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¿Por qué la desigualdad impide acabar con la pobreza?

18/01/2016 12:27 CET | Actualizado 18/01/2017 11:12 CET

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Leo, agricultor de República Dominicana, paga sus impuestos pero no tiene agua corriente. Foto: Pablo Tosco/Oxfam Intermón.

La avaricia no conoce límites, desborda todas las previsiones. Parece que fue ayer, y casi lo fue, cuando denunciamos que 85 acaudalados acaparaban la misma riqueza que compartían 3500 millones de personas, las más vulnerables. Hoy ya son solo 62, y su riqueza se compara con el de 100 millones de personas más.

Se cree más o menos riqueza, ésta se concentra en muy pocas manos, las mismas que apenas sufren las consecuencias de crisis económicas y sociales o del cambio climático. Tienen medios para protegerse, saben protegerse, han cooptado el poder para que las reglas se hagan y apliquen a su favor.

Y son eficaces. Lograron que el 50 % de la riqueza creada desde 2010 fuera a sus elitistas manos, las del 1 %. A la inversa, el 50 % de la población más pobre, esos 3600 millones, apenas disfrutaron del 1 % de la riqueza creada estos últimos 5 años. Siguen en la pobreza.

Se nos ha preguntado muchas veces por qué nos empeñamos en luchar contra la desigualdad cuando nuestra misión es erradicar la pobreza. La respuesta no la hemos dado solo desde las organizaciones sociales. De líderes mundiales a figuras de referencia como el Papa han insistido en este vínculo vicioso que impide salir a millones de personas de la pobreza y rompe la cohesión social.

Durante los últimos 25 años, el 10 % de la población más pobre solo vio crecer sus ingresos un céntimo de dólar diario. 3 dólares al año. El nuevo informe que acabamos de publicar demuestra que si la desigualdad no hubiera aumentado en los últimos 20 años, otros 200 millones de personas habrían salido de la miseria. Y si el crecimiento económico -y los efectos de la crisis-se hubieran repartido con más equidad, serían 700 millones quienes habrían dejado la pobreza extrema, que habría sido erradicada.

Las soluciones pasan por un sistema fiscal más justo. En el lado del ingreso asegurando que pagan más, y suficiente, quienes más tienen. No como ahora. Que aún existan paraísos fiscales donde se esconden billones de euros de quienes pueden esconderlos es el mejor reflejo de un sistema diseñado a favor del 1 %. Hay que acabar con ellos.

El drenaje de recursos incide en el lado del gasto social. No solo en España sabemos de recortes, en el mundo entero las políticas sociales y de solidaridad se resienten de una competencia fiscal a la baja, marcada por los paraísos fiscales a la que todos se suman y que beneficia solo a quien puede pagar asesores y crear entramados que permiten esconder ganancias en cuevas de piratas.

Más allá de la fiscalidad, central en la lucha contra la desigualdad, Oxfam apunta a los salarios como el otro factor de más peso. La diferencia entre el salario de mujeres y hombres y la brecha entre los más altos y los medios y bajos, que no ha hecho más que crecer antes, durante y en la aparente salida de la crisis. En un mundo donde el déficit de empleo es creciente y será endémico, el "acaparamiento" de salario en los niveles ejecutivos, cuando multiplica por cientos de veces el salario medio en las mismas organizaciones, deja de responder a la responsabilidad para hacerlo al egoísmo planificado.

El efecto de todo ello en la sostenibilidad del planeta es evidente. Oxfam ha calculado que la huella de carbono del 1 % más rico puede llegar a ser 175 veces superior a la del 10 % más pobre de la población. El agua, la energía, el aire limpio, la tierra y el alimento también se acaparan.

El planeta no aguanta más y la gente no aguanta más. No podemos esperar. Necesitamos algunas señales claras, de política nacional y global que confirmen en los hechos la retórica de la lucha contra las desigualdades, hoy en boca de todos salvo cuando toca hacer leyes y aplicarlas.

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