalmente, no creo que sea una alternativa fiable, pues tiempo ha tenido de sobra para dar algún indicio. Pero hay que reconocer que por fin, y quizás no demasiado tarde, ha entrado en el juego del poder. Y lo ha hecho con un golpe de efecto hábil y disruptivo, al menos en lo formal: no sé si de verdad habrá roto para siempre jamás con Antonio Hernando, pero el dramatismo de la amistad perdida ayudó sin duda a que su dicotomía pareciera auténtica.

Lo que no reconoció, pero sin duda estaba implícito, es que esa línea en el suelo que el domingo trazó, en realidad se limitaba a unir los puntos que ya otros había marcado: se llama "crisis de régimen", y si un antiguo candidato a la Presidencia del Gobierno, propuesto por un rey, es el que ahora la ha rotulado (denunciar las presiones de los editores de El País es el último de los tabúes rotos) significa que ya está totalmente al descubierto. No es tiempo para equilibristas: dirigentes, militantes y votantes del PSOE, se está a un lado o al otro.