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Recordando otros tiempos

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Foto: Nicolás Redondo, junto a Santiago Carrillo, durante la huelga general de 1988. Tres años antes abandonó el grupo parlamentario socialista por discrepancias por la política económica del PSOE/Captura de pantalla de un vídeo de Youtube

Definitivamente, la investidura de Rajoy como presidente del Gobierno llega a su fin. Tras dos votaciones, la abstención del PSOE y los votos afirmativos de PP, C's y Coalición Canaria darán más votos positivos que negativos. En condiciones normales, el PP hubiera sido el gran derrotado de las elecciones del último 20 de diciembre. La lógica se hubiera impuesto y el PSOE hubiera vuelto a ocupar la presidencia del Gobierno, no gracias al turnismo del que habla Iglesias, sino porque la izquierda socialdemócrata hubiera superado en votos a un partido del que huyeron varios millones de votantes populares a los que les ofendió el terreno que durante años había pisado el PP con Bárcenas y Correas al mando.

No han ocurrido las cosas como indicaba la lógica, porque el último Gobierno de Zapatero fue sorprendido por la crisis del capitalismo y por la algarada del 15-M, que aprovechó, con razón, el malestar que la situación económica sobrevenida por el hundimiento del Lehman Brothers se generó en España. Desde entonces, la izquierda socialdemócrata ha ido perdiendo casi todas las elecciones que han tenido lugar desde la irrupción de una crisis que, según dijo el presidente Sarkozy, obligaba a refundar el capitalismo pero que, en realidad, lo que ha provocado ha sido el hundimiento del socialismo democrático y la aparición de diversos tipos de movimientos populistas-reaccionarios, capaces de arrastrar el voto descontento de la izquierdas y de votantes de extrema derecha.

La aparición de Podemos, con su discurso populista, antisocialista y antisistema, ha conseguido dividir a la izquierda española y asustar a la derecha. La izquierda, que hubiera ganado de calle las elecciones generales del pasado diciembre, ha dividido su voto y ha propiciado el reagrupamiento del voto de la derecha popular que, ni echándose a soñar, hubiera imaginado la situación en la que vive en estos momentos. El PSOE es el único partido que ha demostrado que es capaz de ganarle las elecciones al PP. Podemos, por el momento, lo que ha demostrado es que asusta al votante de centro derecha que variaba su voto en función de la situación del país y de sus expectativas personales, y que ha proporcionado un recipiente electoral a quienes votaban socialismo y dejaron de hacerlo por considerar al PSOE el único responsable de una crisis generada por el sistema financiero mundial.

No entra en mis cálculos que Pedro Sánchez, anterior secretario general del PSOE, haga algo distinto a lo que se espera de un diputado socialista y de un dirigente de su talla.

Después de un año de vacilaciones y ensayos, el PSOE, tras un tumultuoso Comité Federal en el que dimitió el secretario general y, con él, toda la Comisión Ejecutiva, nombra una Comisión Gestora y convoca de nuevo un Comité que decide votar negativamente en la primera votación para la investidura de Rajoy y afirmativamente en la segunda. Conocemos por los medios de comunicación que algunos parlamentarios socialistas piensan hacer caso omiso a ese mandato y que votarán negativamente a lo que el Comité Federal ha decidido zanjar con el voto abstencionista. Si así fuera, el PSOE se encontraría ante una crisis que es parecida, aunque menos transcendente, a la que se vivió en el seno del Grupo Socialista en el año 1987, cuando Nicolás Redondo Urbieta, secretario general de UGT y diputado por Vizcaya, junto con Antón Saracíbar, secretario de Organización del mismo sindicato y, también diputado por Vizcaya y Antonio Rosa Plaza, secretario general de UGT-Extremadura y senador por Badajoz, votaron en contra de la posición del Grupo Socialista por discrepancias con el Gobierno del PSOE en lo referente a la Ley de Pensiones y a los Presupuestos Generales del Estado para 1988.

Nadie les preguntó, en aquella situación, si serían sancionados o si se pasarían al Grupo Mixto; sencillamente, su ética y compromiso socialista les llevó a entregar el acta de Diputados y Senador a su partido, porque esa era la decencia, el estilo y la forma de actuar de quienes sabían que las actas que ellos habían obtenido, aunque formalmente les pertenecían, eran propiedad del partido que los presentó como candidatos. Fue un trauma para todos, pero los grupos socialistas del Congreso y del Senado siguieron manteniendo, con los suplentes, el mismo número de Diputados y de Senadores que habían querido los votantes.

A muchos nos decepcionaría que quienes voten contra el mandato del Comité Federal no entreguen su acta al día siguiente. Es posible que algunos independientes incrustados en las listas del PSOE no acepten esa decisión como han declarado en algunos medios. Deberían saber que el Comité Federal que ordena abstenerse es el mismo que aprobó la presencia de esos independientes en sus listas; prácticamente nadie estaban de acuerdo, pero aceptaron y votaron lo que se pedía. Aunque solo fuera por eso, deberían pensárselo dos veces antes de desairar a quienes, a regañadientes, votaron para que figuraran como candidatos.

No quiero acabar estas líneas sin afirmar que no entra en mis cálculos que Pedro Sánchez, anterior secretario general del PSOE, haga algo distinto a lo que se espera de un diputado socialista y de un dirigente de su talla. Todos preguntan qué votará en la segunda votación para elegir presidente del gobierno. Estoy seguro de que si su intención fuera votar 'no', o bien dimite de diputado antes, para no quebrar la disciplina del Grupo Socialista, o dimite al minuto siguiente si la rompiera. Estoy casi por asegurar que su dimisión será antes. Y eso le honrará y engrandecerá su figura y servirá de ejemplo para quienes, o no se han enterado de por qué son diputados, o no se leyeron la letra pequeña cuando se les incluyó en las listas.