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Jodida amiga

03/04/2017 13:22 CEST | Actualizado 04/04/2017 07:23 CEST
Getty Images/iStockphoto

Es cierto que cuando me confirmaron tu nombre, aunque lo disimulara, aquello pesó como una losa sobre mí. No era la primera vez que lo escuchaba, de hecho me eras bastante familiar, pero aún así he de reconocer que me asusté. Ahora que nos conocemos bien, pues llevamos años compartiendo vida, cuando te miro, en mi mirada más que miedo creo que hay tristeza.

Si tengo que ponerte una imagen, más que el esqueleto vestido de negro y con la guadaña al hombro, te imagino como el verdugo de Berlanga llevado a rastras hasta la habitación donde el garrote vil le está esperando para que ejerza su oficio. De vez en cuando te asomas a verme y percibo en tus ojos una mezcla de culpa y tristeza, como si con ellos pretendieras pedirme perdón por la situación a la que me encuentro abocado. Tranquila, reconozco que hubiera preferido no conocerte pero lo hecho hecho está, aquí estamos los dos, tú pegada a mi.

Mi vida ya no la comprendería sin ti, tú y yo somos uno solo y junto a la importante decadencia física a la que te ves obligada a llevarme, tengo que decirte que he llegado a encontrar flores entre el estiércol. Contigo parecen haberse ido las conversaciones estúpidas, los temas banales, es cierto que nunca he sido dado a ello, de hecho esa incapacidad creo que me ha convertido en un tipo bastante aburrido. Uno no puede ir por la vida siempre con temas profundos, trascendentes, en esos momentos mejor ahuecar el ala y desaparecer, pero así he sido y así han venido dadas las cosas; tu compañía parece haberme otorgado cierta justificación para ese comportamiento. El tipo parco y aburrido da la impresión de haber adquirido un aura que con razón o sin ella se encuentra autorizado para manejarse en esos temas. Al petardo le está permitido serlo y hasta, a veces, es escuchado con interés.

Calladamente tú te encuentras agachada a mi lado transmitiendo una visión de la vida que sin ti difícilmente hubiera elaborado. Esa visión de la vida tiene, quien lo diría, algo más de oriental que de occidental, el movimiento de mis piernas parece haber desaparecido, de tal manera que un metro puede haberse convertido en una distancia insalvable. Ante esta situación o te adaptas a ella o mueres.

Me has convertido en especialista en los detalles pequeños capaz de percibir las pequeñas y devaluadas virtudes: la ternura, la piedad, la empatía.

La vida mantiene su ritmo, no se detiene por el mero hecho de que tú te encuentres confinado a una silla de ruedas, si antes no parabas ahora te ves obligado a hacerlo, si antes todo era urgente ahora no lo es casi nada. Todo sigue igual que antes pero tu perspectiva ha cambiado, lo que antes era pura celeridad ahora es una vida lenta. No puedo mentir, esa lentitud es cruel, penosa, a menudo vivida con impotencia, pero paradójicamente he de reconocer que me ha otorgado cierta paz.

El transcurrir de la vida tiene otra medida, en ella nada es fundamental pero todo es importante, cada detalle tiene sentido por mínimo que sea. En ese enorme tiempo que es vivir nada urge pero todo merece la pena. Puñetera amiga, tú me has dejado aquí parado y no te despegas de mi, supongo que no será arrepentimiento pues ya es familiar para ti, es posible que sólo sea el intento de una simple compañía, de no dejarme solo. No has de preocuparte, aunque te fueras yo no te olvidaría.

Es ese cuerpo que se me ha ido el que se ha convertido en el protagonista permanente ya que lo veo reflejado en el de otros. Basta con una mirada para sentir que me está diciendo "aquí estoy", basta con un ligero contacto de las yemas de unos dedos para sentir que está reviviendo. Un cuerpo que por momentos va más allá de un simple armazón. Te veo intentando armar lo que tú has desarmado, pero no sabes, eres incapaz de hacerlo.

Veo que esa arena con la que intentas rehacerme se te continúa resbalando entre los dedos y con ella también resbala mi cuerpo, ese quejido silencioso que sueña con rehacerse en otras manos. Es tan poco lo que necesita y tan pequeño lo que le da alegría. Es tanto lo que se le ha quitado y tan mínimo con lo que ahora se contentaría. Me has hecho un completo dependiente al que le bastan muy pequeñas cosas para sentirse feliz: la ternura de unas manos acariciando mis mejillas, la mirada de unos ojos que se cruzan y que se dicen lo que es difícil decirse con palabras, otras manos intentando dar calor a mis manos ateridas de frío y dar forma a unos dedos encogidos.

Es tanto lo que los ojos y las manos son capaces de decir y es un lenguaje tan perdido por nosotros. Me has hecho especialista en ese lenguaje no verbal precisamente ahora que mis manos ya no pueden transmitirlo, anhelo recibirlo pero soy incapaz de darlo. Me has convertido en especialista en los detalles pequeños capaz de percibir las pequeñas y devaluadas virtudes: la ternura, la piedad, la empatía. Me has hecho dueño de mis silencios, los has convertido en tiempos para el sosiego o en momentos para el pensar. Jodida amiga, he de reconocer que contigo me ha llegado cierta felicidad, aquella que desconocía y por la que tú al mirarme, puñetera amiga, esbozas una ligera sonrisa de satisfacción.

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