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La Glorieta Manuel Azaña

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Foto de la Glorieta Manuel Azaña/Ayuntamiento de Alcalá de Henares

El 11 de mayo de 1936, uno de los más ilustres hijos de Alcalá de Henares, Don Manuel Azaña, fue elegido por abrumadora mayoría presidente de la República Española. Culminaba así la trayectoria política e intelectual de uno de los mejores pensadores españoles del Siglo XX.

Político, escritor, periodista y jurista, Azaña resumió en su vida el impulso de aquellos españoles que se rebelaron contra el atraso económico y social del país, su desconexión de Europa y la ausencia de un Estado moderno gobernado por criterios democráticos.

Así lo plasmó en su vida política, en la que fue Jefe del Estado, presidente del Consejo de Ministros, ministro de la Guerra y diputado; en sus libros y artículos, sin los que sería imposible entender aquella hora de España; y en sus discursos, que le consagraron como uno de los mejores oradores del país.

En uno de ellos, en medio todavía del fragor del combate por la libertad contra quienes querían destruirla, no olvidó recordar "la verdadera base de la nacionalidad y del sentimiento patriótico: que todos somos hijos del mismo sol y tributarios del mismo arroyo".

Alcalá no quiere que el recuerdo de Azaña se desvanezca para las futuras generaciones.

Quizás por esa capacidad de mantener al mismo tiempo la lealtad a los ideales y a la legalidad, la determinación de defenderlos y el deseo de paz, piedad y perdón para reconstruir un país que no había querido la guerra pero al que se la habían impuesto, el presidente Azaña figuró siempre entre los dirigentes republicanos más odiados por el franquismo.

Estoy seguro de que Don Manuel hubiera aplaudido a dos manos la recuperación de la democracia, la adhesión a la Unión Europea y el progreso protagonizados por España desde 1977. Ese era el país con el que soñó cuando aún hablaban las armas.

Sin embargo, nuestra democracia no le ha rendido a estas alturas el sentido homenaje que se merece. Pocas son las calles y plazas que llevan su nombre. Escasos los bustos que recuerdan su rostro de gafas redondas. Solo desde hace pocos años uno de ellos descansa silencioso junto al del presidente Alcalá-Zamora en el Congreso de los Diputados.

Y Alcalá no quiere que su recuerdo se desvanezca para las futuras generaciones. Por eso, en el 80 aniversario de su elección como presidente de la República, el Gobierno municipal ha decidido proponer que la Glorieta en la que su estatua acoge y despide a cuantos llegan y dejan la ciudad lleve su nombre.

Hacerlo será una manera de recordar que nuestra libertad procede de aquellos que, como Don Manuel Azaña, la imaginaron, la defendieron y la encarnaron para y en nombre de todos los que la amaban, siguiendo el consejo que el escritor universal Miguel de Cervantes -otro ilustre hijo de Alcalá, cuyo IV Centenario estamos conmemorando con esfuerzo y orgullo- puso en boca de Don Quijote dirigiéndose a Sancho: "Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida".

Para Alcalá de Henares, esta decisión será, sobre todo -parafraseando al embajador de México al cubrir el féretro de Azaña con la bandera de aquel país hermano al negarse el Gobierno de Pétain a que se colocara la enseña republicana-, un privilegio.