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De cierto terrorismo incrustado

08/07/2017 10:25 CEST | Actualizado 08/07/2017 10:25 CEST
EFE

Grandes urbes, aglomeraciones de cristal, acero y rostros maquillados. Rascacielos, pantallas gigantes, conexiones multiplicadas y el espectáculo de unas luces perpetuas que nos cubren con un cielo de diseño. Como si no fuera suficiente la simple vida, estamos embarcados en una despiadada metafísica de la elevación, de la que tampoco es fácil librarse a través de ninguna de nuestras respetadas minorías LGTB. El debate en torno a la maternidad subrogada oculta tal vez que nuestra vida y nuestra sensibilidad son ya subrogadas, puesto que hace tiempo que somos incapaces de existir como no sea a través una perpetua conexión tecnológica, una promiscuidad incestuosa con los otros cuerpos y con el espectáculo de la transparencia mundial.

La cultura que nos protege lo hace con una velocidad expansiva, por no decir explosiva, que guarda una pésima relación con el reposo, una silenciosa quietud que parece recordarnos demasiado el arcaico claroscuro de vivir; por tanto, a todos los demonios. Hemos perdido la fórmula para detenernos. Nuestra única solución es no parar, como aquella orquesta del Titánic que siguió tocando mucho después de que fuera inevitable la tragedia.

Asomémonos a los vídeos de Ariana Grande en YouTube, sin duda bastante ingenuos comparados con muchos otros. Tampoco Grande deja de jugar en ningún momento con la provocación, el perfil espectacular de caras y cuerpos, la promiscuidad incestuosa de las almas. En cierto modo, sólo hace falta una chispa, una espoleta, para que todo el escenario salte por los aires, puesto que querría vibrar en una tensión límite. Es como si el terrorismo yihadista pusiese sólo una vuelta de tuerca, la negatividad que falta en este cenit de positividad exultante. Los cuerpos -casi siempre solteros- se han convertido en una torre radiante, una elevación que provoca el estallido y la entropía, igual que lo hicieron las Twin Towers. Cualquier alumna, cualquier alumno de 13 años -la paridad funciona ante todo en la velocidad unisex, con el juego fatal de una expresión explosiva- es incitado hoy a jugar con el automatismo de una provocación que no siempre será fácil parar a tiempo.

No soportamos habitar la tierra, de ahí que no podamos dejar de correr, sea en el frenesí tecnológico y laboral, en la ficción espacial o en el turismo existencial incesante de nuestro ocio. No queda más que una libertad de expresión explosiva, una flexibilidad mórbida que literalmente -al haber perdido la vida su vacuola de silencio- no se tiene nada real que decir. Hasta el sexo, en franco declive como relación que era con lo otro, ha tenido que apuntarse al terrorismo del impacto, a una línea alternativa de penetraciones transversales que deben resucitar un deseo y una erección cada día más dudosos. ¿Cómo no va estar en crisis el deseo si se alimenta de la penumbra de los límites y estos están liquidados por unos relámpagos de iluminación que no cesan durante las veinticuatro horas?

El fundamentalismo islámico ha aprendido a utilizar bien nuestro modelo, aprovechando la velocidad explosiva y las concentraciones masivas para lograr un estallido que haga añicos nuestra frágil comunidad.

Las cantidad ingente de personas que se fugan sin dejar rastro indican que una ética de la desaparición -similar a la pantalla en nieve que resume todas las pantallas- es el trasfondo de nuestra velocidad de escape. Antes muertos que sencillos. Antes espectrales que sólidos de cuerpo real, con una buena relación trágica con la finitud.

El modelo en el que nos encerramos es el del terrorismo espectacular. Busquemos si no un anuncio que se aleje de ese modelo del impacto y juegue con la calma: probablemente tendrá un fracaso asegurado. El encuentro anual de la MTV, con Miley Cyrus o Beyoncé meneando frenéticamente sus nalgas mientras lamen vergas imaginarias en el aire. La idiotez luminosa de Eurovisión, con todas las estrellas diciendo lo mismo en inglés. Dani Mateo acribillando en la televisión a una decrépita Rita Barberá, ya tocada de muerte. Y también Slavoj Žižek, componiendo escabrosos chistes "lacanianos" que sólo adornan nuestro conductismo masivo. Así hasta el infinito, pues nuestro modelo salvífico es lo que se ha llamado el "terror de la inmanencia" (Han). En un mundo sin dios, el nuevo dios debe serlo el estallido del mundo, repartiendo unas esquirlas de escándalo que harán más normal la vuelta al trabajo mañana. Ya se sabe que, aun por la puerta de atrás, la religión siempre triunfa. Y hoy sólo el demonio de un mal exterior puede endiosar a una sociedad que no cree en nada.

