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La respuesta internacional en República Centroafricana es tardía e insuficiente

07/03/2014 07:04 CET | Actualizado 06/05/2014 11:12 CEST

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¿ES UNA OPCIÓN EVACUAR A LA POBLACIÓN EN LUGAR DE PROTEGERLA?

La comunidad internacional ha decidido ignorar el drama de República Centroafricana. Las organizaciones humanitarias y las tropas internacionales están fallando a la población de este país.

Hace casi un año, una coalición de grupos armados llamada Séléka, formada mayoritariamente por etnias musulmanas del norte, tomó el poder en Bangui. A partir de ese momento, República Centroafricana (RCA), que ya estaba en una situación humanitaria catastrófica, comenzó una caída libre que la ha arrastrado a un profundo abismo

Primero fueron los saqueos generalizados y la violencia contra la población a cargo, principalmente, de las milicias de Séléka. Luego, en septiembre de 2013, apareció la milicia anti-Balaka, bien dispuesta a repeler y devolver las agresiones de los Séleka, desencadenando una oleada de violencia brutal contra y entre civiles, y creando una fractura dramática entre musulmanes y cristianos. Posteriormente, en diciembre, la incursión armada de los anti-Balaka en Bangui, la capital del país, aumentó exponencialmente el horror y trajo consigo linchamientos y masacres. El miedo se instaló definitivamente en el país y centenares de miles de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares.

Desde que comenzara la escalada de violencia, Médicos Sin Fronteras se ha esforzado por llamar la atención de la comunidad internacional. Prácticamente nos desgañitamos gritándole al mundo lo que estaba pasando y la urgencia de reaccionar ante lo que se venía encima: tuvimos una presencia machacona en los medios de comunicación, hicimos presentaciones ante el Congreso de Estados Unidos y el Parlamento británico, e incluso a través de este blog y de nuestra web dirigimos una carta abierta a la máxima responsable de acción humanitaria de Naciones Unidas, Valérie Amos, acusando a esta entidad de una inacción muy peligrosa.

Viendo cómo está la situación actualmente, todo esto no parece haber servido de mucho. La respuesta de la comunidad internacional está llegando tarde y mal. La ayuda humanitaria sigue sin alcanzar ningún lugar más allá de la capital y es a todas luces insuficiente. La intervención militar para proteger a la población ha terminado siendo una caricatura de sí misma, ya que en lugar de proteger a los civiles se les evacua a otro país u otro lugar.

En una muestra de pragmatismo aparentemente incompatible con su mandato, las fuerzas internacionales en la República Centroafricana, en lugar de intentar detener los ataques contra las comunidades musulmanas, más vulnerables ahora por ser minoritarias y encontrarse en muchos lugares atrapadas y rodeadas por anti-Balaka, protegen convoyes de miles de musulmanes que huyen de sus pueblos y ciudades por miedo a una muerte certera. Si bien es obvio que la protección es una acción preferible a la opción de dejar que comunidades enteras sean masacradas, estos convoyes son un símbolo claro del fracaso de la comunidad internacional en su cometido de proteger a la población civil. Esta decisión podría hasta ser vista como un intento de coadyuvar en la limpieza de áreas en las que los musulmanes llevan viviendo varias generaciones.

Las tropas de paz, sorprendidas por la intensidad del odio y por el miedo generado por meses de atrocidades perpetradas tanto por los anti-Balaka como por los exSéléka, en ocasiones han permanecido impasibles ante asesinatos brutales que se producían delante de sus propias narices. Tres meses después de que las tropas francesas y africanas se vieran reforzadas por nuevos efectivos, el ciclo de violencia continúa. Aún peor, pueblos en el norte y oeste del país se visto vaciados de sus comunidades minoritarias musulmanas, la piedra angular del comercio y abastecimiento en el país. Recuerdo que hasta hace bien poco todos convivían de manera pacífica y completamente integrada. Y por eso toda esta violencia sin sentido me resulta aún más difícil de asimilar

Tras los conflictos de Bosnia y Ruanda en los 90, fueron muchas las voces en círculos políticos y académicos que insistieron en que la separación de grupos étnicos era la solución más apropiada para detener la violencia. En vez de reducir el impacto de conflictos intercomunitarios y proteger a los civiles in situ, las fuerzas internacionales debían facilitar su desplazamiento para poder salvarles la vida. Y eso es lo que está sucediendo en RCA ahora, donde la protección de civiles significa transportarlos en camiones lejos de los lugares que han sido su hogar durante generaciones, sin garantía alguna de que puedan regresar. Esto supone el fracaso de la respuesta política internacional en sus más altos niveles y, también, de la comunidad humanitaria. Hace tres meses existía aún una cauta esperanza de que la presencia de trabajadores humanitarios pudiera servir de protección a la población, al igual que se esperaba que la presencia de más tropas extranjeras pudiera resultar en cambios significativos en el conflicto. Ni lo uno ni lo otro. La violencia continúa, exacerbada y sectaria, y la población sigue padeciendo terribles penurias.

La situación actual en RCA y la actuación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas deberían propiciar que las instituciones involucradas en el país, en especial el Consejo y la Unión Africana, examine su protocolo de actuación -o falta de él- en este momento en el que lo que más necesitan los civiles es protección. Debe haber un claro reconocimiento de que lo realizado hasta el momento no es suficiente y de que la decisión de facilitar la evacuación de poblaciones tendrá consecuencias a largo plazo para el futuro del país. De continuar así, la emergencia de RCA avanzará en la peor de las direcciones posibles y podría acabar sumándose a la ya larga lista de fracasos internacionales en lo que se refiere a evitar el sufrimiento humano e impedir las atrocidades en masa.