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Capítulo XXXVII: El chivato

07/08/2013 07:40 CEST | Actualizado 06/10/2013 11:12 CEST

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En capítulos anteriores...

Tras despellejar al cocodrilo de Lacoste, los sicarios descubren a Mister Proper, que estaba escondido presenciando la escena. El Celta, cabecilla del grupo, se dispone a matarlo, pero su móvil suena y recibe una orden de su jefe para que no lo haga. De modo que se limitan a dejarle sin conocimiento.

Lo primero que sintió Mister Proper al abrir los ojos fue un dolor insoportable en la cabeza. Trató de incorporarse pero le fue imposible. Le habían atado. Y aunque no veía absolutamente nada, dedujo pronto que se encontraba en el interior del maletero de un coche. Trascurridos unos segundos, sus ojos empezaron a acostumbrarse a la oscuridad y se dio cuenta de que había algo o alguien a su lado. Alguien, sin duda. Se le oía respirar. Intentó mover una de sus manos para tocarle y llamar su atención. Y entonces, el bulto que había a su lado, habló.

- Ah, ya te has despertado. Vaya, lo siento por ti. Este viaje es mejor hacerlo dormido -dijo, con una desagradable vocecilla aguda.

- ¿Viaje?, ¿qué viaje? - preguntó Mister Proper.

- Seguramente nos están llevando a alguna de las guaridas de la banda. Tienen montones. Por cierto, no me he presentado: me llamo Cinecito. Tu debes ser Mister Proper, ¿no?

- Don Limpio, si no te importa. ¿Nos conocemos?

- Les he oído hablar de ti. Dicen que el Gran Jefe te quiere vivo. Tienes suerte.

- Sí, yo también les he oído mencionar a ese Gran Jefe, ¿quién es?

- ¿Qué quién es el Gran Jefe? Esa es la pregunta del millón, amigo. Ojalá lo supiera, pero es un secreto muy bien guardado.

- Oye, ¿y tú porqué estás aquí?

- Es una larga historia...

- Cuéntamela. Me da la impresión de que tenemos tiempo de sobra.

- Pues digamos que me han pillado haciendo lo que no debía.

- Pues entonces algo parecido a lo mío. Les vi cometer un asesinato. Y no un asesinato cualquiera. Se han sobrado bastante. Es cierto que la víctima se lo merecía, pero ha sido una auténtica burrada. Lo que no entiendo es por qué ese Gran Jefe no quiere que me maten. No creo que sea muy bueno para ellos dejar un testigo suelto.

En ese momento, el coche empezó a aminorar su marcha y finalmente se detuvo.

- Hemos parado... -dijo Mister Proper- Oye, puede que sea una gasolinera. ¿Y si gritamos? Tal vez nos oiga alguien.

- No, espera... no creo que sea buena idea, mejor no lo hagas, porque... - Cinecito intentó pararle, pero no llegó a tiempo. Mister Proper ya había empezado a berrear como un descosido.

- ¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Estamos aquí!... ¡Socorro! - chilló con todas sus fuerzas.

Súbitamente, el portón de el maletero se abrió y la cara del Celta apareció por encima de sus cabezas.

- ¿Qué coño pasa aquí? ¿Es que uno no puede mear tranquilamente en este puto país? ¿A ver?, ¿Quién de los dos candidatos a Premio Nobel es el que ha decidido que esta cuneta en medio de la nada era el sitio perfecto para pedir ayuda?

Efectivamente, aunque desde dentro del maletero no veían más que el cielo, que, por cierto, empezaba a clarear con las luces del amanecer, resultaba evidente que aquello no era una estación de servicio ni nada que se le pareciera. A excepción de algún pájaro madrugador, no se oía absolutamente nada.

- Bueno, yo, verá... -empezó a balbucear torpemente Mister Proper.

- Apostaría uno de los cuernos de mi casco a que has sido tú, Cinecito -le interrumpió el guerrero.

- No... yo no he... -contestó el aludido.

- No, no ha sido él -replicó Mister Proper, asombrándose de nuevo a sí mismo por esta recién estrenada faceta suya de machito envalentonado.

- ¡Silencio, coño! -exclamó el Celta al tiempo que le daba un puñetazo en la cara a Mister Proper- si yo digo que ha sido Cinecito, es que ha sido Cinecito. Y tú te callas, calvo de mierda.

- ¡Pero es que yo no he sido! ¡Ha sido él! -chilló la mascota cinematográfica al borde de la histeria.

- ¿Sabes, Cinecito? -el Celta empezó a encenderse tranquilamente un cigarro- el tema es que hoy no es tu día de suerte. Sucede que, por alguna razón que escapa a mi comprensión, el Gran Jefe, ese a quien tu tienes tantas ganas de conocer, quiere a esta maricona calva viva, con lo cual, si yo quisiera castigar a alguien por tocarme los cojones poniéndose a dar alaridos mientras echo una cañita, tratando de llamar la atención, nunca podría elegirle a él. Y como en este maletero no estáis más que tú y él, pues la cosa está clara: te-ha-to-ca-do -esto último lo dijo mientras imitaba el típico sorteo infantil, señalando con su espada alternativamente a Mister Proper y a Cinecito. Como no podía ser de otra forma, la hoja de acero se detuvo finalmente delante de la cara de éste último, que se retorcía como loco, intentando liberarse.

- ¡No! ¡No, por favor, Celta! ¡Yo no he hecho nada!

- Ay, Cinecito, Cinecito, cómo te gusta mentir. ¿Cómo que no has hecho nada? Pero si te pillamos con un micrófono oculto pegado con cinta aislante debajo de la camisa. Vas a morir, tío, y lo sabes. No me gustan los chivatos y tú me caes especialmente mal. Lo cierto es que tenía pensado haberte matado poco a poco, para que sufrieras y eso, pero acabo de cambiar de opinión.

Cinecito ni siquiera tuvo tiempo de volver a protestar. El Celta se sacó una pistola de debajo de la coraza y le pegó tres tiros en la cabeza.

- ¡Joder!, ¡Joder, estáis locos! -balbuceó Mister Proper tembloroso. Pero el bárbaro no se quedó a escuchar sus comentarios. Volvió a cerrar el maletero y dio orden de continuar el periplo. La sangre de Cinecito, que había salpicado por completo a Mister Proper, comenzó ahora a empapar la base del maletero. Menuda noche. Primero el jugador de polo, después Lacoste y ahora la lata de película con piernas. Y eso sin contar a Mimosín. Se tuvo que recordar que todo esto lo estaba haciendo por él. Y que no importaba cuanta gente muriese. Ni siquiera importaba si moría él mismo. Lo único importante era saber quién había asesinado a su novio y cómo. Y cada vez estaba más cerca de descubrirlo. La sangre, o lo que fuera que hubiera en la cabeza en forma de proyector de cine de aquel tío tan estrafalario, seguía manando a buen ritmo. Mister Proper, asqueado, trató de apartarse de él, pero no era fácil con las manos y los pies atados. Haciendo un tremendo esfuerzo, consiguió girarse un poco para empujar con más facilidad al otro. Y entonces, al apoyarse en el cuerpo inerte, notó que había un bulto en uno de los bolsillos de su chaqueta. Mister Proper estiró la mano y logró alcanzarlo. Aunque no podía verlo, supo de inmediato lo que era: ¡un teléfono móvil! Lo agarró con fuerza y lo introdujo como pudo entre su ropa. Aquello podía ser su salvación.

Era tan suave se publica por entregas: cada día un capítulo. Puedes consultar los anteriores aquí.

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