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Ortega, Zuma, Trump y los votos de los miserables

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Doña Ángeles, Managua, enseñando sus escrituras. Foto: Javier Brandoli

A Doña Ángeles las previsiones del Fondo Monetario Internacional, los editoriales de los importantes medios nacionales e internacionales que estábamos desplazados allí, las justas quejas de la oposición apartada del proceso electoral con alevosía y nocturnidad y la Carta de Derechos Humanos de la ONU, le importan un carajo. Ella, con cara sonriente, en el salón de su casa, en la que que, con enrome generosidad me invitó a entrar, se sentó en una silla endeble en medio de una habitación oscura y me dijo: "Yo voto por mi presidente, voto por Daniel Ortega".

Su vivienda en la colonia San José Oriental de Managua, que la había construido el Frente Sandinista de Liberación Nacional, era un cúmulo de despojos que ella me iba explicando con una sonrisa a la que le faltaban dientes y un cuerpo al que le sobraban años. Un suelo con paredes, puertas y ventanas al que ella le encontraba sólo un inconveniente: "Aún sigo esperando que me ponga mi presidente el techo de zinc", me explica. "Eso llega ahora, no se impaciente", le replicaban unos vecinos. Y ella, mirando las grietas del cielo de su vivienda que hace que algunas tardes la lluvia no le deje concentrarse en su telenovela que, por arte de magia, aparece en su televisor del pleistoceno, responde: "Yo sé que mi presidente me lo pondrá".

"Muchas gracias, una se siente gozosa cuando la toman en cuenta", me dice doña Ángeles, una fiel votante de Daniel Ortega.

Ahí se acababa toda la política de un voto. Simple, un techo de zinc para no mojarse. Cuando me iba de su casa, ella, Ángeles Gutiérrez, me da un fuerte abrazo y me dice: "Muchas gracias, una se siente gozosa cuando la toman en cuenta".

Me recordó mucho la escena a una cosa que me explicó mi amigo Juan Ignacio Sánchez, que desde hace años colabora con la fantástica Asociación Solidaria con Centroamérica Agustín Drake en varios proyectos en la ciudad de Estelí, al norte de Nicaragua: "Yo estaba allí en 2010 cuando a las comunidades de campesinos les regaló el Gobierno un techo de zinc, unos cerdos y unas gallinas. Para ellos es un regalo importantísimo, pero es sobre todo la sensación de que alguien se acuerda de ellos".

En la barriada de Khayelitsha, la township más miserable de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, donde millones de personas viven aglutinadas entre infraviviendas por las que se desparraman el alcohol y la violencia, comenzaba en 2010 a haber algunas signos de esperanza. Eran casas hechas de cemento, con enganches ilegales de luz y agua corriente saliendo de los grifos. Un lujo.

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Monica, Khayelitsha. Foto: Javier Brandoli

Monica era una limpiadora con dos hijas que se acababa de quedar sin trabajo. Nos ofreció que fuéramos a conocer la casa que el Gobierno le acababa de regalar. Había entonces un programa del Gobierno del Congreso Nacional Africano (ANC) para acabar con las infraviviendas de los guetos hechas de cartón que consistía en que la Administración te daba los materiales para hacerte una casa de cemento y, supuestamente, derribabas la vieja y paupérrima construcción (en la práctica, lo que pasaba es que alquilaban la vieja casa a otros inmigrantes africanos aún más empobrecidos y las familias beneficiadas se trasladaban a la nueva).

Daniel Ortega ha cambiado la Constitución para poder ser reelegido indefinidamente y controla todos los poderes del estado, hasta conseguir que la Corte Suprema ilegalizara a los principales opositores.

Llegamos frente a una casa de cemento, con puertas, ventanas y un techo firme. Ella abrió la puerta principal con una sonrisa orgullosa. Dentro había un suelo de cemento de obra, dos cubos que atravesaba un madero donde sentarse y un sofá con agujeros. En la cocina había un fuego grande, una cacerola y una vieja nevera. El cuarto tenía un camastro, muchas bolsas por el suelo y unas cajas que hacían de armario junto a una cómoda. Nada más.

