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Trump y el TTIP

21/01/2017 10:27 CET | Actualizado 21/01/2017 10:27 CET

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Manifestantes anti-Trump y anti-TPP en Washington el pasado noviembre (Foto: Getty Images).

Los resultados de las últimas elecciones en Estados Unidos siguen siendo fuente de interrogantes y cambios urgentes de planes. Seguimos sin saber cómo se van a ordenar las relaciones internacionales y qué planes tiene Trump para la OTAN, tampoco si el proteccionismo económico que anuncia disparará la inflación lanzándonos a un escenario macroeconómico todavía más turbulento. Entre las incógnitas más difíciles de despejar, está el destino del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP).

Donald Trump no ha ocultado nunca su aversión por los acuerdos comerciales transcontinentales; calificó el Tratado de Asociación Transpacífico, firmado hace un año por Estados Unidos y otros once países, como una auténtica locura, demonizándolo con argumentos que suenan conocidos en Europa (se trata, afirma, de un acuerdo orquestado por lobbies que pretenden superponerse a la soberanía nacional) y sus propias obsesiones (podría servir para una entrada por la puerta trasera de China).

El Acuerdo Transpacífico, del que Trump ha anunciado ya su propósito de desvincular a Estados Unidos, constituyó el principal blanco de ataques durante la pasada campaña presidencial, aunque la escasez de referencias equivalentes al TTIP no debe interpretarse como síntoma de una actitud distinta. Trump celebró el brexit, ha reclutado a Nigel Farage como asesor en materia europea y sus diatribas populistas, centradas en presentar cualquier acuerdo transnacional como una amenaza para los trabajadores norteamericanos, no auguran nada positivo. Sin embargo, la UE y Estados Unidos siguen manteniendo un enorme volumen de tráfico económico (cerca de 620 billones de euros anuales, más que el saldo de operaciones con China) y tanto el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, como el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, han preferido aguardar los primeros movimientos de Washington antes de pronunciarse.

El TTIP nunca se ha vendido bien a la propia ciudadanía europea, envuelto en opacidad y defendido escasamente como el estímulo perfecto para la economía continental sin explicaciones más adecuadas

Porque lo cierto es que tampoco una victoria de Hillary Clinton hubiera aportado tranquilidad. La candidata demócrata eludió pronunciarse sobre el acuerdo que se negocia con Europa, pero no ahorró en denuncias contra cualquier efecto negativo para el empleo en Estados Unidos que pudiera desprenderse de la firma o el mantenimiento de este u otros tratados comerciales, y ello pese a que la Administración Obama estaba comprometida a ratificar el Transpacífico antes del relevo presidencial. Anticipando su voluntad de denunciarlo, Trump ha frustrado cualquier esfuerzo in extremis del presidente saliente.

Los enemigos del TTIP no están solo en Estados Unidos. En Europa, al rechazo expresado por múltiples formaciones nacionalistas y de izquierda debe añadirse lo delicado de las circunstancias electorales en varios países: este mismo verano el vicecanciller y ministro de economía alemán Sigmar Gabriel daba por muerto el Tratado, aunque sus palabras puedan ser entendidas más bien como una táctica para calmar los ánimos en el electorado de su partido (el SPD, que gobierna Alemania en colación con la CDU de Angela Merkel) y medir sus fuerzas para una candidatura electoral ante los comicios de 2017.

También Francia celebra presidenciales este año, y el rechazo al Tratado está presente tanto en la izquierda de Mélenchon como en el Frente Nacional de Le Pen. Por fin, el brexit ha condicionado de forma importante las negociaciones; el Reino Unido representa una cuarta parte de todas las exportaciones de Estados Unidos a la UE -especialmente en sectores sensibles como los servicios financieros-, con lo que el diseño del Tratado ha debido reajustarse a la baja desde el pasado junio.

Todo juega en contra del TTIP: la brusca salida de escena de uno de sus pilares económicos que puede allanar el camino a acuerdos bilaterales con Estados Unidos al margen de la UE, un horizonte electoral complicado en Europa y un imprevisto giro en la presidencia norteamericana cuando todavía no se han apagado las hogueras de la guerra empresarial entre ambos bloques... las sanciones millonarias acumuladas por el escándalo dieselgate o los beneficios fiscales de Apple, así como las restricciones impuestas a Google son hitos de un camino que se ha recorrido más bien a golpes de desconfianza mutua.

El TTIP nunca se ha vendido bien a la propia ciudadanía europea, envuelto en opacidad y defendido escasamente como el estímulo perfecto para la economía continental sin explicaciones más adecuadas, y sin que las instituciones comunitarias hayan sabido responder más inteligentemente a las críticas que su alcance o sus presumibles efectos han despertado. Algunas de ellas podrían haber sido rebatidas como ataques puramente políticos, pero otras más fundadas (curiosamente las que menos eslóganes de combate han generado) merecían un debate que tampoco se ha producido.

Ahora toca incertidumbre. Mientras tanto, Trump estrena ya el despacho oval.

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