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Capítulo XXXVIII: La lugarteniente

08/08/2013 07:01 CEST | Actualizado 07/10/2013 11:12 CEST

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El Capitán Pescanova por fin ha encontrado a la Lechera, la mujer que puede aclararle lo de los restos de leche condensada en el cadáver de Mimosín. Ésta le cuenta cómo había sido contratada para una especie de bacanal para ricachones en una lujosa mansión y encontró allí al osito, tirado inconsciente en una especie de bodega. Le había dado leche condensada para intentar reanimarle, pero antes de que hubiera podido comprobar si el remedio funcionaba, había oído ruidos y se había tenido que ir. Dice no saber nada más, aunque finalmente, Pescanova la sonsaca el nombre del organizador de la orgía: el Conejito.

El capitán Pescanova se levantó a las 7 de la tarde. Por fin había conseguido dormir. ¡Doce horas seguidas! Y no le hubiera importado dormir otras doce, pero la impaciencia pudo con él. Quería hacer una visita al Conejo cuanto antes. De modo que se dio una ducha, puso la cafetera en el fuego y metió en la freidora dos paquetes de varitas de merluza. Una hora después, con el estómago lleno y la mente más o menos despejada, detuvo su coche frente a su mansión. La Madriguera, aquella casa, construida al estilo de las mansiones de los millonarios norteamericanos de la costa este, era toda una leyenda. Las fiestas que se celebraban en ella tenían fama en toda la ciudad. Aunque hoy no parecía que estuviera acogiendo ningún tipo de evento. Todo estaba tranquilo. El capitán llamó al timbre y mostró su placa a las cámaras de seguridad. Durante casi dos minutos no ocurrió nada, salvo que tuvo la sensación de ser escrupulosamente observado. Y no sólo por la cámara de la puerta, sino por muchas más que debían estar ocultas en los alrededores. Finalmente, alguien accionó desde dentro el dispositivo de apertura y la verja del jardín empezó a moverse. El Capitán entró con el coche hasta la entrada principal de la mansión. Allí, había alguien esperándole. Era una espectacular mujer, vestida con un modelo muy años setenta. En la cabeza llevaba un sombrero de ala anchísima del que sobresalía una larguísima melena color azabache. Era ella, sin duda: la mítica Penélope, la famosa lugarteniente del Conejito. Nadie sabía a ciencia cierta desde cuando trabajaba para él. Su edad también era un misterio, pero tuviera los años que tuviera, lo que estaba claro es que seguía estando buenísima. Bajo aquel vestido floreado se adivinaban unas curvas de vértigo, con las que, según contaban, era capaz de subirte al cielo o bajarte al infierno. Pescanova salió del vehículo y caminó por el suelo de gravilla hacia ella.

- El Capitán Pescanova, supongo -le saludó-. Bienvenido a la Madriguera.

Tenía una voz grave y tremendamente sensual.

- Buenas noches, señorita. Lamento venir por aquí un domingo, pero necesito ver con urgencia al Conejito -replicó el Capitán.

- Me temo que está ocupado en este momento, pero pase. Hablaré con él. Le atenderá en cuanto le sea posible.

- No tengo prisa. Esperaré.

- Muy bien. Adelante, por favor, está usted en su casa.

El Capitán entró en la mansión y casi se le descuelga la mandíbula. Aquella casa era un auténtico palacio. Había un enorme hall con columnas de mármol blanco desde el que partía una doble escalera circular que subía a la planta de arriba. Se veían alfombras persas por todos lados y cuadros enormes en las paredes. Casi todos de desnudos femeninos. Penélope le indicó el camino hasta una sala en cuyo centro había un gigantesco y burbujeante jacuzzi.

- Póngase cómodo. El Conejito no tardará -le dijo señalándole un mueble bar que parecía bastante mejor provisto que el de la Lechera.

