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¿Qué hacemos con las bicicletas?

13/02/2014 07:05 CET | Actualizado 14/04/2014 11:12 CEST

En el Anteproyecto de Ley de Protección de la seguridad Ciudadana que prepara el Gobierno, se considerarán infracciones leves: "La práctica de juegos o de actividades deportivas en espacios públicos no habilitados para ello, cuando exista un riesgo de que se ocasionen daños a las personas o a los bienes, o se impida o dificulte la estancia y el paso de las personas o la circulación de los vehículos. El entorpecimiento indebido de cualquier otro modo de la circulación peatonal que genere molestias innecesarias a las personas o el riesgo de daños a las personas o bienes".

En principio la redacción parece bastante lógica siempre que previamente el legislador defina qué es exactamente una "actividad deportiva". Si nos atenemos a la definición de la Real Academia leemos que es: "Toda actividad física ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas". En una segunda acepción: "Recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre".

Y aquí comienza el conflicto. Porque lo que parece que deja claramente expuesto el anteproyecto en su actual redacción es que los espacios públicos están diferenciados y habilitados para la práctica deportiva. Y en los que no aparece esta habilitación, queda prohibido el juego y la actividad deportiva.

El problema es que hay actividades que no están claramente disociadas; que no aparece una distinción evidente entre lo que es deporte y lo que es desplazamiento. Incluso tampoco parece clara la diferencia entre deporte y actividad física. Quien sale a correr todas las mañanas para mantenerse en forma, ¿hace deporte? Un médico dirá que sí. Un académico, ateniéndose a la definición del DRAE dirá que no, ya que no está sujeto a ninguna norma ni hay competición. Y quien ha redactado este Anteproyecto prefiere quedarse en un no sabe, no contesta o en un más complicado ya iremos viendo cómo van las cosas y lo que nos dicte el sentido común... como si el sentido común pudiese dejarse en manos de quien tiene que hacer cumplir las normas.

El hombre es el único animal que su desplazamiento obedece a razones que no son únicamente la búsqueda de subsistencia. Aprendió primero a transmitir a sus congéneres el modo más cómodo y más rápido para unir dos puntos: trazó los primeros senderos que luego transformó en vías cuando se inventó la rueda y pudo desplazar mercancías. Vías que cada vez han sido más sofisticadas cuanto más rápidos y más eficientes fueron los medios de transporte. Los romanos empedraron algunas calzadas para evitar que los carros se atascasen en el barro. Ya en el siglo XIX la llegada del automóvil obligó a recubrir las calzadas con pavimentos uniformes (aunque en Bélgica siguen amando los adoquines) y en el siglo XX, el incremento de la velocidad hizo surgir las vías con sentidos diferenciados y todos los sistemas de control de flujos.

Esto en las vías que unen las ciudades. En el entorno urbano, la popularización de los vehículos obligó también a diferenciar los espacios, estableciéndose aceras y elevándolas para evitar la invasión. En algunas ciudades, como el automovilista no respetaba esta división de espacios, hubo incluso que colorar bolardos para marcar claramente los territorios. Ámsterdam o Madrid son dos ciudades en las que podemos ver esta situación. La capital holandesa, paradigma del orden y el respeto; la española, ejemplo del caos y la indisciplina. En ambos casos, los bolardos son el resultado de la falta de respeto hacia esa división de espacios.

Ya a finales del XX comienza a surgir un problema de tránsito, que rompe los esquemas que se habían mantenido durante siglos: surge la bicicleta. El hombre bípedo ha podido compartir las vías con el animal cuadrúpedo. Pero ya no con el vehículo motorizado. Pero, como hemos mencionado, esta separación no había planteado graves problemas... hasta la fecha. Porque aparece este nuevo elemento, la bici que pone todo patas arriba. No era un gran problema cuando eran una parte anecdótica del tránsito, pero ahora son ya una parte significativa en las ciudades y son, además, un elemento de práctica deportiva.

Los espacios ya no están claramente diferenciados: el ciclista es simultáneamente un vehículo y un peatón que circula indistintamente por la calzada o la acera. Y es simultáneamente un elemento del tránsito y un practicante deportivo que no siempre está muy diferenciado. Ahora comienza a ser un problema; dentro de poco tiempo, con la proliferación de las bicicletas eléctricas, habrá miles de estos vehículos formando parte del tránsito y teniendo que compartir espacios con vehículos de cuatro ruedas y con peatones.

Hace unos días Norman Foster presentó un precioso proyecto para Londres: construir vías exclusivas para bicicletas sobre las actuales vías del Metro en superficie.

Una solución barata pero que pocas ciudades pueden plantearse. Entre otras cosas porque lo habitual es que las vías del Metro están en el subsuelo. Pero es válida y sobre todo, mantiene el que creemos que es un principio básico para la seguridad: separar los espacios de utilización.

Ante la que se viene encima de cambios en la estructura de los desplazamientos urbanos, el Anteproyecto del Ministerio del Interior no sólo no ayuda a poner un poco de orden, sino todo lo contrario. Ya no está claro si los ciclistas podrán salir a la carretera a practicar deporte sin que previamente se haya cortado el tráfico (parece que no); o si se podrá salir a correr por un bulevard; o si se podrá ir patinando por la acera. Esperemos que en los pasos sucesivos, esta norma se modifique y no solo en los temas tan polémicos sobre los que se habla en estos días.

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