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La importancia del juego simbólico frente al juego real en el desarrollo de los niños

25/02/2016 06:59 CET | Actualizado 24/02/2017 11:12 CET
Ute Grabowsky via Getty Images
SANKT AUGUSTIN, GERMANY - AUGUST 05: Portrait of a six-year-old boy with blond curls talking on the banana phone on August 05, 2014, in Sankt Augustin, Germany. Photo by Ute Grabowsky/Photothek via Getty Images)***Local Caption***

Jugar es de vital importancia para la vida del niño, en especial el juego simbólico, que es el que realiza un niño sin que nadie le dirija el juego. Cuando juegan a ser médicos, superhéroes o papás y mamás, están practicando el juego simbólico.

Hoy en día se accede al juego virtual con demasiada prontitud, cerrando la puerta a espacios y tiempos donde se acceda al juego con juguetes, donde los objetos tengan al menos tres dimensiones y puedan sustentar el estatuto de objeto transicional, como decía Winnicot. Este objeto "mágico" que hace de puente entre el mundo simbólico del niño y la realidad, en ese espacio que no está ni adentro ni afuera, o que está (porque sí es posible) en los dos sitios a la vez.

Cualquier objeto o juguete, comercializado o no, abre un campo de posibilidades en el que el niño es el que determina dónde empieza y dónde acaba el juego, su desarrollo y sus reglas. Es en este tipo de juego, el simbólico, donde surge su subjetividad. Es decir, donde aparecen sus intenciones de construir o destruir, entre otras;  sus pasiones (ese amor/odio, que es un neologismo inventado por Lacan), sus deseos. Es en este tipo de juego en el que niño va a estar presente en lo que hace, y ahí es donde aparece el sujeto. 

Se podría alegar que cuando juega con juegos de la tablet también está muy presente, pero esa presencia no permite llevar la iniciativa. Normalmente uno se tiene que sujetar a unas reglas muy determinadas que él no ha decidido. En general, se práctica un automatismo, un sometimiento en que se repite y se repite y no producen cambios en quien los práctica. Más bien, una cierta excitación que le induce a seguir y seguir, y a no poder cortar.

Y bueno, puede ser interesante, pero lo problemático, como casi siempre, está en la cantidad de tiempo que se emplea en un tipo de juego u otro.

El juego simbólico se puede practicar solo o en compañía. En general, sirve para representar una escena vivida, una historia, pudiendo crear una ficción en torno a ella. Le llamamos simbólico porque remite a otra escena, a otra historia, y le va a permitir al niño reelaborarla, cambiando lugares (el que antes mandaba, ahora puede obedecer), palabras. Es decir, cambiando el discurso. Va a ser en esa transformación donde aparece el sujeto, donde va a aparecer el deseo del niño. Y por lo tanto, va a producir efectos de cambio en él.

El juego permite que aparezca el conflicto. No es que lo provoque, como algunos pueden argumentar, sino que deja que emerja, lo cual es muy importante para poder ensayar diferentes respuestas.

A menudo, los niños que no están acostumbrados a este tipo de juegos pueden ofrecer cierta resistencia. Por eso es tan importante muchas veces que sean los adultos quienes sostengan esos espacios, al principio estando más presentes, acompañándolos, ayudándoles, estando cerca y con pocos objetos o juguetes, hasta que aprendan a "estar solos en compañía", en palabras de Winnicott. Abrir espacios y lanzar propuestas determinadas puede producir grandes cambios. ¿Cómo? Por ejemplo, creando rincones de juego. Es decir, dedicando un espacio determinado de los lugares comunes (salón, habitación, clase,...), apagando la televisión. En definitiva, estando para ellos. A su lado y disponibles, como un asistente cuando se le reclama ayuda. Solamente dando tiempo y permitiendo que este jugar se repita y que gracias a esa repetición se puedan  producir cambios cualitativos.

Es en el escenario del juego simbólico donde se pueden producir cambios sustantivos en los niños. Pero claro, sabiendo que va a depender de la edad y los procesos vividos por ellos para que la presencia del Otro -la persona significativa para el niño-, sea más física o simbólica: a mayor dependencia, hay más necesidad de la cercanía del Otro, de la certeza de que el Otro está ahí, de que el niño o la niña está bajo su mirada y de que el adulto va a poder ser garante, en cierta forma, de sus incertidumbres, de los equívocos que puedan surgir, de los imprevistos. 

El juego permite que aparezca el conflicto. No es que lo provoque, como algunos pueden argumentar, sino que deja que emerja, lo cual es muy importante para poder ensayar diferentes respuestas. Está comprobado, por ejemplo, que si yo repitiera este artículo, nunca saldría de la misma manera, pues en algunas ocasiones reprimimos unas cosas y en otros momentos otras. Igual pasa con el juego, que está signado por la tiché, por el azar y es el protagonista el que tiene que elegir, nunca se produce igual. Y si así fuera, si la respuesta ante un escenario fuera estereotipada, siempre la misma, sin cambios, deberíamos preocuparnos por saber que le está pasando a ese niño.

Entre las múltiples funciones que puede cumplir el juego simbólico destaco dos especialmente: una, que puede ser una vía de escape y de elaboración del mundo pulsional del niño; y otra, que va permitir al adulto comprender y conocer a los niños en su verdad, no quedándose con la imagen de niño que tiene en su cabeza -sin escucharlos verdaderamente- y sorprendiéndose cuando llega a la adolescencia de sus sufrimientos, bloqueos, actuaciones y deseos.

Este artículo fue publicado originalmente en El HuffPost UK