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Reivindicación de la tristeza

30/01/2017 07:17 CET | Actualizado 30/01/2017 07:17 CET

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Foto: Getty Images.

Tras estos días de obligadas sonrisas, de artificiales buenos deseos, lo siento, quiero hacer una reivindicación de la tristeza. En esta época de obsesión enfermiza por la salud, de culto patético por la juventud, de exigencia deprimente de alegría, necesito hacer una reivindicación de la tristeza. No para caer en una ridícula estética de la tristeza, no comparto la estética del pesimismo. El dolor, como la tristeza, como el pesimismo, viene dado, no se elige; si así fuera sería una opción estéril y necia. El ser humano, como ningún ser viviente está hecho para sufrir por sufrir, ni por mandato divino, ni por creencias esotéricas, ni, menos aún, por vacua pose estética.

La tristeza se tiene porque no es posible huir de ella. ¿Cómo ignorar la permanente llamada de atención de un cuerpo doliente haciéndose presente segundo a segundo sin posibilidad alguna de abstraerse? Compañero inseparable al que sólo te resta acostumbrarte, hacer tuyo el ruido para que te permita discriminar el resto de los sonidos.

¿Cómo desoír los quejidos de dolor de la gente que te rodea y a la que quieres? ¿Cómo es posible sentirte indiferente sin pagar el precio de tu deshumanización? Los lamentos de los otros estimulan los tuyos, su pesadumbre se convierte en la tuya, cargas con los tonos que percibe su mirada, te pueden llegar a atemorizar sus sombras.

¿Cómo ignorar la realidad en la que vives y de la que eres partícipe? Sus grietas, sus abismos, sus enormes desequilibrios, la sangre de la que se alimenta, tu colaboración en el festín de unos pocos, tu gesto indolente o el simulacro verbal de solidaridad.

La tristeza es tu sombra, permanece pegada a tus talones, cuanto más deprisa pretendas escapar de ella con más fuerza se unirá a ti, se convierte en el sentimiento de fondo, en el estado corporal predominante, de manera sutil, minimalista quizás, pero que, por su persistencia, contribuye a formar el talante que te caracteriza (El error de Descartes. Antonio Damasio)

No es posible abandonar la tristeza en una esquina, espera un momento que en seguida vuelvo, y dejarla allí para siempre. Tampoco creo que, yo al menos, lo desee. No se trata de un estado corporal emocional que acapare constantemente el primer plano de nuestra atención ni de una coraza que repela cualquier otro sentimiento, con él es posible el sentido del humor, aunque se pueda convertir en un humor negro o irónico; es posible vivir estados de alegría, es incluso compatible con la felicidad como sentimiento de fondo, no la euforia sino la calma, no tiende hacia la oscilación sino al equilibrio. Puede matizar un sentimiento básico para convertirlo en otro más sutil, generar una reacción de síntesis que produzca una emoción adulta, más consiente de los cambios que constituyen la respuesta emocional, más capaz de enfrentarse a la realidad con una respuesta empática, pasando por el tamiz aquellos elementos más rudos, broncos y destemplados, más cercana al otro y a sus circunstancias.

"Memento mori". No es necesario el siervo que sigue al general romano victorioso para recordarle su mortalidad y evitar que caiga en la soberbia, la tristeza invita permanentemente a la humildad. "Quizá la cosa más indispensable que podemos hacer como seres humanos, cada día de nuestra vida, es recordarnos a nosotros mismos y a los demás que somos complejos, frágiles, finitos y únicos" propone Antonio Damasio en el libro citado, de eso se ocupa la tristeza, guardián fiel desplazándote de todo pedestal, sin amargura, sin derrotismo (pero incorporando la derrota como posibilidad y hecho objetivo en la vida), reconociendo la dignidad al mismo tiempo que el humilde origen y la vulnerabilidad. Instalándonos a la altura de los demás y dejándote conmover por ellos.

Razonamiento y emociones no se tratan de procesos independientes, de igual manera que no hay separación posible entre alma y cuerpo. Tristeza no es sinónimo de inteligencia pero sí puede servir de factor desencadenante.

Dejarte provocar alguna emoción, enternecimiento. La ternura es un sentimiento éticamente gozoso y estéticamente fructífero, se trata de una variación en la que se entremezcla la alegría y la tristeza, la primera resulta atemperada por la segunda y ésta dulcificada por la otra. Un sentimiento mucho más ajustado a la realidad capaz de conmover hasta la lágrima bañando con suavidad la mirada, domando la agresividad de las pasiones.

Humildad y ternura llevan a la misericordia. La compasión hacia los sufrimientos o errores ajenos sólo es posible desde las dos premisas anteriores, desde la cercanía y el afecto natural, y con ella todas sus derivaciones: altruismo, humanidad, solidaridad, caridad, clemencia, piedad; y con todo ello la inmersión en un concepto erróneamente añejo, el de la virtud, la preocupación por las cualidades personales esencialmente buenas. La educación emocional es, en sí misma, una educación en valores.

Razonamiento y emociones no se tratan de procesos independientes, de igual manera que no hay separación posible entre alma y cuerpo. El fondo de tristeza también aporta la oportunidad del sentido crítico, de la autocrítica, de la insatisfacción que nos lleva a los deseos de mejora, de la razón con los pies en el suelo. Sólo un punto de insatisfacción aporta el empeño por ir más allá, por no quedar contento sin más con la realidad dada, por la necesidad de discernir, no dejarse atrapar por lugares comunes, por no quedarse paralizado al calor del establo. Tristeza no es sinónimo de inteligencia pero sí puede servir de factor desencadenante.

Por último, el sentimiento de fondo de tristeza no ha de ser equiparable a una personalidad lúgubre, permanentemente cariacontecida. No sólo es posible la sonrisa cuando hay ternura, sino que es inevitable, como lo es el arco iris cuando los rayos de sol atraviesan las gotas de agua.

Este post se publicó originalmente en el blog del autor