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Fotografiando cine...

19/02/2013 08:25 CET | Actualizado 20/04/2013 11:12 CEST

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Veo a Luisa y a Esteban.

Veo a Asunción Balaguer y a Fernando Guillén.

Veo personas, vislumbro personajes.

Veo canas, arrugas, maestría, cicatrices de vidas vividas, miradas sabias, amables, intensas...

 

Los que nos miran protagonizan la obra que ganó recientemente el premio Gaudí al mejor cortometraje después de meses de galardones y nominaciones. Luisa no está en casa es la historia de un matrimonio narrada a base de silencios, de esos silencios cotidianos que habitan en las antípodas de la complicidad, de esos silencios que hieren, que pudren, que asfixian. Celia Rico, directora y guionista del corto, nos habla en su ópera prima de una pareja y sus soledades compartidas y dolientes mientras retrata con delicadeza a una generación de mujeres que asumió el silencio y la obediencia como obligación y renuncia. Y lo hace con virtuosismo y esperanza señalando la grieta en el muro, la luz que irradia el descubrimiento de la libertad.

El escritor John Berger explicaba que la fotografía es memoria y el cine aventura, que uno es retrospectiva y el otro anticipador, que ante una fotografía buscas lo que estaba ahí y ante una película esperas qué viene a continuación. Por eso fotografiar el rodaje y el making off de un cortometraje implica la inquietante alteración del orden natural de las cosas (si es que existe el 'orden' o el 'orden natural').

 

Fotografiar las entrañas de un rodaje es traducir a imágenes los momentos excluidos del silencio, se rueda, es capturar la realidad necesaria para construir la irrealidad, es buscar la parte visible de lo real y la invisible de la ficción. Es pasear por un lugar habitado por muchas más personas de las que vemos en pantalla, un lugar construido gracias a la apuesta de Josep Amorós y la ilusión y constancia de Celia, perderse entre bastidores es charlar sobre enredaderas con Asunción y reír hasta las lágrimas con María Alfonsa Rosso (la tercera protagonista del cortometraje), es sentir la energía de Fernando y alternar momentos eufóricos y tensos en un microcosmos demasiado irreal para ser el real.

 

Fotografiar la milimétrica magia del cine es, por el contrario, captar la realidad de lo irreal, lo visible del simulacro, es congelar el movimiento de un rodaje y contener la respiración durante el silencio catedralicio que genera el ¡cámara!¡acción!. Es todo eso y un acto de fé para creer que tiempo y trabajo después, cuando el montaje ordene y enlace las escenas, veremos una historia que nos emocionará como si de la misma realidad se tratara.

 

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