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Theresa May y el espíritu guerrero del thatcherismo

27/05/2017 10:31 CEST | Actualizado 27/05/2017 10:31 CEST

EFE

En 1982, cuando el Reino Unido ganó la guerra contra Argentina para mantener su dominio sobre las islas Malvinas, Margaret Thatcher aprovechó la situación para favorecer un discurso nacionalista británico, a pesar de tratarse de un conflicto menor por unas lejanísimas islas que muchos británicos no habrían sabido ubicar en el mapa:

"Hemos dejado de ser una nación en retirada. Por el contrario, tenemos una confianza recién recobrada que ha surgido de las batallas económicas en casa y que ha sido puesta a prueba y confirmada a 8.000 millas de distancia... Nos alegramos de que el Reino Unido haya reavivado ese espíritu que ha prendido en su seno durante generaciones y que hoy ha empezado a arder tan deslumbrante desde entonces. El Reino Unido se encontró a sí mismo en el Atlántico sur y no mirará atrás después de esta victoria".


Duramente cuestionada durante parte de su primer mandato por los conflictos con los sindicatos y una mala situación económica, a Thatcher le salió bien el revival neoimperial, que vinculaba su determinación por recortar el sector público y los beneficios del Estado del bienestar con las gestas de valerosos soldados empeñados en mantener la soberanía británica de aquellas islas desapacibles. Y arrasó en las siguientes elecciones, contra un Partido Laborista cuyo programa, que proponía abandonar la Comunidad Económica Europea y la OTAN, todavía se conoce como "la carta de suicidio más larga de la historia".

Me he acordado estos días de la retórica nacionalista de Thatcher al ver la reacción de la primera ministra británica Theresa May al atentado de Mánchester, ocurrido en plena campaña para las elecciones del próximo 8 de junio, donde las encuestas todavía reflejan una cómoda ventaja a los conservadores, pero también un recorte sistemático y continuado por parte del Partido Laborista.

Corbyn se ha atrevido a verbalizar alto y claro lo que mucha gente piensa: la estrecha relación entre la política exterior de los países occidentales y el terrorismo islámico.


Ya empiezan a aparecer en los medios serios, como el periódico The Guardian, críticas a la militarización en las calles de un país acostumbrado a policías sin pistola y que, no lo olvidemos, ya ha sufrido varios atentados islamistas en su historia reciente. Reflexiones como esta del veterano periodista Simon Jenkins:

"La política del miedo es un truco de libro de los más viejos. La idea de que los tanques, las tropas y los helicópteros pueden frenar a un terrorista en un espacio lleno de gente es ridícula. A los únicos que puede frenar es a los turistas. Muestra la locura que se ha apoderado de unos ministros en las oscuras profundidades de un comité de emergencia. De repente, creen que se han convertido en los hijos de Churchill".

Como no sé casi nada sobre temas de seguridad, le pregunto a Jesús Núñez, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria -que sí que sabe mucho- cuán efectivo es eso de sacar tropas militares a la calle para luchar contra el terrorismo islámico. Y me contesta esto:

"El problema es que es una realidad que se está imponiendo, pero es equivocada, porque no sirve. Es un efecto placebo frente a la población. Subo el nivel de alerta de 4 a 5 y, aunque pueda haber un atentado, me cubro las espaldas. Y eso a pesar de que lo que precisamente busca el terrorismo es generar esas situaciones de tensión".

Curiosamente, al mismo tiempo también han aparecido algunos artículos en la prensa sensacionalista conservadora que tratan de vincular el atentado con las políticas que defiende el líder laborista Jeremy Corbyn. Ya el mismo miércoles, con Mánchester de luto y la gente asustada, el Daily Mail publicaba esto:

"En lo que respecta al candidato a primer ministro, Jeremy Corbyn, que ha participado en manifestaciones de apoyo al IRA y ha compartido plataformas con fanáticos de Oriente Próximo, habría que decir que le gusta hablar de terrorismo en términos abstractos. Debería preguntarle a las familias de los heridos y muertos de Mánchester para saber exactamente lo que significa el terrorismo".

Con sacar al ejército a la calle o publicar editoriales así, hace no demasiado tiempo habría sido suficiente para callar a la gente, en una especie de unanimidad silenciosa que hubo que cumplir tras el 11-S, so pena de ser considerado amigo de terroristas. Pero Corbyn, que más macanazos no ha podido recibir el hombre, se ha atrevido a decir, para horror de la derecha, lo que mucha gente piensa: sin disminuir un ápice la culpa de quien estalla una bomba entre inocentes, hay una estrecha relación entre la política exterior de los países occidentales y el auge del terrorismo islámico. Como si la complacencia con las élites millonarias saudíes o arrasar un país como Irak no tuvieran secuelas múltiples...

Corbyn podría haber jugado más a lo sucio y recordar que durante la época de May como ministra del Interior, la propia policía de Mánchester se quejó de las consecuencias que los recortes tenían en sus labores de inteligencia. Pero no lo ha hecho, al menos hasta ahora.

Simplemente ha liberado el debate político de esas cadenas invisibles que se le ponen cuando aparece el enemigo y, prietas las filas, se construye un discurso con apariencia de verdad que casi siempre beneficia a los que tienen el poder y silencia los argumentos del que trata de conquistarlo. Que se lo pregunten a los hijos de la Thatcher, que de eso saben un poco.

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