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El suspenso de los políticos

24/10/2012 08:43 CEST | Actualizado 23/12/2012 11:12 CET

Una vez más, las encuestas dan un suspenso generalizado a todos los líderes políticos sobre los que se cuestiona. Es decir, la representación muestral de ciudadanos que participa en las encuestas les valora por debajo de cinco de media. Ciñéndonos a las encuestas oficiales del CIS, en el barómetro de julio, ni uno sólo, ya sea de la oposición o miembro del Gobierno, aprobó. Ahora, las encuestas pre-electorales han dado el mismo resultado a los líderes gallegos y vascos que se presentan para la convocatoria del próximo domingo día 21 de noviembre. Y aun cuando la cosa nos parezca tan normal, por fuerza de la costumbre, hay que recordar que hubo un tiempo -no hace tanto- en que, además de los líderes que suspendían, los había que aprobaban. Es durante el año 2008 cuando empieza a extenderse de tal manera la epidemia que llega a todos los líderes políticos cuestionados. Es decir, recién salidos de la convocatoria de generales de marzo de ese año. Un punto de inflexión que es sintomático. Sólo se mantendrán durante algún tiempo con una valoración por encima del cinco algunos miembros del Gobierno hasta pocos meses antes de la convocatoria de 2012, como Chacón, Fernández de la Vega y Rubalcaba.

Cuesta admitir que los políticos de ahora son mucho peores que los de antes. Entre otras cosas, porque una parte importante son los mismos. Puede ser que hayan empeorado con el paso del tiempo. Pero parece que la respuesta habría que encontrarla más en quien juzga, que en el objeto juzgado y su comportamiento. En situaciones difíciles, la sociedad exige más de los políticos. Entre otras cosas, exige que le arreglen los problemas y, cuando los problemas crecen, también lo hacen las exigencias. O, al menos, que quienes tienen que arreglarlo, no se conviertan en sí en un problema, como mensualmente reflejan los propios barómetros del CIS, situando a la clase política como tercer problema.

La acritud generalizada contra la política y los políticos parece evidente. Incluso comprensible, aun cuando desde cierta reflexión aparezca como peligrosa para el propio sistema democrático y ocasionalmente excesiva o hasta injusta, cuando se observa que son igualmente castigados los que tienen una oscura sombra de sospecha de corrupción, como ha pasado en algunas Comunidades Autónomas hace relativamente poco tiempo, y quienes tal vez lo hagan mal, pero se dedican a ello con esfuerzo y honradez.

Ahondando en la distribución de estas valoraciones, se observa que, en buena medida, son resultado de la negación de todo reconocimiento al adversario. La proporción de, por ejemplo, votantes (en la anterior convocatoria electoral) del PP que dan un cero al líder del PSOE (y de otros partidos) y, al revés, de votantes del PSOE que dan un cero al líder del PP (y de otros partidos); y del resto de votantes a otros partidos que dan un cero al resto de partidos, menos al suyo, no deja de crecer. A los contrincantes se les niega todo. A los propios, tampoco se les pone por las nubes a la hora de dar calificaciones. Incluso, como hacen los votantes del PSOE con el candidato de este partido en Galicia, el señor Vázquez, llegan a condenarle al suspenso. Así, el cero de un puñado importante de "contrarios" y la poca valoración de los propios, desemboca en una nota media baja.

El suspenso generalizado procede del cerismo. Así, según el resultado del barómetro político del CIS del pasado mes de julio, el 15% de los votantes del PP que valoran a Cayo Lara le dan un cero. Porcentaje que aumenta al 26% cuando el valorado es Rubalcaba. A su vez, el 34% de los votantes del PSOE que valoran a Rajoy le dejan en el cero; lo mismo que el 47% de los votantes de IU.

Es decir, parece que no se trata tanto de una demanda o búsqueda infructuosa de un modelo de líder, ya sea gestor, populista, abierto o lo que sea, sino el disparo ácido contra el líder contrario. Es una especie de mi lider político es poco; pero, el tuyo: nada.

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