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España, Catalunya y el referéndum

20/09/2017 07:25 CEST | Actualizado 20/09/2017 07:25 CEST
EFE

Si algo plantea el escenario del próximo 1 de octubre en Catalunya es, ante todo, la compleja plurinacionalidad desde la que se construye el Estado español. Es decir, sobre la base de una nación jurídica y política, además del español, conviven tres nacionalismos sub-estatales como son el gallego, el vasco y el catalán. Y es que, la conflictividad entre nacionalismos culturales bajo clivajes que son comprendidos, erróneamente, bajo lógicas centro-periferia, no son nuevos ni patrimonio exclusivo de España. En Italia, Reino Unido, Alemania o Bélgica existen, cada uno con sus particularidades, este tipo de circunstancias. Lo mismo en la historia española, pues basta recordar el Estatuto catalán de 1932 que tanto enfrentó a Azaña y Ortega como al proyecto republicano y al independentismo catalán en los años del radical-cedismo y tras el desencadenamiento de la Guerra Civil.

Guste más o menos, y se recurra a comunidades imaginadas o a discursos tan simplistas como rancios de uno y otro lado, lo cierto es que la "cuestión catalana" se trata de algo irresoluto tras las cuatro décadas de democracia española y las otras tantas de una dictadura que, bajo su impronta nacional-católica, trató de invisibilizar.

A este punto de aparente no retorno también se llega por la mezquindad de élites políticas españolas y catalanas.

Sin embargo, a este punto de aparente no retorno también se llega por la mezquindad de élites políticas españolas y catalanas. Posiciones como la del Partido Popular que, a pesar de la conflictividad política y social existentes, niegan el problema y, con ello, hacen innecesaria su superación. Posiciones como las de parte de Junts pel Sí, cuya evocación nacional y su particular problematización se han instrumentalizado para que los marcos de referencia de su gestión política se centren en el cribaje identitario y no en la gestión política de la crisis. Ello, so pena de vaciar de sentido la ideología y optar por un rédito electoral reducido en clave secesionista. Dicho de otro modo, Rajoy haciendo las veces de valedor de un españolismo, en muchas ocasiones superado, y Mas evocando a un Francesc Macià que no asume otra forma integradora plurinacional que no sea la ruptura.

En cualquier caso, continuismo o ruptura resultan mutuamente desfavorables si efectivamente se busca superar este impasse. Un impasse que trasciende de si España pierde un 20% de PIB y población o de si Catalunya se queda fuera de la Unión Europea. Es decir, llegados a esta situación, lo único que parece claro es que hay que superar el solución tautológica y poco pragmática de una legalidad inspirada en la Constitución y cuya realidad resulta mucho más compleja que la interpretación que realiza de la misma.

Posiblemente, nada sirva de mucho mientras no aprendamos tres lecciones. Uno: la democracia se construye con legitimidad antes que con legalidad. Dos: toda nación cultural debe disponer de la opción de poder erigirse en nación política. Tres: si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias y, por ende, la gestión del conflicto ha de buscarse transformando las opciones legales de la realidad a través del reconocimiento y no por medio de su negación. Todo, más allá de si individualmente nos gusta una solución, la contraria o, como es mi caso, ninguna de las dos tal y como se presentan.