Penélope desapareció dejándole sólo. El Capitán se sirvió un güisqui de malta y se sentó en una tumbona. La estancia estaba decorada con frescos murales que representaban las posturas del Kamasutra con el conejo blanco de Alicia en el País de las Maravillas y la propia Alicia como protagonistas. Hacía bastante calor. El Capitán se quitó su impermeable y se secó el sudor de la frente. Cuando llevaba quince minutos esperando, volvió a escuchar la voz de Penélope, pero esta vez, desde la piscina.

- Tendrá que disculpar al Conejito, Capitán. Aún se retrasará un rato. Me ha rogado que le mantenga entretenido, como merece un invitado de su categoría.

Pescanova por poco se atraganta con el licor al verla. Penélope estaba sumergida en el jacuzzi, completamente desnuda, a excepción del sombrero.

- Veo que su copa está casi vacía, ¿porqué no se prepara una segunda y se la toma aquí abajo, conmigo? Hay algunas cosas que me encantaría enseñarle.

El Capitán tragó saliva. Vaya fin de semana. Jamás, en toda su vida había visto tantas hembras desnudas en tan poco tiempo. Y menos de ese calibre.

- ¿Sabe, Capitán? -continuó ella acercándose más aún-. Desde niña, siempre me he sentido inexplicablemente atraída por los marineros y los policías, y usted es ambas cosas. No se imagina cuánto me excita eso... -dijo en tono mimoso mientras comenzaba a acariciarse a sí misma.

Una considerable erección empezaba a fraguarse bajo los calzoncillos del Capitán Pescanova. Aquella mujer le atraía. Y mucho. ¿A quién no? El deseo empezó a embriagarle con una intensidad poco común en él. Miró su vaso preguntándose si no habría algún tipo de sustancia afrodisíaca en la bebida. Sintió que la vista se le nublaba ligeramente. Y encima, para hacer las cosas aún más difíciles, de repente se dio cuenta de que en algún momento, alguien había puesto música. Y no una canción cualquiera. Era Tatuaje, de Cocha Piquer. Una de sus favoritas. "Él vino en un barco, de nombre extranjero..." Aquello era demasiado.

- Por favor, Capitán, no me haga esperar más... Le deseo, y le deseo ya... insistió ella cada vez más insinuante.

- ¡No! -Pescanova nunca sabría de donde sacó fuerzas para articular aquella negación. Pero el caso es que de una u otra manera, consiguió pronunciar aquella palabra- No, mire señorita Penélope, le agradezco mucho su hospitalidad, pero a quien he venido a ver es a su jefe. Haga el favor de volverse a vestir y avísele de una vez. Aunque las cámaras que hay en esta habitación están francamente bien disimuladas, sé perfectamente que están ahí, esperando a que cometa el más mínimo error para inmortalizarlo y servir como arma para extorsionarme y comprar mi silencio.

- ¿Cámaras? ¿qué cámaras? Pero mira que es usted desconfiado... ¿de verdad va a despreciarme de ese modo? -Penélope no tenía intención de rendirse tan fácilmente.

- Mire guapa -repuso él, cada vez más seguro de su decisión-, soy un lobo de mar, conozco de sobra los peligros que entrañan las sirenas. Te seducen con sus cantos y sus cuerpos ardientes, pero su único propósito es atrapar a los marineros incautos y arrastrarles hasta las profundidades del océano. Deje de hacer teatro y avise de una condenada vez al conejo. Mi paciencia se está agotando.

Penélope no contestó. Dándose por vencida, le lanzó una mirada asesina y salió de la alberca envuelta en una toalla. Sin decir una sola palabra, hizo un gesto al Capitán para que le siguiese. Salieron de la sala y enfilaron un larguísimo corredor. Al final del mismo, había una elegante puerta de madera labrada. Ella tocó suavemente con los nudillos y sin esperar respuesta, le hizo pasar.

- Espere aquí. Enseguida le atenderá -le dijo en un tono mucho menos agradable que el que había empleado hacía sólo unos minutos. Luego salió y cerró de un portazo.

Era tan suave se publica por entregas: cada día un capítulo. Puedes consultar los anteriores aquí.

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