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No nos pueden seguir hurtando un debate serio sobre las pensiones

11/12/2015 07:01 CET | Actualizado 10/12/2016 11:12 CET

A todos nos afecta el tema de la pensiones. Bien porque estemos contribuyendo con parte de nuestro salario a pagar a los jubilados de ahora, o bien porque esperemos que en el futuro que nuestros hijos (o los del vecino) también sostengan con sus cotizaciones nuestro poder adquisitivo en la vejez. Las pensiones son un pilar del Estado del bienestar que debe ir más allá de coyunturas y partidismos, puesto que está asentado sobre un pacto generacional a muy largo plazo. Y por eso debería ser fruto del mayor consenso, para evitar incertidumbres y sorpresas.

Sin embargo, un debate público informado sobre las pensiones brilla por su ausencia en España, a pesar de que los expertos nos avisan casi a diario de que las cuentas no salen y de que en el futuro, las pensiones, como mal menor, van a bajar sí o sí. Desde el poder político no se fomenta esta discusión. Al fin y al cabo, los más de siete millones de pensionistas que hay hoy en España son un colectivo muy sensible, que se mueve de forma bastante homogénea y que puede derribar de un plumazo cualquier Gobierno, y nadie quiere despertar a la bestia. Los efectos políticos de tener a favor o en contra a los pensionistas los vimos claramente en 1993, cuando Felipe González ganó in extremis y contra todo pronóstico las Generales de aquel año al grito de "que viene la derecha" a quitar la paga de los retirados.

En este contexto, vale la pena leer el libro de José Ignacio Conde-Ruiz, economista vinculado a Fedea que lleva estudiando el tema durante dos décadas y que participó en el comité de expertos consultado por el Gobierno para la reforma de las pensiones. Se puede estar de acuerdo o no con Conde-Ruiz, pero¿Qué será de mi pensión?es un libro clarificador, que expone de forma comprensible los datos demográficos y económicos que ya anuncian el colapso futuro del sistema y propone reformas para que no se produzca, al tiempo que denuncia precisamente el oscurantismo que rodea a las pensiones (¡yo mismo llevo casi dos décadas cotizando y nadie se ha dirigido a mí todavía para darme una mínima valoración de mi jubilación u orientarme sobre el tema!) y la falta de coraje de los políticos para llevar el asunto, en sus justos términos, a la opinión pública.

Precisamente, hace unas semanas, en otra muestra de oscurantismo, la Seguridad Social retrasaba sine die (probablemente hasta después de las elecciones) el envío de una carta largamente prometida a los futuros pensionistas de todo el país, comunicándoles en qué se va a quedar su jubilación tras las últimas modificaciones del sistema. Y, como sistema alternativo, sacaba una herramienta de cálculo en Internet a la que muchos españoles a punto de jubilarse no accederán por la complejidad que tiene para ellos.

Conde-Ruiz es claro. No es posible vivir cada vez más y trabajar menos. No salen las cuentas. Las proyecciones de esperanza de vida (siempre al alza) y natalidad (de las menores del mundo en España) son claras. Además, la merma de los salarios (y por tanto las contribuciones a la Seguridad Social) en los últimos años agravan el problema. Como resultado, debemos asumir que las pensiones bajarán sí o sí en el futuro, y además lo harán de forma dolorosa si nos quedamos con los brazos cruzados. En algún momento del libro, Conde-Ruiz asegura que la pensión media como porcentaje del salario medio sufrirá un recorte de entre el 35 y el 50%.

Necesitamos que la discusión sobre las pensiones, ahora soslayada por el cálculo electoral de los políticos, se lleve a cabo de forma pública, transparente e informada.

Así las cosas, el gran debate que se debe abrir tiene que abordar la cuestión de sobre quién recae la caída. Si se reparte equitativamente entre todos los pensionistas o, como ahora, la factura la pagan las pensiones más altas, congeladas desde hace años. Para Conde-Ruiz, la sociedad española debe decidir si quiere dejar las cosas como están, lo que llevaría a la catástrofe, si prefiere ir a un sistema asistencial de pensión universal donde las retribuciones se igualan a la baja, o si apuesta por mantener el carácter contributivo del sistema actual, que establece una relación entre la cuantía de la pensión y lo cotizado durante la vida laboral. Para dar con la solución necesitamos un debate "sosegado, abierto y transparente".

El experto se decanta por reforzar el sistema contributivo, aunque reconoce que todos vamos a perder en una u otra media, y propone cambios en los próximos años para precisamente minimizar esas pérdidas. Conde-Ruiz ve con buenos ojos las reformas de 2011 y 2013, que elevaron la edad de jubilación a los 67 años e introdujeron el llamado "factor de sostenibilidad", que significa que en el futuro variables como la esperanza de vida se utilizarán en el cálculo de la jubilación, lo que, en román paladino, significa que cobraremos menos.

También aboga por extender ya el cálculo de la jubilación a toda la vida laboral del trabajador, para evitar la injusticia que se produce con los muchos trabajadores que son despedidos a los 50 y nunca vuelven al mercado laboral. Además, propone diversificar el ahorro (en España mayoritariamente vinculado al ladrillo) y fomentar la inversión en formación y capital humano para mejorar las posibilidades de los españoles de mantener o acceder a un empleo según se acercan a la vejez.

Asimismo, pide el fomento del ahorro a largo plazo, mejorando la fiscalidad de muchos productos y no sólo primando los planes de pensiones, un vehículo de inversión que además favorece a las rentas más altas. Y, por último, cree que sería conveniente afinar productos como el de la hipoteca inversa, ideal en un país como España, donde la mayor parte de las viviendas son de propiedad, o que se pudiera compatibilizar fácilmente el cobro de la pensión y de un salario al mismo tiempo.

Son algunas propuestas para encauzar un problema que, de no ser afrontado en el corto plazo, se puede volver irresoluble a la larga. Y, lo más importante: necesitamos que esa discusión, ahora soslayada por el cálculo electoral de los políticos, se lleve a cabo de forma pública, transparente e informada. Todos nos jugamos mucho, aunque falte demasiado para jubilarnos y nos dé por pensar que la cosa no va con nosotros.