El terrorismo del impacto es la única forma que hemos encontrado de lograr un buen simulacro de continuidad en una cultura que ha querido fragmentar la vida mortal y huye de su continuidad como de la peste. La cadena de estallidos o informativos logra una especie de continuum que cubre el día con una atención cautiva. El terrorismo de los medios, generando alarma social, crea también el público masivo -con cada uno pegado a miles- de un medio supra-conductor del miedo, pues esa humanidad concentrada apenas tiene relación con la comunidad de un suelo. Solo le queda a flor de piel las emociones flotantes. En caso de estallido, el pánico se extiende como un virus en las redes. El terrorismo del espectáculo nos expropia el presente, se dijo en su tiempo, pero eso es exactamente lo que se busca: que el silencio arcaico de las vidas no pese. Por la vía del aislamiento real y la conexión virtual, buscamos el nuevo dios de una transparencia celeste.

En cierto modo cada bomba que estalla lo hace sobre una explosión anterior, un impacto que ya ha sido viral, desbordando esa segundabomba la masa crítica de lo social y creando una histeria generalizada. Pero antes del atentado, el espectáculo de turno -sea Ariana Grande o Eagles of Death Metal- ha preparado el terreno, poniendo al público al borde del estallido. Después sólo hace falta una chispa, a veces una broma o una alarma falsa, para que la tragedia se desencadene.

Fijémonos en dos detalles. En sala Bataclán, la noche del 13 de noviembre, el estruendo era tal que durante unos segundos el público y los propios músicos de Eagles of Death Metal -significativo nombre- creyeron que los estallidos eran parte del espectáculo. Con la misma lógica, Baudrillard recuerda que la mañana del 11 de septiembre las dos Torres Gemelas, impresionantes en su elevación, parecieron casi derrumbarse a la señal de los dos aviones. Antes, durante minutos y minutos, los periodistas neoyorquinos no podían dar crédito a lo que veían sus ojos y pensaban que todo era producto de un accidente provocado por la geometría imponente de las torres. A toro pasado, hubo que censurar novelas y portadas de discos que anunciaban una catástrofe así, como si ya la soberbia elevación de nuestra cultura llamase al desastre. En realidad, nuestro sistema sueña con la catástrofe, la necesita como único modo de justificar la separación de una vieja vida mortal con la que ya no podemos.

El fundamentalismo del burka y las barbas tiene su simétrico reverso -aunque posiblemente anterior- en nuestro fundamentalismo de los cuerpos radiantes, desnudos y brillantes de crema, cirugía estética y moreno niquelado. Igual que en las nuevas series televisivas, el primer terrorismo está del lado del orden estatal, con esas guapas policías que manejan sofisticadas tecnologías y nunca serían capaces de sentir odio por nada o derramar sangre con pasión.

Entendámonos. Nadie sugiere que el Daesh no sea un problema político y militar acuciante. Nadie está diciendo que el terrorismo yihadista -que capta también a la juventud europea de origen inmigrante- sea la sucursal de algunos de nuestros poderes ocultos. Toda teoría de la conspiración es ingenua, pues el eje de nuestro poder -y de nuestra impotencia- es el vacío, la voluntad nihilista que una y otra vez ha de rellenarse de estruendo. El vacío es lo único que para nosotros puede ser universal. Y el fundamentalismo islámico ha aprendido a utilizar bien nuestro modelo, aprovechando la velocidad explosiva y las concentraciones masivas para lograr un estallido que haga añicos nuestra frágil comunidad. Pero el terrorismo es ingenuo en este punto, pues encarna un mal que por fin es exterior y tiene culpables, reforzando de manera insólita nuestra cohesión. ¿Será por esta razón que cada atentado no logra más que reforzar el sistema, la seguridad militar de un espectáculo civil que no puede parar?

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