Daniel Ortega fue presidente de Nicaragua desde 1979 hasta 1990, y ahora es presidente desde 2007. Ha cambiado la Constitución para poder ser reelegido indefinidamente, controla todos los poderes del estado, hasta conseguir que la Corte Suprema ilegalizara a los principales opositores, sus hijos dirigen buena parte de las empresas del país, incluidos numerosos medios de comunicación, y su compañera de fórmula y posible sucesora es su esposa, Rosario Murillo, desde el domingo pasado oficialmente la vicepresidenta.

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Celebración de la victoria del FSLN, 6 de noviembre. Foto: Javier Brandoli

Jacob Zuma es presidente de Sudáfrica desde 2009. Ahora mismo se discute si destituirle, hasta la Fundación Nelson Mandela lo ha aconsejado, por un escándalo de corrupción relacionado con una vivienda que se construyó en Nkandla en la que se han usado importantes fondos públicos. El escándalo es de 2009 también y lo hemos diseccionado todos los medios nacionales e internacionales. La lista de escándalos y corruptelas del ANC y de Zuma harían este texto interminable.

El país más importante del mundo acaba de elegir como presidente a un detestable hombre a los ojos de un neoyorquino que lee libros de Joyce Carol, pero un triunfador que habla su idioma a los ojos de un obrero de Idaho.

Zuma y Ortega, sin embargo, ganan sus elecciones, ¿por qué? Supongo que en buena parte por la lógica aplastante del zinc. A sus votantes la vida les aguanta en sus casas, de ahí para afuera todo es una herencia hostil de padres e hijos que reciben como único legado un trozo de hambre. Nada les espera, nacen y mueren condenados a vivir una simple supervivencia.

Los importantes medios de comunicación hacemos análisis macroeconómicos, de derechos y libertades universales y de corrientes de pensamiento, mientras la política clásica ha dejado de hacer su trabajo en la calle para hacerlo en televisiones, periódicos, radios y redes sociales. Se olvidaron del boca a boca y se refugiaron en el cálido mundo virtual donde crees que las victorias las dan los editoriales de los periódicos más vendidos y una avalancha de retweets fomentada por los creadores de opinión.

Sólo se acuerdan de la tropa de miserables una vez cada cuatro años, que es el único momento en que ellos valen lo mismo que los otros. Su voto, el voto de Ángeles, vale tanto como el de un universitario que hable cinco idiomas y entienda los algoritmos bursátiles, que el de un lector acérrimo de filosofía y que el de un esforzado comerciante de clase media que entiende los problemas de las fluctuaciones de su moneda. Y Ángeles necesita un techo y unos chanchos (cerdos), como Monica necesita un cemento que le haga dormir con menos frío.

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Hollywood Boulevard, Los Ángeles. Foto: Javier Brandoli

El populismo es un giro irrevocable que acabamos de ver en EEUU. El país más importante del mundo acaba de elegir como presidente a un detestable hombre a los ojos de un neoyorquino que lee libros de Joyce Carol, pero un triunfador que habla su idioma a los ojos de un obrero de Idaho. Le habló de sus problemas como Ortega y Zuma hablaron a Ángeles y Monica de los suyos.

La democracia era esto y ahora quizá descubrimos que no nos gusta. Bakunin dijo que no creía en la democracia porque su voto valía lo mismo que el voto de un campesino siberiano. Doña Ángeles y su zinc ponen a Ortega de presidente en Nicaragua, y si alguien quieren contar con ese voto, ya sabe que tiene que hacer, prometerle también un zinc a la buena señora que, como a todos, no le gusta mojarse mientras ve su telenovelas. Lo otro, las cuentas del país y sus libertades le afectan lo mismo a ella si van bien que si van mal. Siempre le fueron ajenas en sus rutinas. Libertad para ellos es un plato de comida en la mesa y un techo que mirar al acostarse, el resto, en sus vidas, es demagogia.