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El 'negocio del miedo' a la alergia, culpable de la preocupación de los padres

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Foto: ISTOCK

Hace unos días leíamos en El País una noticia sobre el abuso de las farmacéuticas al multiplicar por cuatrocientos el precio de un medicamento único, la adrenalina precargada, un lamentable acto de chantaje, monopolio, avaricia y egoísmo, como tantos otros a los que nos tienen acostumbrados este tipo de empresas, que junto a las alimentarias gozan de la peor fama, ganada a pulso.

Es cierto, una medicina que la competencia no ha podido clonar todavía se puede poner al precio que sea. Si además es necesaria, pues entonces el negocio está hecho. Sovaldi para la hepatitis C, Tamiflu para la gripe A (demostrado además que fue un fraude), vacuna Bexsero para la meningitis B, etc.... Y en este caso, adrenalina autoinyectable para la anafilaxia o reacciones alérgicas extremas.

Mucho se habló de esto a raíz del artículo, y llegamos a la conclusión de que las farmas son malas, malísimas, eso está claro. No se deben a la salud de la gente, sino a cuentas de resultados de sus accionistas. Y si no hay enfermedades rentables, pues se crean, faltaría más. Así, tenemos prediabetes, prehipertensos, síndrome metabólico, síndrome postvacacional tan de moda ahora, niños excesivamente diagnosticados y tratados de hiperactividad y déficit de atención, la epidemia actual de falta de vitamina D...

¿Pero estas cosas les pasan a los americanos solo con su precario sistema sanitario o a nosotros también nos afectan? En España se comercializan dos tipos de adrenalina: la que viene en ampollas en cajas de diez a treinta y nueve céntimos de euro la unidad y la que viene ya en jeringa para inyectar un mililitro, que hay que saber poner, porque hay que quitarle el aire a la jeringa y eso tan chusco que hacen las enfermeras de apretar hacia arriba para que salgan unas gotitas previo a inyectarlo en un músculo, además de ajustar la dosis necesaria según el peso del peque. Esta cuesta algo más caro: 4.48 euros la inyección.

Bueno, hasta aquí es asumible, ¿dónde está el problema?

Pues que el momento de la reacción anafiláctica es muy estresante. De hecho, si se produce, puede que se esté muriendo el chico o asfixiándose al menos. Y para el gran público, ponerse a preparar la inyección es doblemente estresante, y no al alcance de todos. Eso lo usamos en los centros de salud, urgencias y emergencias, pero no se le puede pedir a todo el mundo que conserve la calma y esté entrenado en cómo hacerlo. Si existiera un artilugio que sólo hubiera que acercar al muslo y calculara la dosis que poner, la inyectara hasta con el pantalón puesto y fuera igual de efectivo, sería ideal... Lo hay, pero cuesta 42,09 euros para peques y 53,28 euros para mayorcitos.

¡Bueeeno va! Una vez en la vida, se hace el esfuerzo, pagamos la comodidad, sigo sin ver el problema.

La prensa sensacionalista siempre estará atenta para airear en primera página cualquier muerte que pudiera ocurrir por no haber tenido a mano la varita de la vida .

La cosa se complica cuando resulta que la caducidad es bastante limitada, seis meses o un año si tienes suerte y te la den recién llegada. Si lleva un tiempo en stock, entonces el tiempo disminuye y te puede ocurrir como cuando compras yogures casi caducados; pasado ese tiempo, hay que tirar el artilugio y comprar otro. Además, tendrán los padres que llevar uno siempre con ellos. Padre, madre, abuelos y también otro para que lo tenga el colegio, por si acaso. Lo ideal es que lo llevara el niño siempre encima, pero es evidente que eso es muy complicado. Esto multiplica el coste por tres o por cuatro según lo agonías que se sea.

Las alergias son cada vez más frecuentes y en el colegio se juntan varios críos con el mismo problema. Cada uno debe llevar su mediación, llegando al absurdo de juntar en la enfermería del colegio muchas dosis de adrenalina que se caducarán sin usar, antihistamínicos, algún corticoide, y todo ello propiedad de cada niño. Yo propongo que las AMPAS se hagan cargo de que haya uno o dos de cada producto siempre, pagados por los infortunados padres afectados. Pero en el caso de mi pueblo, en un colegio con mil niños, en vez de treinta dosis de adrenalina, podría haber dos o tres, que ya sería mala suerte que le dé anafilaxia a la vez a cuatro, y más cuando el centro de salud está a solo dos minutos, y cuando los profesores no están entrenados ni tienen por qué estarlo. ¿O sí? Así, el coste sería mucho menor.

Pero para que funcione un negocio de este calibre, con un accidente tan inusual y escaso afortunadamente como la anafilaxia grave en el que no dé tiempo en nuestro medio de llegar a un centro de salud o unas urgencias, hace falta que haya algo más. Vale que las farmacéuticas son unas desalmadas, vale que las alergias están creciendo sin tener muy claro el porqué, pero reacciones en las que esté indicado poner adrenalina son muy pocas. Podría recordar con los dedos de una mano las veces que me he visto obligado a usarlo en mi carrera profesional. ¿Qué es ese algo más, cuál es la otra pata del banco del negocio de la adrenalina?

El miedo

Alergólogos y pediatras proactivos recomiendan, muchas de las veces sin evidencia y sin más razón que el miedo, portear por doquier la preciada jeringa mágica salvadora. Algunos propondrían sin rubor que todo ser viviente debería llevar la carta de poder encima siempre por si acaso, mira que si eres alérgico y no lo sabes... Somos nosotros mismos, los médicos, los responsables y coautores del chantaje a los padres, unos vocacionales y amedrentados por el riesgo y otros incentivados en congresos de lujo donde se demuestra por activa y por pasiva lo bueno de tal remedio mágico, que nos dará más vidas del juego para poder llegar a la meta.

Además, estará atenta siempre la prensa sensacionalista para airear en primera página cualquier muerte que pudiera ocurrir por no haber tenido a mano la varita de la vida.

¿Es realmente necesario? ¿Cuándo es imprescindible su uso? ¿Sabremos usarlo llegado el momento? ¿Quién decide cuando es necesario aplicarlo?