Juan Fernando López Aguilar

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Las enseñanzas del pasado deben ser un trampolín, en ningún caso un sofá

Publicado: 05/12/2012 07:00

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Estuve el domingo 2 de diciembre en la celebración del 30 aniversario de la formación del primer Gobierno Socialista de Felipe González tras la descomunal mayoría absoluta de 1982.

El acto congregaba a exponentes de muy distintas cohortes generacionales de un partido que se acerca a 135 años de historia. Los jóvenes de 2012 no habían siquiera nacido en 1982, pero quienes entonces teníamos 20 años -y 20 años después volvimos a saborear un Gobierno socialista bajo la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero- no hemos olvidado aquel día ni nada de lo que nos pasó después.

España se encontraba entonces en una situación tremenda. Alta inflación, alto paro y perduración de aquella crisis que desde los 70 venía siendo conocida como "choques petroleros", ponían el telón de fondo al enorme desafío de estabilizar la democracia y las instituciones, desarrollar los derechos y libertades y, al mismo tiempo, fundir la construcción territorial del Estado Autonómico y la dimensión social de las prestaciones educativas, sanitarias y del sistema de las pensiones.

Inevitablemente, en el acto celebrado en el Palacio de Congresos se rememoró aquel entorno minado de dificultades, pero cuajado también por anhelos, esperanzas y -a qué negarlo- una ilusión irrepetible en el imaginario colectivo.

El emblema del cambio era "europeizar" España, y llamativamente, la primera medida de aquel primer Gobierno socialista desde el restablecimiento de la democracia en España fue adoptar una drástica devaluación de la peseta, palanca de competitividad que hoy resulta impracticable como consecuencia del salto sin red ni marcha atrás hacia nuestra integración supranacional en la UE que el Ejecutivo de Felipe selló históricamente.

España está de nuevo en crisis. Pero, su marco, esta vez, es Europa. Y nada de los que nos pasa puede ser comprendido ni mucho menos resuelto sino en coordenada europea. Y si no se reactiva la UE, no habrá salida posible. Es cierto que ninguna crisis se parece a otra. La aceleración de los tiempos históricos asegura que en el curso de una vida debamos prepararnos para resistir embates y trastornos de nuestras referencias económicas y sociales, en lo personal y en lo colectivo.

Pero, si hay un factor diferencial que merece ser subrayado al evaluar la magnitud de esta interminable crisis, cuya gestión catastrófica tanto daño ha causado a los más vulnerables de una sociedad cada vez más desigual, ese factor apunta precisamente a nuestro estado de ánimo y a nuestras expectativas. Quienes teníamos 20 años en el 82 no necesitamos que se nos recuerde que los nacidos en los 60 pertenecíamos entonces a la franja más gruesa y representativa de la estructura demográfica de la España en crisis del momento. Fuimos el producto del boom natalicio del desarrollismo franquista, masificamos la educación y la universidad, y parecíamos abocados a un "paro estructural" que duraría decenios. Pero nuestro estado de ánimo estaba iluminado por la esperanza de un futuro mejorable, el optimismo irreductible de la aventura democrática a inicios de los 80, en el que el esfuerzo personal tendría una oportunidad.

Diferentemente, esta disparatada política de austeridad recesiva impuesta por la hegemonía conservadora de la UE a todo lo largo de la "crisis de 2008" desde su minuto cero, ha causado terribles estragos en la desmoralización de los segmentos más jóvenes de la sociedad europea, y en ella, de la española. El empeoramiento del estado de ánimo y de la percepción de la realidad se halla condicionado por la percepción generalizada no sólo de que, en lo sucesivo, e indefinidamente, "vamos a vivir peor que antes", sino, lo que es más grave, que quienes causaron la crisis no sólo no han pagado por ello y continúan enriqueciéndose mientras los más indefensos han sido y continúan siendo atropellados sin escrúpulos.

El "coste moral" de la crisis que hemos venido sufriendo desde hace cinco largos años no tiene su centro de gravitación, como pretenden algunos, en la reputación de nuestra deuda exterior, sino en la devastación producida en la autoestima nacional y en nuestra confianza intuitiva en nuestras capacidades para sortear con esfuerzo estas dificultades y salir fortalecidos.

De modo que enlazo aquí un segundo factor diferencial en esta maldita crisis, conexo con el primero, que me preocupa especialmente: es la pérdida de fuelle del aliento europeísta en un momento en que no tenemos ninguna oportunidad de salir de este agujero si no es tomando impulso en un nuevo punto de apoyo de escala supranacional europea. Y hacerlo precisamente cambiando la correlación de fuerzas que explica el ajuste de cuentas brutalmente antisocial con que se ha distinguido el manejo de esta crisis al dictado de los que se han dado en llamar "amigos de la austeridad" (léase, la derecha alemana y su corifeo de gobiernos conservadores escorados hacia el "norte acreedor").

En lo demás, las enseñanzas de las espectaculares transformaciones experimentadas desde 1982 a 2012 están a la vista de todos y al alcance de cualquiera: en 1982, la derecha española reconocía en la izquierda una capacidad de movilización social, política y electoral incontestable. Ahora en cambio, en 2012, siendo como es la escala irreversiblemente europea, sucede que la derecha europea -y en ese marco, la española- se ha desatado sin complejos a la realización de su "programa máximo" en un ajuste de cuentas de una implacable virulencia contra el Estado social que se construyó en Europa tras la II Guerra Mundial y se cimentó en España con los Gobiernos socialistas desde el 82. Y esto sólo se explica porque esa derecha europea ya no teme de la izquierda ninguna reacción efectiva.

La condición de realización de ese ajuste de cuentas contra el Estado social y contra los más vulnerables se funda en la deliberada demolición de la política y la consiguiente y fatal desactivación de votantes de la izquierda. Y éste es, exactamente, el programa máximo de los poderes fácticos financieros y mediáticos que ni han pagado por la crisis ni se someten a controles, ni necesitan la política porque tampoco se presentan nunca a las elecciones. El denuesto de la política ni la mejora ni la transforma -ni siquiera nos permite "prescindir de la política": simplemente la empeora.

La destrucción de la política y de los controles ciudadanos que sólo a través de la política dan crédito a la democracia son, pues, núcleo del problema, no de la solución.

Recuperar la necesidad urgente de una política cargada de energía transformadora es la principal enseñanza de la experiencia del pasado, de modo que aprender de la crisis y del dolor que nos causa sea un trampolín de futuro, en ningún caso un sofá en el que conjugar la paralizadora tentación de la nostalgia.

 
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