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Capítulo XLVIII: El alcalde

18/08/2013 10:37 CEST | Actualizado 17/10/2013 11:12 CEST

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Tras propinarle una tremenda paliza y escapar de la finca antes de que llegue la policía, los sicarios llevan a Mister Proper hasta un misterioso barco y le encierran en un camarote. Mientras tanto, el Capitán Pescanova recurre a Twitter, un pájaro hacker que le ayuda a desvelar quiénes son los secuestradores: se trata de una peligrosa banda de traficantes de marketinina, la droga de moda en Marketinia, liderada por un misterioso personaje al que todos llaman el Gran Jefe y del que lo único que se sabe es que calza mocasines indios. El pájaro también le aclara lo del barco: es un inmenso y lujosísimo yate que pertenece a la organización, en el que se va a celebrar una grandiosa fiesta. Finalmente, Twitter le proporciona al capitán una invitación y una identidad falsa para acudir al festejo. Desde ahora será el armador ruso Yuri Pescanoff.

El Capitán Pescanova decidió ir solo. Era poco menos que un suicidio, pero no se fiaba un pelo de los Hombres Balay. Y menos aún de sus superiores. Tapioca era un buen tipo, pero lo único que le importaba era que, fueras a donde fueras, llevaras linterna y camping gas. En cuanto a Sanders, su súbito interés por el bienestar del conejo, despejaba cualquier duda sobre su nivel de corrupción. Estaba claro, no podía confiar en nadie más que en él mismo. Se sentía un poco como Steven Seagal, que siempre había sido uno de sus héroes. Le encantaba en aquella película en la que hacía de cocinero de un barco y acababa, sin ayuda de nadie, con una banda entera de terroristas. Ahora, él tendría que hacer lo mismo que Steven. Lo bueno era precisamente que la cosa iba a ocurrir en un barco. Eso jugaba a su favor, porque si alguien sabía de embarcaciones, ese era él. No, no tenía ningún miedo. Él era el Capitán Pescanova. Que se prepararan la Mafia del Queso y su maldito Gran Jefe.

Siguiendo el consejo de Twitter, se había dado una larga ducha utilizando jabón del fuerte. Su presupuesto no le daba para comprarse un traje de diseño, así que se lo pidió a un cuñado suyo que tenía una marisquería. Le quedaba un pelín pequeño, pero más o menos daba el pego.

Según la invitación, el evento empezaba a las 8 de la tarde. Decidió llegar a las 9. Le convenía que hubiera ya bastante gente para pasar desapercibido. Cogió un taxi y aprovechó el trayecto para volver a estudiar el plano del yate que le había enviado el pájaro. Aquel barco era un auténtico prodigio tecnológico. Desde fuera parecía un velero, pero las velas eran prácticamente de adorno. Lo que realmente lo movían, eran diez motores diésel con los que era capaz de alcanzar los 40 nudos, una velocidad impresionante para una embarcación de aquel tamaño. Con una eslora de casi 200 metros, tenía capacidad para albergar cerca de 1.000 pasajeros. Unas cifras que seguramente lo convertían en el barco privado más grande del mundo.

Tal como había calculado, llegó en el momento de máxima afluencia de invitados. Había cuatro azafatas despampanantes recibiendo a quienes iban llegando. Y a su alrededor, un dispositivo de seguridad digno de un presidente de Gobierno. Se había formado una pequeña cola. El Capitán se colocó justo detrás de Monopoly, el alcalde de la ciudad. Bueno, más que alcalde, dueño. Se decía de él que la mitad de las calles y plazas, casas, hoteles e incluso varias estaciones de tren, eran suyas. Y aunque tenía una tendencia enfermiza a arruinarse de vez en cuando y había pasado por la cárcel en varias ocasiones, lo cierto es que poseía también una capacidad de regeneración admirable.

Cuando Monopoly llegó a la altura de las azafatas, estas le recibieron efusivamente. El que parecía ser el jefe de seguridad, un tipo que iba vestido como un guerrero bárbaro, con espada, coraza y casco con cuernos, también se acercó y le tendió la mano.

- Bienvenido, Señor Alcalde, me alegro de volver a verle -le dijo.

- Gracias Celta, lo mismo digo. Sabes que yo estas fiestas no me las pierdo por nada del mundo -contestó el edil dándole una palmada familiar en la espalda, tras lo cual se dirigió a la pasarela que daba acceso al yate.

- Buenas noches, ¿el señor...? -la azafata que manejaba la lista de invitados saludó con una encantadora sonrisa al Capitán.

-¡Pescanoff! -respondió Pescanova en voz muy alta, lo que le pareció un tono típicamente ruso.

Mientras la azafata buscaba su nombre de la lista, el Capitán miró de reojo al Celta y se dio cuenta de que le observaba con recelo.

- Pescanoff, Yuri, aquí está -dijo por fin la azafata-. Adelante, señor Pescanoff, espero que disfrute de la fiesta.

-¡Vodka! ¡Caviar! ¡Kalashnikov! ¡Nureyev! ¡Kurnikova! -gritó Pescanova y se adelantó para subir al barco. Le pareció ver que el guerrero hacía ademán de acercarse a él, pero en el instante en que empezaba a moverse, un gigante de color blanco que tenía el cuerpo rodeado de neumáticos, se acercó a él y le dijo algo. El Capitán siguió su camino y el Celta le perdió de vista.

Era tan suave se publica por entregas: cada día un capítulo. Puedes consultar los anteriores aquí.

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