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Del nacionalismo y la guerra

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El pasado fin de semana se conmemoró solemnemente -con la participación de la canciller Merkel y del presidente Hollande- el 100 aniversario de la Batalla de Verdún. Con el nombre de aquella línea fronteriza entre Francia y Alemania reconocemos históricamente el punto álgido de la mortandad inmensa causada por la I Guerra Mundial (1914-1918). De acuerdo con las convenciones narrativas de la historiografía, el disparo del gatillo que desencadenó la Gran Guerra fue aquel con que Gavrilo Prinzip, un nacionalista serbio, asesinó el 28 de junio de 1914 al heredero del Imperio Austrohúngaro, Francisco Fernando de Habsburgo, y a su mujer, Sofía Chotek. Recientemente tuve el honor de revisitar el lugar exacto en que se desató la tragedia a orillas del río Miljacka en una visita oficial de una delegación del Parlamento Europeo a Sarajevo, capital de Bosnia-Herzegovina, hoy en vías de formular su candidatura oficial a la adhesión a la UE.

Bosnia-Herzegovina -que integra dos entidades, la Federación Serbio-Bosnia y la República Srpska-, enclave en un amasijo de verdes montañas y valles en el corazón de los Balcanes, es en sí un hervidero de diversidad étnica, religiosa e identitaria... y un laboratorio a escala de la complejidad europea. No hay país en esa región, surgida de la implosión de la antigua Yugoslavia, que no contenga en su seno una pluralidad de identidades en tensión. Ni hay en ella territorio en el que no sea posible localizar una minoría necesitada de tutela frente a una mayoría cuya intransigencia no haya, muchas veces en el pasado, desembocado en un baño de sangre.

El fratricidio europeo queda así simbolizado en la memoria que conduce de Sarajevo (de cuyo magnicidio se cumplieron 100 años en 2014) a Verdún, de cuya dantesca masacre (300.000 soldados, franceses y alemanes, perdieron la vida en sus trincheras, más medio millón de heridos) se cumple ahora el centenario.

El nacionalismo resurge de nuevo en toda Europa. No hay Estado miembro de la Unión en que no se perciba un rebrote electoralmente relevante de retórica soberanista, trufada con la consigna de hacer culpable a la UE del malestar en que se inspira.

Pero en Verdún se cumple también el centenario simbólico de hasta qué punto el absurdo del nacionalismo extremo -agresivo o defensivo, expansionista o irrendentista- puede conducir y conduce una y un millón de veces a la humanidad a la catástrofe. Una humanidad encarnada en millones de seres humanos que pierden la vida inútilmente en el tablero de ajedrez dispuesto desde la locura y para la locura por jerarcas irresponsables. Reyes, emperadores, mariscales aristócratas y generales aherrojados en un círculo infinito de ambiciones delirantes y cálculos equivocados respecto a la reacción esperable del rival jugaron a la ruleta con la vida de millones de inocentes a los que se empujó sin freno a la carnicería. Todo ello en un ejercicio locoide de desprecio por la vida... ajena, la de los humildes.

Así, millones de inocentes, millones de personas humildes, campesinos y trabajadores, cayeron víctimas del nacionalismo ciego y del militarismo de sus jefes durante cuatro años cuya irresolución -el armisticio austro-alemán en noviembre de 1918, y luego el Tratado de Versalles en 1919, estigmatizado como Diktat en el resentimiento germano- dio lugar a una segunda y empeorada versión de la peor pesadilla, dando lugar, en el giro de apenas 20 años después, a la II Guerra Mundial con sus 60 millones de muertos.

El nacionalismo resurge de nuevo en toda Europa. No hay Estado miembro de la Unión en que no se perciba un rebrote electoralmente relevante de retórica soberanista, trufada con la consigna de hacer culpable a la UE del malestar en que se inspira. Pero la UE no es culpable de los nacionalismos. Al contrario: fue Europa -la UE, la idea integradora y supranacional- la que surgió del dolor causado por el nacionalismo, sobre la memoria fresca de la sangre derramada en su nombre, no al revés.

Nunca dejo de subrayar la conclusión determinante que impone al futuro de Europa la extinción física de la generación que vivió la II Guerra Mundial y sus estragos indecibles. Del mismo modo, la desaparición física de la generación que vivió la Guerra Civil Española ha perjudicado -y cómo- al crédito de la Transición en España.

Por ello, resulta imprescindible que una nueva generación de europeos de carne y hueso -los estudiantes de Erasmus, los investigadores, los cooperantes, activistas y emprendedores de empresas que ya no conocen fronteras ni barreras nacionales- construyan su propia narrativa. Pero una narrativa europea, proeuropea, europeísta. No está escrito que el desastre del siglo XX europeo esté descartado para siempre. "Nunca más"..., "Nunca más" no puede declinar como un mantra rutinario... Exige nuevos europeos comprometidos con Europa en cada elección y en cada urna: el 23 de junio, en el referéndum sobre el Brexit a celebrar en Reino Unido; y el 26 de junio, en la elecciones generales que decidirán el próximo Gobierno de España, para empezar a hablar.